Por: Fernando Salamanca Rozo

En diciembre todo el mundo “hace su agosto”. Es un mes de complacencia y descanso: la vuelta al colegio o la universidad están en un enero o febrero lejanos, mientras que el trabajo sufre una metamorfosis cotidiana que hace que los días vayan despacio y las semanas sean rápidas. diciembre se pasa volando, en un dos por tres. Como los carnavales de Barranquilla o Rio de Janeiro, la fiesta no es para siempre.

Aunque en nuestro país la época navideña arranca desde mucho antes. septiembre es el preámbulo con su ‘Amor y amistad’ -en el que hicieron caber a trompicones el día de los ‘Amigos con derechos’-, octubre es un puente hasta la fiesta de Halloween que trae consigo conmemoraciones para todos los gustos: el descubrimiento de América, los cumpleaños de Pelé y Maradona, o el natalicio de John Lennon. octubre es como un conocido que nos encontramos en las rumbas o los buenos restaurantes, pero que a la hora de las vacas flacas te deja tirado.

Noviembre es diferente. Eduardo Arias lo recordaba como “un mes de aguaceros interminables, de semanas enteras sin sol (en Bogotá)”. Es la época menos navideña del año junto con Semana Santa. Sin embargo, el afán comercial, el arribismo, sin olvidar nuestro espíritu fiestero y servicial, y una buena dosis de conveniencia política se ha transformado en el hermano mayor y feo de diciembre. No dura siquiera lo que debe durar: cuatro semanas mal contadas. De noviembre sobreviven la fiesta de Todos los Santos y la Independencia de Cartagena, con su reinado de belleza a bordo, que con Paulina Vega (quizás la última Miss Universo) retomará el magnetismo que había perdido entre los colombianos.

Después de la mitad del mes no hay cómo detener la avalancha decembrina, noviembre cede sus días finales a la necesidad imperativa de adelantar la espera de Niño Dios y Santa Claus. En las calles y en las emisoras (“¡Desde noviembre se siente que llega diciembre!”, grita un eslogan de Candela Estéreo) el espíritu navideño toma su puesto en Colombia. Basta con salir a la calle: los centros comerciales de Bogotá tienen listos sus instalaciones y decorados de luces, una mezcla de ostentación y mal gusto, más semejante a la jactancia de traquetos que a la festividad de una religión. Sin olvidar las ofertas y miles de promociones, cuyo beneficio para incautos es pagar en febrero lo que consumimos a final de año.

Noviembre es diciembre, es una espera y una aproximación que nos saca de la realidad del país, es una fiesta que nos hace olvidar del letargo del proceso de paz en La Habana -contando con que nos interese el tema-, la pelea habitual entre el gobierno Santos y la ofensiva uribista desde el Senado y Twitter, los chicos de Marco Fidel Suárez que intentan trabarse con un extintor casero y el proyecto de ley que busca exaltar la obra musical de Diomedes Díaz. Pero no importa, estos problemas se desvanecen con el aliciente del fútbol: en noviembre estaremos de nuevo haciendo cuentas para clasificar a Rusia 2018.

Omar Rincón comentaba en un ensayo para la revista 070 (Universidad de los Andes), que las marcas de la ‘colombianidad’ son una identidad débil, una baja autoestima, un orgullo vacío y una dignidad vacua. Enarbolamos como orgullo a una selección de fútbol, a una reina de belleza, a un cantante. Y como son orgullos débiles, nos desbordamos en una euforia de lo efímero. La tacañería mental la compensamos gastando a manos llenas.

Ya mataron Noviembre. ¿Para qué? Para lo mismo de siempre: para hacer bulla y festejar, expresar que a pesar de tanta tragedia somos el país más feliz del mundo. Se pierde pero se goza. En esa gozadera a noviembre hay que hacerle el cajón. Sentir más cerca la alegría decembrina.

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