¡Son las 4:29 del miércoles 21 octubre de 2015! Llegamos, sin el DeLorean, al futuro de Marty McFly. Tenemos por fin las paticas puestas en una de las fechas más esperadas por toda una generación, la mía. Hoy, 21 de octubre de 2015, la imaginación y la realidad se miran fijamente a los ojos para dejar bien claro cuál de las dos ganó la partida.

En las redes sociales no cabe una referencia más sobre "Volver al futuro", la saga ochentera del director Robert Zemeckis que se convirtió en ícono de la cultura pop y que en su segunda entrega (1989) escenificó con lujo de detalles cómo sería el mundo veintiséis años después; es decir, hoy.

Viendo la película, toda una generación de niños y adolescentes acostumbrada a distraerse con juegos cero tecnológicos como la yeba, el escondite o la peregrina, empezó a soñar con un mundo en el cual nada era imposible, desde realizar videollamadas y abrir puertas con la huella de los dedos, hasta montar patinetas y carros voladores.

En la California fantasiosa de McFly, personaje interpretado por Michael J. Fox, hasta la medidera para comprar vainas pasó a la historia, pues los tenis y la ropa, como por arte de magia, se ajustaban a la perfección independientemente del tamaño de los pies, de la estatura o de la contextura. Y así todo.

Entonces, como aún tenía intacta la capacidad de asombro, vi la película con la boca permanentemente abierta. Fascinada. Pero como el tiempo es implacable y pasa sin pedirnos permiso, crecí. Y crecí para ver con mis propios ojos el futuro de "Volver al futuro". Aquí estoy, con 39 años, presenciando con estos ojos que no se han de comer los gusanos (espero que mis hijos cumplan mis deseos y me cremen antes de que semejante cosa horrible suceda) si el futuro de Marty se parece en algo a mi presente.

¿Balance? Lo hago desde Bogotá con mis ñatas pegadas a la ventana de un carro en medio del eterno trancón capitalino. Lo que puedo decir es que efectivamente todo cambió. De mi 1989 no queda mucho, solo fotos, recuerdos. Hasta el copete de Alf se largó. Y aunque los carros no vuelen ni Nike haya sacado aún el súper botín, el mundo actual no se parece en nada al mundo de mi infancia. Ahora, desde un dispositivo más inteligente que la batería que le da vida, un aparatejo que cabe en la palma de mi mano, estoy conectada con el planeta prácticamente todo el bendito día, como una esclava unida a su grillete, así. Siempre "online". Siempre disponible. Siempre presente. Siempre ausente. Con casi todo a un clic de distancia. Cerca. Lejos. Aquí. Nunca aquí.

¿Cambió para mejor? No lo sé. La verdad, no lo sé. Porque qué pereza esa gente que se la pasa vociferando la frase trillada, desgastada, según la cual todo tiempo pasado fue mejor. ¡Ay, no, yo no voy a entrar en esa onda nostálgica! Sin embargo, en términos prácticos, palpables, lo que sí puedo decir sin temor a equivocarme, es que la capital de Colombia, mi país, la que debería ser la ciudad más moderna, agradable, vivible, bonita; no lo es. Es una ciudad que se quedó en el pasado. Es un mierdero. Un roto. Un lugar que en los últimos años retrocedió a niveles degradantes convirtiéndose en un vividero agresivo e inviable. Por eso este domingo, día de elecciones, votaré por recuperar a Bogotá, para dejar atrás a la “Bogotá Humana” de Gustavo Petro en donde las carretas del siglo pasado siguen rodando, pero ya no arrastradas por mulas o caballos, sino por humanos. ¡Vaya avance!

Sí, mi voto es clarísimo, pero no porque sea por Clara. Tampoco le daré la oportunidad a Pardo, que creo se la merece; ni a Pachito, que definitivamente se quedó en el pasado. Votaré, una vez más, por Peñalosa. Porque qué hijueputa, ¿quién necesita que los carros vuelen? Como están las cosas, con que anden ya es bastante.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo