Reporta la prensa argentina que el pasado sábado 19 de septiembre en la provincia de Formosa un grupo de hombres apuñaló salvajemente a un vendedor ambulante de ventiladores, causándole la muerte instantánea. Al parecer el móvil fue el robo del dinero producido por su trabajo de ese sábado. Bien hecho: en la Biblia (Éxodo 35:2) dice muy claro que el sábado se destinará a descansar y que "cualquiera que haga trabajo alguno en él, morirá.". Esos malevos, por lo tanto, solo estaban cumpliendo mandatos divinos.

Tal vez a la inmensa mayoría de lectores el párrafo anterior les parezca una monstruosidad, pero con toda seguridad habrá otros que, basados en Levítico 18:22, verán perfectamente normal el hecho de que, según informa El Espectador, un grupo de personas, esta vez en Medellín, expulsaran de un bar ubicado en pleno parque Lleras a una pareja de gais solo por haberse dado allí un beso, y después los persiguieran y los golpearan salvajemente. "Por cacorros". Lo irónico es que entre los dos capítulos que cito de la Biblia solo median unas cuantas páginas.

Ese es uno de los tantos problemas que traen las religiones y los libros sagrados en los cuáles se basan sus jerarcas: en que la interpretación que se les da a los mandatos y normas suele ser inconsistente y acomodaticia. Por cuenta de ese pequeño versículo, el Lévitico 18:22, se ha arruinado la vida de millones de personas a través de miles de años, cuando no les ha costado perderla en medio de espantosos suplicios. Hoy día sigue siendo así: en pleno siglo XXI la ley colombiana, por ejemplo, continúa negándoles un hogar a niños abandonados por parejas heterosexuales y a parejas de homosexuales que están dispuestas a adoptarlos. O también angustiados jóvenes gais deben sufrir un matoneo constante a través de las redes sociales por medio de los frecuentes memes que les recuerdan estupideces como que "Dios creó a Adán y Eva, no a Adán y Esteban". Y como la barbaridad no es privativa del cristianismo, cada tanto nos llega un video que muestra la cruel ejecución de algún homosexual por parte del Estado Islámico.

Pero no sólo son los homosexuales quienes deben sufrir por el sartal de supersticiones idiotas y criminales que promulgan la mayoría de libros sagrados, sino que a la larga todos nos vemos afectados. Principal, pero no solamente, por los obstáculos que suelen ponerle las religiones a la ciencia, muchos de los cuales retrasan investigaciones cuyos frutos podrían salvar millones de vidas y mejorar la calidad de otras tantas; la experimentación con células madre, que permitiría exitosos y oportunos transplantes de órganos, pero que debido a esas tonterías se ha desarrollado a paso de tortuga, tal vez sea el mejor ejemplo.

Y para aquellos que creen que la brutalidad con que la religión trató a personas que otrora acusó de herejes, brujas, prostitutas, infieles, adúlteras, es cosa del pasado -y por lo tanto se sienten a salvo-, tengo noticias: en cualquier momento un fanático, impulsado por alguna creencia delirante de esas, puede decidir ponerle una bomba a un edificio en cualquier parte del mundo. O estrellarle un avión.

Soy de la opinión de que la religión, cualquiera que esta sea, es una de las cosas más dañinas y perjudiciales que existen. No solo provoca continuas guerras, en las que mueren o terminan convertidas en harapos humanos miles de personas diariamente, sino que es herramienta a la que recurren abusadores sexuales, parapetados en la autoridad que les confiere determinada investidura jerárquica, como sucede con algunos curas católicos o políticos demagogos, quienes, aprovechando la ignorancia de la masa, culpan a la voluntad de Dios por tragedias derivadas de sus propias negligencias: las inundaciones que anualmente dejan decenas de miles de damnificados en Colombia pueden demostrar lo que digo. De hecho muchos de esos políticos le transfieren a Dios la solución de sus torpezas administrativas: hace poco el presidente Maduro se lavó las manos del desastre en que ha convertido a su país con un cínico "Dios proveerá".

El gran problema con la religión es que nos es inculcada prácticamente desde que nacemos, en un momento en el que nuestros cerebros están diseñados para dar por hecho, sin cuestionamientos, todo lo que los adultos nos transmiten. Borrar esas creencias ridículas, que están como grabadas en piedra en nuestras mentes y que no nos permiten usar nuestro enorme potencial de raciocinio (con lo cual tendríamos sociedades más tolerantes y civilizadas) es tarea formidable, pero no imposible. Porque sin duda se convierte en un círculo vicioso muy difícil de romper: con muy leves variaciones transmitimos esas supercherías a las siguientes generaciones.

Los cambios son muy lentos, como digo, pero poco a poco se van dando: es esperanzador que en 2013, en el muy católico Ecuador, la jueza Carmen Alicia Argüello, por medio de un afortunado y lúcido fallo, salvó la vida de un neonato cuyos abuelos Testigos de Jehová se oponían a una perentoria transfusión de sangre que necesitaba. Algún día, por el bien de la humanidad, tendríamos que erradicar las religiones de nuestras vidas de Homo Sapiens y basar nuestros comportamientos en una ética progresista y liberal. Señores: Dios debe morir.

Te moriste tú hace ya 115 años y Él nada que muere, querido Nietzche.

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