Otro octubre más. Uno lluvioso, llorón, quejumbroso. Un hijo allá y otro acá. Y cuando estoy allá, entonces acá sigo incompleta. Así es, así seguirá siendo. Los amores regados, el alma dividida, las ausencias. Y en medio de todo eso, de extrañar abrazarlos al tiempo, suspiro: ¡Uf, qué duro es tener a un hijo lejos!

Desde que ellos nacieron mi corazón ya no es mío, late en otros latidos. Mía la preocupación porque nada malo les pase, mío el temor por no ser lo suficientemente buena para ellos, mía la angustia porque cada vez son más de la vida incierta y menos de mis manos ciertas. Y mientras contemplo cómo se me escurren como agua entre los dedos, pienso en mi madre. En mi madre y sus sesenta y cuatro años recién cumplidos. En mi madre y sus renuncias.

Este año tampoco estuve con ella en su cumpleaños. Estaba lejos, en el frío desenredando enredos. Me mandó a decir que no la felicitara en público, así que el 3 de octubre nada escribí. Fue difícil acatar la petición porque no sé hablar, menos por teléfono. Si no es escribiendo, me paralizo, enmudezco. Además, ¿qué más mío puedo darle que un “te amo hasta las estrellas que no se ven” con mis letras? Escribiendo soy. Pero respeté su deseo cerrando el pico. Silencio.

Ese día pensé mucho en ella aunque no se haya percatado porque solo escuchó mi voz por un minuto. Y volví a sentir miedo, miedo a la vejez que ya asoma sus pestañas y que ella pretende mantener a raya comiendo sano, haciendo ejercicio, untándose toda clase de cremas y menjurjes, y haciendo jeroglíficos y zudokus a diario. ¿Y si se va sin saber cuánto la quiero porque como sufro de esta extraña discapacidad para estar cerca, tal vez me malinterprete?

Con este octubre regresó también mi peor pesadilla desde chiquita: la posibilidad de perderla. Creo que mi insomnio viene de ahí, de esperarla despierta a que llegara. Siempre tuve miedo de que se cansara, de que tirara la toalla, de que una noche no volviera, de que nos abandonara a los tres a nuestra suerte, de que el cigarrillo le causara una enfermedad gravísima, de que tuviera un accidente manejando, de quedarme sin sus manos. Así que la esperaba despierta y solo me dormía al oírla roncar a mi lado. Con ella cerca, mi mundo volvía a girar y llegaba la calma. Así fue hasta que crecí y me fui de casa, de su casa. Como se irán también los míos, como ya empezaron a irse.

Pero pasan días y hasta semanas sin que la llame, sin que me reporte, sin que diga por lo menos “mami, estoy viva y te sigo amando”. Así que ya no quiere que le escriba nada. No quiere saber de mí por mi muro de Facebook como todo el mundo. Entró en huelga. Es mi madre y demanda mi presencia, mis besos, mis abrazos, mi voz, mis ojos raros. Me extraña. No quiere declaraciones de amor en posts de redes sociales, ni cientos de “me gusta” de desconocidos, ni comentarios de seguidores emocionados que no tienen ni idea en realidad qué pasa ni cuánta agua corre debajo del puente ni si el río se secó.

Aquí estoy, mami. De ti nunca me voy. No hay día que no te piense, no hay día que no te extrañe, no hay día que no me sienta profundamente agradecida y afortunada de ser tu hija, tu única niña. Estoy bien. El ciclo de la vida se repite y ahora soy yo quien suelta y deja ir. Tú me enseñaste a hacerlo. No temas.

Y así como no se fue ni se irá tu padre de tu vida, te pido, te lo ruego, no te me mueras ni cuando te me mueras.

"Bruscamente la tarde se ha aclarado Porque ya cae la lluvia minuciosa. Cae o cayó. La lluvia es una cosa Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado El tiempo en que la suerte venturosa Le reveló una flor llamada rosa Y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales Alegrará en perdidos arrabales Las negras uvas de una parra en cierto

Patio que ya no existe. La mojada Tarde me trae la voz, la voz deseada, De mi padre que vuelve y que no ha muerto."

Jorge Luis Borges

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(Imagen tomada de https://lamenteesmaravillosa.com/)