Por Santiago Espinosa

Mario Rivero, aún siendo un poeta de vivencias numerosas, siempre cuidó sus publicaciones durante un espacio de tiempo relativamente largo. Entre sus tres primeros libros pasa un periodo de más o menos 20 años, la poesía es el resultado de un conflicto destilado, cada publicación un estadio del alma depurado en la soledad. En los libros que siguen la voz pregunta y reclama, publica a un ritmo frenético y que raya en la compulsión.

A Mis asuntos, que apareció en 1980, le siguen Poemas con cámara, que finalmente se publicó en 1997, Del amor y su huella, 1992, Los poemas del invierno, 1996, Flor de pena, 1998, Qué corazón, 1999, Remember Spoon River, 1999, V salmos penitenciales, 1999, La balada de la gran señora, 2003, Viaje Nocturno, 2008, y finalmente Los poemas del adiós, aparecidos en 2009 para la edición póstuma de Golpe de dados.

Al revisar estos últimos libros, especialmente los publicados en la década del noventa, nos queda la sospecha de que “el poeta de los oficios”, que encontraba en la escritura una ruptura a los afanes cotidianos, se ha vuelto ahora un “poeta de oficio”. Cuando un autor se acostumbra a escribir poesía le pierde el vértigo a sus filos, son muy pocos los casos en que sale bien librado.

¿Por qué les cuesta tanto a los poetas dejar de escribir? ¿Son los medios los que obligan a producir como maquinas, los premios, el desamparo que los vuelca sobre sí? En el absoluto descreimiento por lo que ocurría afuera, con la intimidad lacerada, esta vez del todo, poco o nada podría hacer el poema distinto a callar. Y esta situación era la que se evidenciaba en Mario hacia sus últimos años. Neurótico, se dejaba apagar con preocupante frecuencia. Soltaba palabras como brea ácida, difíciles de escuchar para un joven que comenzaba a escribir. Costaba creer que aquel hombre lastimado, entregado a la inercia, fuera el mismo que hubiera albergado a tantos y tan fantásticos Marios.

Pero en medio de estos difíciles encuentros de pronto el poeta comenzaba a recordar, y hablaba sin vernos de sus mejores amigos. Entonces su voz era afectada y pícara, como en sus mejores poemas, y era sabio, y bueno. Amistado con la vida en el viaje de la memoria, la tarde zarpaba hacia puertos desconocidos, bares; paisajes presentidos desde quién sabe qué comercio verbal. Y entonces cantaban los pájaros en su patio de La Candelaria, cruzaban los fantasmas por la habitación, como un mundo de músicas que nos sorprendiera desde la sala, siempre con las ventanas cerradas.

Tras los libros que publicó en los noventas, cuando se pensaba que había una savia agotada, detrás de esta amargura Rivero comenzaba sus viajes finales, encontrando en la palabra una nave encantada. Esto comenzaría a ocurrir desde la aparición de La balada de la gran señora, publicado en el 2003, un libro que sigo encontrando conmovedor y cuyo tono se extendería a lo largo de sus últimos libros. El poeta ha recobrado sus lámparas en las postrimerías de lo oscuro, una vez más. Escribe Rivero en “La elegía de las voces”:

“Si no puedes ya amar el licor ardiente, las bromas y los ruidos

si el teléfono no suena nunca,

y si abandonado te encuentras,

rodeado por doquiera de despedida,

qué queda más que hablar con las voces

de la memoria, en las que todo se ha convertido?...”.

Buena parte de la poesía final de Rivero es un rescate de los hilos del pasado. Tiempo vivido o fabulado, poco importa ahora, sólo las voces fantasmales que acompañan al viajero. Ecos de los amigos muertos, como ocurre en el poema a la muerte de Héctor Rojas Herazo. Las últimas lecturas de una vida, y pienso en su poema a Arthur Rimbaud.

Reconciliado con lo suyo en el exorcismo verbal, el viajero que llegó a la ciudad, conoció los oficios y la derrota, las lecturas, amó y padeció los espacios cotidianos, puede surcar por los aires para verse desde lo alto, sin miedos ni esperanzas. En la serenidad de una luz que anda y vacila entre la niebla, “…mientras el mundo abajo ¡qué pequeño parece!/ y qué menor la idea de una mano escribiendo…”, nos dice en estos versos de su último libro. Como en el cuento de Borges, el escritor se encuentra en la antesala de la muerte con un “Milagro secreto”, la visita de una belleza que demora sus instantes, antes de la descarga final. En estas páginas recuerdo al Rivero que contaba, ese que había vivido como pocos y que ahora recuerda sus asuntos amorosamente.

Bajo una mística descreída, el hombre que buscó en la poesía ahora recibe de ella su último regalo: una ventana que vislumbra lejanías soportables, una secreta medicina para amansar el tropel del interior. Y hablan los últimos poemas de su habitación y de los pájaros. Quisiera pensar que una sonrisa de niño lo acompañó en sus últimas horas, que la mentira le haya dado el consuelo que le negó la ciudad, algún amor. Puede que ningún poeta colombiano haya vivido tanto ni cambiado tanto, trampeado tanto. Fueron precisas las mentiras para encontrar la honestidad perdida. Ningún Mario Cataño habría podido cargar tantas pieles.*

Twitter: @santiagoespin Facebook: Santiago Espinosa

*Fragmento del ensayo “Mario Rivero o la verdad de los mentirosos”. Tomado de Escribir en la niebla, 14 poetas colombianos. Valparaíso ediciones, Granada, España: 2015.