Una vez tuve la oportunidad de ver un video sobre la vida de la Madre Teresa de Calcuta, y en él se contó como alguna vez fue invitada a una Conferencia Mundial sobre la Mujer, gracias a Hillary Clinton, y al hablar en ella estableció un punto de vista polémico, desde la óptica feminista imperante. La religiosa recordó que para ella, como miembro de la Iglesia, la vida es sagrada desde el momento de la concepción y por tanto el aborto es inaceptable, y que debían buscarse opciones compasivas para las mujeres que decidieran abortar. El video continuaba señalando la visible incomodidad de los Clinton, y de quienes la habían invitado, por el discurso, apegado a la posición oficial de la Iglesia; una verdad incómoda en una asamblea mundial, en contravía con la opinión mayoritaria existente. Recientemente el Papa Francisco hablo ante una sesión conjunta del congreso de Estados Unidos y su discurso fue recibido casi en éxtasis, aunque fue notable principalmente por su valor secular y no tanto por sus devociones religiosas. Fueron las palabras de un político que busca la reelección en lugar de la del líder espiritual de una parte considerable de la humanidad; no las de un hombre decidido a decir la verdad, cueste lo que cueste, por dolorosa o impopular que esta sea, sino el resultado de un comité de escritores de discursos que tamiza cada palabra por su probable efecto ante la audiencia, apelando a algunos sin ser demasiado arriesgado con los demás. Si un líder mundial similar, como los ex presidentes Clinton o Blair, hubieran sido elegidos Papas, podrían haber hecho el mismo discurso; tan perfecta era su estructura, tan vacía como sus frases altisonantes.

La realidad es que su simpatía, don de gentes y habilidad de comunicación ocultan el hecho que el Papa Francisco no es un pensador sutil, y mucho menos un teólogo de distinción. Al ser entrevistado en su avión después de la masacre de Charlie Hebdo les hizo saber a los periodistas que si alguien insultó a su madre podía esperar un golpe de represalia o bofetada, haciendo un gesto físico para ilustrar su punto. A mí esto no me parece la doctrina católica (si he entendido correctamente) enunciada en el Sermón de la Montaña; y resulta difícil imaginar a Juan Pablo II o Benedicto XVI haciendo tan tonta o cruda declaración bajo la mirada de complacencia del mundo.

Desde su elección como Pontífice, Francisco ha empezado a distinguirse de sus dos inmediatos antecesores, con gestos que muchas veces quieren mostrarlo como una persona cercana a las preocupaciones de la sociedad, lo que le ha granjeado la simpatía de buena parte de la opinión pública mundial. Y es que entre Benedicto XVI, un teólogo brillante con fama de estudioso y carente de encanto ante sus feligreses, hay un contraste muy fuerte. Para decirlo en términos simples, Francisco ha resultado el político que la Iglesia necesitaba, para que esta volviera a captar la atención que había perdido en los últimos años por el creciente secularismo de la sociedad.

Una lectura del discurso muestra que si bien es un gran político, tiene poco de líder espiritual. Miren las siguientes frases tomadas de éste: Es mi deseo que durante mi visita la familia sea un tema recurrente. ¡Qué importante ha sido la familia en la construcción de este país! ¡Y cómo sigue siendo digna de nuestro apoyo y ánimo! Sin embargo, no puedo ocultar mi preocupación por la familia, que se ve amenazada como nunca antes, desde dentro y desde fuera. Relaciones fundamentales como esta, están siendo cuestionadas, como es la idea misma de matrimonio y de la familia. Sólo puedo reiterar la importancia y, sobre todo, la riqueza y la belleza de la vida familiar. (Traducción mía) ¿Cuáles son esas relaciones fundamentales en tela de juicio? Después de todo, las relaciones fundamentales no se ponen en duda por si mismas: alguien lo hace, y muchas veces se hace en nombre de una doctrina, una creencia, frivolidad u otra razón. El Papa evade, con esa fraseología hueca, enfrentar las situaciones que se presentan, y sobre ello, señalar doctrina, bien sea de forma liberal o conservadora. Incluso evade la postura oficial de la Iglesia ya establecida y conocida. Al final se queda una declaración vaga y untuosa. Una cosa es ser amante de la paz y conciliador, otra es rendirse evitando la cuestión.

Tal evasión cobarde fue evidente también en la manera en la que se trató el problema de fanatismo religioso: 'Sabemos, dijo, "que ninguna religión es inmune a las formas de engaño al individuo o el extremismo ideológico”. Como idea abstracta, es cierto, pero hizo falta una declaración o mención que la rechazase, lo que se esperaría de un líder espiritual de una Iglesia que se proclama heredera de aquel que dijo “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Hubiera sido mejor para el Papa no haber abordado el tema en absoluto en vez de salir con una declaración de ese tipo. El discurso continuó con un tono laicista que se hizo evidente en la forma en que se ocupó de la pena de muerte. La prohibición a la que se adhirió era perfectamente válida, pero los argumentos que utilizo tenían poco de religiosos:

Estoy convencido de que esta manera es la mejor, ya que cada vida es sagrada, y todo ser humano está dotado de una dignidad inalienable, y la sociedad sólo puede beneficiarse de la rehabilitación de los condenados por delitos (…..) También ofrezco aliento a todos los que están convencidos de que un castigo justo y necesario nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación. ¿ Dónde están conceptos como la misericordia, el perdón, el arrepentimiento, la redención o salvación ? Rehabilitación, por el contrario, es un concepto secular, lo que sugiere que la maldad de la delincuencia es de alguna forma una enfermedad a ser tratada por un equivalente psicológico de la fisioterapia; es normal que conceptos como el pecado o incluso el vicio, no entren en ella. Estas palabras coinciden casi con una declaración de Derechos humanos.

Me dirán: es bueno que el Papa comparta esas ideas. Sí lo es, pero en cada punto del discurso el Papa evadió detalles y recurrió a generalidades untuosas. Evadió las declaraciones impopulares, denunció la injusticia, pero no mucho más. Fue poco específico en cuanto al porqué de lo justo o lo injusto de lo que señalaba. Cuando se esperaba que hablara un líder espiritual resultó el discurso de un político mezcla entre Donald Trump, Hillary Clinton y Jeb Bush, lleno de promesas vagas y frases de aplauso.

Para terminar y en pocas palabras, el Papa estaba hablando para la galería y ante potenciales electores, con el evidente deseo de ser querido por todos. Lo logró. No había nada atemporal en lo que dijo, y solo habló de lo temporal, lo contingente, o la moda trivial de nuestros días. He quedado decepcionado. No es un pastor, pero sí una de las ovejas.

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