Permítanme contarles una vieja lectura que para mí fue en su momento una epifanía. Hace algo más de 25 años, o quizá menos, era un asiduo lector de Selecciones, y un artículo escrito por un periodista de origen maltés contaba como él de joven, cuando era estudiante en San Francisco, en medio del movimiento Hippie, solía ir a sentarse los fines de semana a un parque frente a una Iglesia ver cada tanto a las parejas que acudían presurosas a casarse. “Qué anticuados, no entienden que Dios, si existe, está en todas partes, en las flores, en el jardín, en la naturaleza, y no en las sombrías Iglesias”.

El periodista continuaba diciendo que casi 20 años después, nervioso y rodeado de sus padres y familiares, veía en una sombría iglesia en Malta llena de objetos antiguos a un hombre vestido con traje ceremonial decir una serie de frases rituales de cientos de años, mientras vertía agua sobre la cabeza de su hijo recién nacido: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Afirmaba luego que en su caso no había ocurrido ningún episodio violento o doloroso, ni hechos que lo hubieran llevado a una conversión inesperada. Había sido un lento proceso de descubrimiento del papel que Dios tenía en su vida y en la fe de sus mayores. Un proceso que simplemente años después desembocó en la necesidad de creer en Dios y la religión de sus padres.

Como dije, este artículo mal contado fue una epifanía para mí. No encerraba ninguna explicación teológica compleja o un asunto de una historia triste salvada por la fe. Pero encerraba una frase que para mí tuvo mucho poder y que voy a tratar de citar de la manera más exacta: “La mayoría de las personas que he conocido que creen en Dios no ven, en medio de los afanes de la vida diaria, a Dios como actor. Solo sienten que con la presencia de Dios en su vida aceptan que debajo de esos afanes existe una fuerza tan grande, benevolente y misericordiosa, que permite ver las cosas con una mejor perspectiva.” Esa frase aún da vueltas en mi cabeza y es el cimiento de mi fe en Dios.

Ayer, leyendo a mi compañero Samuel Rosales invitando a Dios en su columna a morir, tuve ganas de recordarle en tono tranquilolo que alguna vez escribió Nicolás Gómez Dávila: “Hay gente que dice ser enemigo de Dios, y solo alcanzan a serlo del sacristán” . Yo entiendo su punto de vista, lo comprendo y comparto la indignación por los crímenes cometidos en nombre de Dios. Incluso respeto su particular decisión de matarlo y de hacer, incluso, profesión del ateísmo. Pero sí debo alzar la voz porque Dios no es solamente la reducida imagen que nos presenta. Es mucho más, y eso es precisamente lo que quiero mostrar.

Mucho daño ha hecho la expresión ‘Fe de carbonero’, que se refiere a los creyentes que aceptan la doctrina que les enseñan sin discutirla, entenderla o cuestionarla. “Así no tiene gracia”, me dijo mi tío Bernardo, sacerdote y teólogo, “la gracia es cuestionar, criticar, entender y al final seguir creyendo”. Por desgracia los libros sagrados son como muchos textos, muy mal leídos y tomados en forma literal. Con los afanes de la vida diaria la gente no tiene tiempo para acercarse a ellos con cuidado y aceptamos sin cuestionar lo que otras personas ven en ellos y mal.

Pongamos un ejemplo tomado de la Biblia: En el Principio Dios creo los Cielos y la Tierra; el Paraíso, Adan y Eva y bla, bla. ¿Bien, alguien lo vio? ¿Fue así como dicen? La Religión surge de las respuestas a estas preguntas y estas son el resultado de la observación de un grupo de hombres que hace 3000 años pusieron en tablillas las conclusiones sacadas de dicha observación. La pregunta es: ¿Tiene validez esa doctrina hoy? La respuesta de una persona contemporanea, con la información que se maneja hoy en día, sería un obvio no.

Las religiones son en esencia, creación de personas que “buscaron a Dios muy alto” y que a lo mejor se perdieron en el camino. Algunos no tanto, y hoy se aceptan como nuestros profetas: Moisés, El hijo del Carpintero, el Buda, Mahoma, Joseph Smith y las revelaciones de Moroni. Ellos nos señalaron que somos parte de la divinidad, que Dios es amor; tuvieron seguidores y herederos que les pidieron que de alguna forma sirvieran de jueces en las controversias del pueblo de donde surgieron. Moisés, por ejemplo, entregó a su gente los mandamientos y casi 3000 años después aún conservan su validez: No matar, no robar, no mentir, siguen siendo necesarios para la convivencia en nuestras sociedades de origen judeo-cristiano. Vemos que la Corte Constitucional de Colombia protege y señala la responsabilidad de los hijos con los padres mayores. ¿No es eso una versión moderna de ‘Honrar a padre y madre’? ¿No es el adulterio una causal de divorcio y si se quiere atentatorio contra la familia y por ello, quien lo comete, está en desventaja ante la ley? ¿No existe un sexto mandamiento que lo condena?

Ya me imagino que más de uno me señalará: “Hablas de religión, pero no de Dios. ¿Cómo sabes que son inspiradas por Dios y no una superchería elaborada por unos cuantos avivatos? Bueno, mi respuesta es simple: Alguna vez me cuestioné la existencia de Dios y la respuesta que obtuve –mía y solo mía- es que Dios existe porque es mi explicación de muchas cosas para las cuales la sociedad donde vivo no tiene respuestas claras. Quiero creer que hay algo más allá de mi existencia, superior a mi, de lo cual soy parte y que es en esencia algo amoroso y benevolente que a veces nos castiga y que me permite ver mi vida en perspectiva. Eso lo llaman fe. Y no tengo manera de racional de probarlo.

Como a Samuel, me indigna ver cómo en nombre de Dios se cometen crímenes horrendos. Cómo unos fanáticos usan a su “dios” como un ser vengador, en contra de aquellos que no siguen sus doctrinas. En el Corán hay muestras de tolerancia, pero también una invitación a la Jihad contra los infieles. En la Biblia hay ejemplos de lapidaciones a las mujeres adulteras, como tambien la historia de aquel que dijo: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, y nadie lo hizo. Me horroriza que la gente solo vea lo malo. Yo veo lo bueno. Los textos sagrados son por un lado una muestra de tolerancia, pero también una muestra de muchos de los peores aspectos de la sociedades donde fueron creados. Y si aceptamos que Dios creó todo esto, lo bueno y lo malo, hay que aceptar que también creó las religiones y que ninguna es, en si misma, superior a otra; son solo vías para alcanzar a Dios.

Mi nunca bien ponderado maestro Alberto Assa nos gritó una vez en clase: “Ustedes no entienden a Dios”. Se sentó y prosiguió: “No entienden el sacrificio de Jesús. Imagínense estar en esa situación y que les digan que uno de ustedes debe morir para salvar a los demás. Nadie se ofrecería porque dudarían de la efectividad del sacrificio. ÉL LO HIZO. TENÍA FE. Viniendo de alguien en contacto con tantas religiones y pueblos para mí tuvieron un efecto fundamental esas frases. Desde ese día no cuestioné la fe de mis mayores. Por eso bauticé a mi hija sin ser particularmente practicante, porque espero que algún día entienda que sigue un camino que sus antecesores consideraron digno. En últimas no es cuestión de preguntarme si Dios existe o no, porque no tengo una respuesta racional. Solo puedo afirmar, en un acto de fe, que existe, está vivo con sus atributos y su presencia hace mi vida más llevadera.

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