No serán los pronósticos más pesimistas ni tampoco las voces de la esperanza los que triunfen en las elecciones del domingo próximo. Las cosas se mantendrán más o menos igual que como están, gracias a nuestra tendencia a la quietud y al temor que sobrecoge a las sociedades cuando de cambiar se trata.

Ha sido lenta la evolución de nuestro ejercicio democrático y en eso todos somos culpables y víctimas. Las clases llamadas “dirigentes” se debaten entre su ambición, su inmoralidad, su flaqueza intelectual y sus métodos inútiles y criminales de ejercer el poder. En la otra orilla estamos los ciudadanos, que somos quienes hacemos posible, a través de nuestro inmaduro ejercicio democrático, que la horda de destructores haga más lento nuestro camino hacia algo más que el desorden y la ensoñación.

Así las cosas, cada elección nos presenta un panorama sombrío, repleto de dudas, de inconsistencias, de personajes predecibles que no quieren o no pueden resolver nuestras miserias de raíz, asumiendo riesgos, comprendiendo de verdad el país en el que cohabitan con una gente extraña que parece no querer salir de sus abismos. La jornada electoral que se aproxima no será extraordinaria precisamente porque ninguno de los dos protagonistas, los votantes y los elegibles, han cambiado sustancialmente en dos siglos.

Al repasar los nombres que someterán su idoneidad a la sabiduría del pueblo es fácil darse cuenta de que son los mismos de siempre, o son los mismos encarnados en herederos obedientes; hay algunos que son nuevos pero que actúan y hablan y se mueven y se disculpan como los viejos; una minoría está compuesta por personas serias, preparadas y decentes que no serán elegidas precisamente porque se les nota mucho esos rasgos de su carácter; algunos miembros de este último grupo podrán, contra toda lógica, alzarse con el triunfo, pero como para lograrlo fue necesario vender sus almas no será mucho lo que podrán hacer porque el tiempo se les irá en cumplir lo que les prometieron a sus nada desinteresados apoyadores.

Y las cosas seguirán, después del domingo, más o menos igual que siempre. Una gente quejándose en la calle y otra en los despachos, desperdiciando la oportunidad de gobernar.

Usted, señor lector, señora lectora, ¿se ha tomado el trabajo de leer los programas de gobierno de los candidatos a la Alcaldía y Gobernación de su ciudad y departamento, de compararlos entre sí para tomar una decisión seria sobre por quién votar?

Usted, señor lector, señora lectora, ¿tiene alguna idea de quiénes son y qué quieren hacer los aspirantes al Concejo de su ciudad y a la Asamblea de su departamento?

Usted, señor lector, señora lectora, ¿sabe qué es un edil, cuál es su función, cuál es la mejor opción para su localidad o su barrio?

Si en las elecciones dejáramos de lado los colores, las banderitas, las calcomanías, los comerciales, las sonrisas falsas, las discusiones de cafetería, las entrevistas y debates vacíos, las millonarias inversiones, los buses repletos de gente pobre e ignorante que vota sin saber, las filas de gente rica y educada que vota sin saber, lo que quedaría es el triste encuentro de dos incapacidades que demuestran lo poco aptos que hemos sido, que seguimos siendo, para ejercer una democracia responsable, digna y transformadora.

Más o menos igual seguirán las cosas después del domingo. Más o menos sin remedio. Más o menos parecen ser las palabras con las que construimos nuestro destino.

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(Imagen tomada de http://www.colombia.com/)