Un pájaro azul y gris que no vuela. Arrastra las garras por el fango. Vaga. Deambula. Se tambalea. No sabe. Los pájaros no saben. Desde abajo mira el cielo y se marea. Regurgita los mendrugos. Alguien lo ve desde lejos. Un cura en lo alto de una colina con la sotana limpia y el rostro maquillado y una cadenita en el tobillo. Una cadenita de oro falso.

El pájaro azul y gris no sabe porque los pájaros que no vuelan arrastran las garras por el fango sin saber que los observan. Más allá hay un mar sin peces y sin hombres. Un mar a solas. Del agua hirviendo emerge una niña de ojos enormes. La niña blanca desnuda tiene una cadenita de oro falso en el tobillo. Lanza al aire millones de migajas que el pájaro azul y gris picotea en el suelo. La lluvia se viene de golpe. Llueve agua caliente como la del mar vacío. El cura ha llorado y la lluvia y las lágrimas le han arruinado el maquillaje. Ya no es hermoso. Las plumas humeantes del pájaro se desprenden de la piel que se quema. Una alfombra de plumas azulosas cubre el fango. La niña de ojos enormes camina sobre el tapete mojado y levanta al pájaro sin plumas azules y grises. Lo abraza y lo acaricia. Le da mendrugos en el pico para que no huya. Solo se ven sus ojos enormes como platos. Como lunas. Los pájaros son inocentes y comen mendrugos y a veces vuelan. Pero no éste. El cielo es rosado y fucsia y la lluvia no viene de las nubes. De más atrás viene la lluvia. Del lugar de los ángeles. La niña entiende todo pero ignora la fuente de la tormenta. El cura vigila y llora con la cara despintada. El pájaro no sabe que quien lo acuna en su regazo pisotea sus plumas caídas. Plumas perdidas para siempre convertidas en la alfombra de unos pies descalzos. El ave se queja. Le duelen las costillas. No es por el abrazo de la niña desnuda. Está muriendo de hambre y de calor y de ignorancia. Clong. Clong. A lo lejos suena una campana. Retumba en los oídos. Clong. Un sonido profundo y lento. Clong. Clong. El pájaro presiente que se aproxima una hora definitiva. Sabe algo. Por primera vez sabe. Clong. Clong. Clong. Cesa el agua que caía. La niña corre al encuentro del sonido que sigue erosionando el silencio. El cura de triste máscara arruinada la ve pasar con el pájaro agonizando entre sus brazos. Ambos tienen cadenitas de oro falso en el tobillo. Son humanos. No son pájaros. La niña sube una escalera que se ha formado en la colina. Es un viaje largo. Las migajas se agotan en el camino. El pájaro no come. No se queja. Siente la respiración de la humana que lo lleva hacia arriba. Hacia el cielo rojizo. Seis años tarda la niña en llegar a la cima. La campana ha hecho trizas sus oídos. Está sorda y cansada. Desde la cumbre se ve el mundo lleno de cicatrices y sus millones de campanas estallando. Clong. Clong. El cuerpo abatido del pájaro entre los brazos de la niña de ojos como lunas y el cielo sin lluvia. Los pequeños brazos levantan el cadáver. Ella quiere que el pájaro vuele por los aires. Que se eleve y se pierda y que no vuelva jamás. Es inútil. Los pájaros que no vuelan no remontan el cielo. El ave muerta cae como una cosa. Se precipita hacia abajo dando vueltas y estrellándose contra los peñascos hasta detenerse a los pies del cura que le arranca una garra y se la cuelga en el cuello. Es un humano. Le gustan los trofeos. En lo alto la niña cierra sus ojos como lunas. Ahora se puede ver su boca desdentada. El gesto indiferente de los que matan a los pájaros. En su cabeza han cesado las campanadas. Cree escuchar unas palabras que la estremecen: “Voy a volar como un pájaro, mi amor. ¿Me ves? Estoy en el aire. Volando, mi amor. Volando. Mi amor. Mi amor. Volando.”

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