Tendido en la lona, vencido, yace una nueva víctima de los indignados de escritorio. Esta vez se trata del médico Juan Pablo Riveros, especialista en gastroenterología, hepatología y nutrición pediátrica. Su cara, su nombre, se regaron como pólvora en medios de comunicación y en redes sociales en días pasados, cuando una madre con dotes de videógrafa hizo público un video grabado con su celular en Bogotá, en la Clínica Infantil Colsubsidio, en el cual el médico en cuestión explica las razones por las cuales no podía atender a su hijo en el momento en el que ella se lo exigía. Noticias Caracol fue el primer medio en hacerle eco a lo ocurrido, titulando: “Por llegar 10 minutos tarde, médico no atendió a niño que esperó cita año y medio.” Y ello fue suficiente para que la horda de indignados de Twitter y de Facebook y de otros medios virtuales que replicaron la nota, destrozaran -comentario va, comentario viene-, la reputación, la dignidad, la ética, el buen nombre, el derecho al secreto profesional y hasta la vocación como galeno del doctor Riveros.

Insultos de grueso calibre y un sinnúmero de amenazas a su integridad física recibió desde todos los flancos. Lo acusaron de estar incumpliendo el juramento hipocrático que hizo al graduarse. Le dieron el trato que se merece un criminal de la peor calaña. No lo bajaron de desalmado, desgraciado, negligente, insensible, hijo de puta, malparido, sinvergüenza. Tan solo en dos días en Facebook el post de Noticias Caracol con el video en el cual aparece el rostro del médico intentando razonar con la madre del niño fue reproducido un millón ochocientas mil veces, fue compartido en veintisiete mil muros más de la red, recibió diez mil novecientos “me gusta” y seis mil seiscientos comentarios; estadísticas estas que superan con creces a cualquier otro post publicado el 4 de octubre, día en el cual se hicieron públicos los hechos arriba relatados.

Para que nos hagamos una idea sobre lo desfasados que estamos, el post publicado ese mismo día y en la misma página de Noticias Caracol en Facebook, y que relataba el viacrucis padecido por un bebé indígena con problemas cardiacos que luchaba por su vida esperando a que Caprecom autorizara su traslado, fue compartido tan solo doscientas treinta veces, fue comentado por ciento noventa personas y recibió ochocientos veinte  “me gusta” (diez mil menos que los recibidos por el post sobre la supuesta negligencia del médico Juan Pablo Riveros). Tal parece que en el caso del bebé indígena, cuya vida sí estaba en peligro, pues se refería a una urgencia pediátrica en la cual el órgano comprometido era, nada más y nada menos que el corazón mismo del niño, no hubo motivos suficientes para indignarnos, para armar la de Troya, porque los linchamientos parecen ser más “seductores” cuando tienen un rostro al que se le puede dar en la jeta. Salvar vidas no mueve masas, y si no que lo digan los niños wayúu de La Guajira. Lo que sí las mueve, y de qué manera, es justamente lo contrario: destrozarlas.

¿Qué carajos es lo que nos está pasando?, ¿por qué andamos en las redes sociales armados hasta los dientes, esperando a que el siguiente pendejo dé papaya para molerlo a palo?, ¿por qué nos creemos con derecho a juzgar sin tener elementos de juicio ni conocimientos en la mayoría de los casos para emitir opiniones que pueden destruir la vida de un tercero?, ¿por qué tenemos esta tendencia nefasta a tragar entero y a dejarnos manipular por el amarillismo que desafortunadamente se apoderó hace rato de nuestro periodismo, y que cunde en las redes sociales como mata de monte?, ¿por qué somos tan machitos con quienes no pueden defenderse de nuestros ataques y opiniones sesgadas, pero nos hacemos los de la vista gorda con los crímenes perpetrados por tanto poderoso que anda orondo y lirondo ante nuestra mirada cómplice?

Miren en el caso del doctor Riveros qué tan grave es lo que pasó. La “noticia”, que no tiene nada de noticia porque la llegada tarde a una cita médica no amerita ningún tipo de cubrimiento periodístico ni aquí ni en Cafarnaún, fue amañada de principio a fin por el medio que la hizo viral, me refiero a Noticias Caracol. No solo incurrieron en el error garrafal de transmitir una noticia con base en lo afirmado por una sola fuente, en este caso la madre del menor, quien hizo las veces de juez y parte, sino que además manosearon la prueba reina que evidenciaba la supuesta falla en la que incurrió el médico: el video.

