En una reciente nota de El Universal de Cartagena, leo sobre una mujer a quien le causa un profundo malestar la enorme brecha salarial que, en su entorno laboral, se da entre hombres y mujeres. Ella dice específicamente que el hecho de ganar menos que sus compañeros hombres la hace sentir "como una mi-er-da”. Lo cual no tendría nada de extraordinario, salvo porque esa mujer que asegura sentirse como una mierda es nadie menos que la actriz de Hollywood Gwyneth Paltrow, cuyo salario anual supera la bobadita de nueve millones de dólares. Pero claro, ella lo compara con el de su compañero de set en Iron man 3, Robert Downey Jr., que es de ochenta millones.

Al leer eso recordé una situación ocurrida muchos años atrás, cuando yo era gerente de un instituto en Barranquilla e invité a un grupo de mis subalternos a una pequeña reunión social en mi casa. En un momento dado, uno de ellos, que pasaba por los apuros económicos de todo joven recién casado, y ya deshinibido por el alcohol, miró en derredor suyo y soltó al aire, como si yo no estuviese ahí, un par de frases acerca de lo afortunado que era yo de vivir así, en ese apartamento y en ese barrio; de vivir así, "sin problemas".

Eso me dejó pensando, porque yo sí tenía problemas. Y muchos. Pero tal vez el hecho de que yo viviese en un apartamento con seguridad más grande que el suyo, y tuviese un carro mucho más costoso que su modesta moto, le hizo pensar que yo flotaba en un paraíso terrenal, o en una especie de burbuja invulnerable. Pero -también casi con seguridad- no reparó en que quizás ese carro y ese apartamento no eran míos en realidad, sino del banco que me prestó la plata. Sin embargo, sin importar si yo tenía deudas o no, estoy convencido de que él habría querido estar en mi posición, tal como yo en ese momento habría querido estar en la del famoso y billonario cantante Julio Iglesias, por ejemplo.

Con todo, lo más probable es que mi subalterno tampoco cayese en cuenta de que en ese momento él, a pesar de sus aparentes limitaciones, tenía una mejor calidad de vida que la de grandes emperadores de la antigüedad. O incluso que la de presidentes de Estados Unidos del siglo XX. Él, sin ir más lejos, para entonces podía comunicarse inmediatamente con su esposa donde quiera que ella estuviese, gracias a una cosa ya tan común como un teléfono celular. Lujo que no podía darse, por ejemplo, Franklin Delano Roosevelt. Y ni hablar de Julio César. Eso para no mencionar millares de otras maravillas modernas como, digamos, el acceso a antibióticos, los noticieros de televisión, o el simple hecho de contar, para transportarse grandes distancias, con los incansables caballos de fuerza de su pequeña motocicleta.

El fenómeno anterior ya ha sido estudiado: en las sociedades de mamíferos hay una permanente lucha sin cuartel por la dominación social, la cual se libra primero en las mentes de todos los individuos. La famosa clasificación entre machos-alfa, y sujetos beta u omega, tiene allí su origen. Entonces no se trata de qué tantas comodidades, lujos o posesiones tengamos como individuos, sino de qué tantas tenemos comparadas con las que tienen otros individuos de nuestro entorno. Eso es porque las comodidades, lujos o posesiones son símbolos de estatus. Y la pelea es por el estatus. Es un mandato genético.

Pero además resulta que esa pelea en la actualidad es mucho más encarnizada que en el tiempo de antes, cuando a la cúspide sólo se llegaba casi exclusivamente por supuestos designios divinos o por mera superioridad física. Hoy, en cambio, un negro flaco y de origen humilde es el hombre más poderoso del planeta. Y bajo ese supuesto todo es posible. Por eso las mujeres exigen cada vez más igualdad. Como la Paltrow.

El problema mayor se da cuando esas situaciones no suceden en sociedades avanzadas y más o menos igualitarias, como la estadounidense, sino en países como el nuestro, en los que la aberrante desigualdad, unida a un caldo de cultivo que parece cocinado por Lucifer, provoca unas tensiones sociales telúricas, que terminan por explotar como bombas de tiempo.

A la criminal repartición de la riqueza en Colombia se le suman unas pobrísimas cobertura y calidad en educación; una posición privilegiada del país en las rutas del tráfico de drogas; una topografía endiablada que facilita la guerra de guerrillas; unos plutócratas egoístas y multimillonarios que prefieren tener siempre un poquito más a costa de los más pobres, así ese mismo hecho les impida poder disfrutar de su dinero sin temores; una Justicia inoperante que garantiza la impunidad más escandalosa; y -sobre todo- una clase política corrupta, cínica e ignorante.

¿Resultado? Los sicarios, que no nacieron pa' semilla, y que encuentran en una moto y una metralleta su pasaporte a una mejor vida. Los traquetos de todos los niveles, cuyo ascenso social va de la mano del dinero de las drogas ilícitas. Los guerrilleros rasos, a quienes un fusil les da, además de la comida diaria, el estatus que no les otorga vender cigarrillos en las esquinas, como bien lo observó hace 40 años Jaime Bateman.

Ese es nuestro fracaso como sociedad. De nada servirá firmar la paz si no atendemos inmediatamente todos esos factores. La sociedad colombiana fabricó a todos esos marginados sociales, y la respuesta a ese hecho no puede pasar únicamente por las estúpidas soluciones de eliminarlos físicamente o meterlos presos. La tarea también es resocializarlos, convencerlos de que las nuevas estructuras les van a permitir acceder por las vías legales -o al menos la oportunidad de intentarlo- a un estatus satisfactorio de acuerdo a sus aspiraciones. Y convencernos nosotros también de que todos tenemos derecho a la movilidad social; convencernos de cambiar el chip fácil de que toda esa gente eligió esa vida por puro gusto.

Bástenos recordar que hay gente que aun ganándose nueve millones de dólares al año se siente como una mierda.

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(Imagen tomada de http://www.vanguardia.com/)