Las elecciones del domingo tuvieron entre otras virtudes la de desnudar al Centro Democrático, el nuevo partido creado en torno a la figura del expresidente Uribe (ya antes se había creado el partido de la U -U de Uribe-, el cual le fue escamoteado a ese zorro político de Uribe de la misma forma que se le quita un dulce a un niño. Pobre, lo engañaron). Este domingo quedó, pues, al descubierto que el Centro Democrático es, como cantaba el inolvidable Trío Matamoros, buchipluma na' ma': un cascarón sin nada en su interior, como no sea el fetichismo enfermizo de un -si bien todavía numeroso- decreciente sector de la población colombiana.

El fracaso en estas elecciones fue tan apabullante para el Centro Democrático, que una vez concluídas éstas el habitual frenesí de trinos del expresidente Uribe se vio abruptamente silenciado por más de 20 horas. Fue apenas a la media mañana del lunes cuando, después de tres trinos iniciales timidos y gaseosos, publicó una especie de comunicado que pretendía explicar el monumental descalabro electoral. Titulado -a su mejor y melodramático estilo- "Para ajustar y mejorar, reflexivos sin desaliento", el documento de trece puntos era una confesión de lo que él reconoce como equivocaciones suyas, las cuales se podrían sintetizar en una sola: la pésima escogencia de los candidatos que representaron al partido. Dice él que desechó a unos excelentes por preferir a otros deshonestos y mediocres. Se equivocó, entonces. Lo engañaron. Una vez más.

Siempre lo engañan al pobrecito. Sin embargo, no me cabe duda de que Uribe se las arreglará para que sus seguidores sigan pensando qué es él quien se las sabe todas en este país, pese a que según sus propias palabras a él y a sus colaboradores todo el mundo los engaña todo el tiempo: empezando por el exmininstro Arias, a quien engañaron unos latifundistas fraccionando unos lotes en aquel asunto de AIS, pasando por el excomisionado de paz, Luis Carlos Restrepo, quien cayó en la trampa de la falsa desmovilización del bloque "Cacica la Gaitana" de las Farc, y terminando por el propio Uribe, engañado candorosamente por el reconocido timador de Juan Manuel Santos. (Yo a estas alturas creo que la única que se sabe Uribe de todas las que le atribuyen sus seguidores, es la de mantenerlos engañados a ellos con aquello de que él es quien se las sabe todas. Y con eso le ha bastado hasta ahora).

Tampoco el preclaro Fernando Londoño, en su acostumbrado editorial de La hora de la verdad, tuvo sus habituales hígados de ganso como para negar la derrota. Trató de amortiguar la caída libre de su partido, sí, con la maturanesca fórmula de "perder es ganar un poco". Y al mismo tiempo pretendió atenuar el triunfo de la Unidad Nacional con la fórmula de Pirro ("otra victoria de estas y estaré acabado"), aduciendo que el pueblo colombiano no soporta más corrupción ni compra de votos, razón por la cual en ciudades como Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga y Cartagena ganaron la Alcaldía candidatos que obtuvieron el triunfo gracias al voto de opinión. Lo que este esclarecido pensador no aclara es por qué esos ahora lúcidos y transparentes electores no depositaron sus votos a favor del diáfano y cristalino Centro Democrático, partido que, salvo en Florencia y Leticia, perdió la Alcaldía hasta en Medellín, uno de los poquísimos fortines uribistas que quedaban.

Y como él no lo aclara, tendré que hacerlo yo. El Centro Democrático sacó menos del 25% de los votos que obtuvo en los anteriores comicios no sólo porque el infalible Uribe volvió a equivocarse y escogió candidatos peores -si cabe- que los ineptos que tradicionalmente se postulan en Colombia, sino porque, muy a su pesar, el país ya es otro. En efecto: la tal "paz de Santos", por la que antes tanto preguntaban los uribistas en las redes sociales, ya está aquí. Tanto es así que incluso dejaron de preguntar por ella con sarcasmo. Vivimos desde hace tres meses el momento más tranquilo en cincuenta años, y su coincidencia con las elecciones hizo de éstas unas diferentes a todas las anteriores. Unas en las que la gente de muchas zonas votó más libre, sin que les apuntasen un fusil en la nuca; unas en las que el candidato elegido no debía ser un Mesías protector, sino un candidato con todas las de la ley, con programas y planes de acción concretos.

La firma de la paz parece no tener reversa. Ni tampoco su aceptación por parte del pueblo colombiano. Estas elecciones así lo demuestran: cada vez son menos los colombianos que necesitan de un papá que piense por ellos y les resuelva la vida con fórmulas simples, maniqueas y -sobre todo- violentas. Cada vez son menos los que, para imaginarse un futuro, necesitan a un Uribe en el horizonte. El pueblo colombiano parece por fin estar comprendiendo lo que es apenas lógico, pero que cincuenta años de guerra, sangre y retaliaciones no dejaba ver: que a la paz se llega con acuerdos, no con más acciones violentas.

El horror sin final de los gobiernos sucesivos en Colombia, desde cuando en 1962 Guillermo León Valencia ordenó la Operación Marquetalia, destinada a recuperar esas "repúblicas independientes" -como las llamaba Álvaro Gómez-, hasta cuando, después de un doble gobierno, Álvaro Uribe entregó el mando de un país en guerra a Juan Manuel Santos, así lo demuestra.

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