Efectivamente, el video que mostraron en un inicio fue editado con la clara intención de inclinar a la opinión pública a favor de la madre, y por ello solo la vimos a ella con la voz entrecortada suplicándole al médico -a quien dejaron como el más indolente de los indolentes con dicha manipulación- para que atendiera a su hijo. No mostraron que el médico sí le dio alternativas a la señora para examinar al niño ese mismo día, no mostraron la parte del video en la que él le dice que la puede recibir unas horas después, al final del turno, luego de atender a los demás pacientes planillados, pues proceder de otra manera habría sido absolutamente irresponsable, ya que como médico no está facultado para mover por completo la agenda programada por la entidad prestadora de salud, agenda que, si bien no depende de él, debe cumplir a cabalidad, so pena de sanciones por parte de la EPS y de quejas por parte de los demás usuarios.

¿Acaso a usted le gustaría que a su hijo lo atendiera tarde el pediatra porque él decidió favorecer a la mamá, que con la excusa trillada del trancón y la lluvia capitalina, llegó a mitad de su cita y no con la anticipación requerida como sí lo hizo usted que tomó todas las precauciones que deben tomarse en una ciudad como Bogotá? Seguramente no, a nadie le gustaría eso. El tiempo de la gente vale. Es cuestión de respeto. Pero ante el ofrecimiento del profesional de la salud lo que la madre contestó fue: ¿O sea que lo debo esperar hasta las dos por llegar “apenas” diez minutos tarde?

Así que no esperó. No esperó y sucedió lo que todos ya sabemos. Video en mano, hizo lo que hizo, que no fue otra cosa que salirse con la suya al emprender una cacería de brujas con el apoyo de unos medios de comunicación que cada vez dejan más que desear. Ante el escándalo, la EPS SURA le reprogramó la cita para el día siguiente, dándole carácter de prioritaria, y sanseacabó. A su hijo lo vio otro pediatra gastroenterólogo. Mientras tanto, ¿quién repara el daño causado por ella y por los medios y por los internautas, a ese médico que simplemente estaba cumpliendo con su trabajo, pues él no tiene la culpa de que las leyes de este país hayan convertido la práctica de la medicina y la atención de los pacientes en una choricera a contrarreloj en donde la consulta con un especialista tarda en promedio veinte minutos y no admite concesiones, mucho menos de tiempo?

Voces se han alzado apoyando a Juan Pablo Riveros. Desde el presidente de la Sociedad Colombiana de Pediatría, Nicolás Ramos hasta tuiteros y facebookeros y hacedores de “memes” y periodistas, han manifestado estar en total desacuerdo con la manera en que medios de comunicación y usuarios de redes se ensañaron con este médico. En el aire quedó también una duda: ¿por qué si la madre esperó supuestamente año y medio por una cita no pudo esperar unas cuantas horas a que el médico la atendiera al final del turno y armó en cambio semejante show mediático?

Las respuestas sobre las motivaciones detrás de este despliegue inusitado probablemente no las tendremos, pero vale la pena destacar que a raíz de este caso son muchos los temas que quedaron sobre la mesa y de los que ya va siendo hora que nos apersonemos. El de la sobrecarga laboral de los galenos, por ejemplo, o el de la falta de cultura ciudadana que nos lleva a creer que el clima o la movilidad pueden ser razones válidas para llegar tarde a una cita. De todo ello se hablará por unos días y luego se archivará, pues la indignación en este país sube como espuma de cerveza y así mismo baja. Lo que sí no dará tregua, lo que parece estar siempre al acecho en espera de un nuevo blanco, es esta necesidad creciente de comportarnos como perros rabiosos virtuales. Como los nuevos tirapiedras del siglo XXI.

Por no despertar en la mañana como una indignada más de silla reclinomática, como una iracunda escupe odio de smartphone en mano, rezaré de ahora en adelante. Va a tocar. No vaya y sea que se me olvide lo pecadora que he sido y que sigo siendo, y se me dé por lanzar la primera piedra a la cachona del barrio que se la pillaron saliendo del motel con otro, o a la actriz que decidió abortar, o al nuevo caso de “usted no sabe quien soy yo”, o al próximo doctor Riveros. No vaya y sea.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo