Por José Rodolfo Rivera

Hay una escena de la película del director alemán Werner Herzog, titulada Aguirre, la cólera de Dios, en la que dos nativos de la cuenca amazónica se acercan en una canoa hasta la balsa donde Lope de Aguirre, el avaro conquistador español, cegado por la obsesión, y empeñado en culminar su gran conquista, se dirige hacia El Dorado. Los indígenas se suben sin temor a la balsa, intercambian algunas palabras con uno que habla su misma lengua; luego el sacerdote, ley clerical de aquella embarcación, les extiende la Biblia diciéndoles que allí está la palabra de Dios, que la escuchen.

Uno de los nativos, ingenuo y sin comprender bien lo que le han dicho, toma las sagradas escrituras y las agita muy cerca de su oído como si fueran un cascabel esperando que emitan algún sonido que él pueda escuchar. El indígena le entrega la Biblia al sacerdote alegando no escuchar nada. Por supuesto, Lope de Aguirre ordena asesinar a los dos nativos tras semejante burla contra el libro sagrado. Para algunos esta escena puede ser simplemente anecdótica. Otros justificarán tal atropello a la ignorancia de los indígenas. Pero la verdadera reflexión de esta imagen puede ser tan profunda como la palabra de Dios. El silencio de ese “extraño objeto” para el indígena podría representar el silencio de su propia civilización. Una civilización regida por otra doctrina, por otros dioses; el silencio de ese objeto que para ellos, los conquistadores, representaba el libro sagrado será para los indígenas un instrumento mudo que no significaría ni comunicaría nada, aún si lo pudieran escuchar. En esa corta escena, a simple vista anecdótica, se condensa el desarraigo de una civilización provocada por unos conquistadores que sólo buscaban aplacar lo que Eduardo Galeano llama en Las venas abiertas de América Latina la “fiebre del oro”, a costa de la exterminación de unos hombres, de una cultura. Ellos no pudieron “escuchar”, no comprendieron nunca por qué querían matarlos o esclavizarlos.

Así como Octavio Paz escribiera en su ensayo La dialéctica de la soledad que “La soledad es el fondo último de la condición humana”, se podría decir también que el silencio es el fondo primero y último de la condición humana; siempre hay un silencio al principio y al fin de algo. Antes de nacer somos silencio y después de morir seremos silencio por siempre, al menos para nuestro mundo. Y el silencio es muy similar a la soledad: podemos estar solos aún sin estarlo y podemos ser silencio aún si estamos hablando. Es más, el ser humano es silencio. Nuestra alma es tan solitaria como silenciosa. Cuerpo y alma trabajan en nosotros por su cuenta. Están unidos entre sí, pero trabajan bajo códigos diferentes.

De ahí que se me antoje redundante cuando se dice: un minuto de silencio por tal causa o por tal persona. Y producimos un silencio que, según nosotros, es nuevo. Nace en honor a esa persona o causa. El silencio ya existe, desde siempre, lo que pasa es que no lo escuchamos, o no lo queremos escuchar. Sin embargo, en ese minuto, nuestro silencio cobra vida, o mejor aún, escapa momentáneamente de la caverna que es nuestro ser. Pero entonces no es un silencio consciente, porque no pensamos en él, sino en la persona o la causa, o tal vez sólo pensamos en que ese minuto pase rápido para que el mundo siga su curso. Nuestra mente sólo está en esa minúscula flecha que tendrá que avanzar sesenta milimétricos espacios para que nuestra vida recobre su algarabía.

Poseemos entonces un silencio ignorado, olvidado en nuestra algarabía. Y no quiero decir con esto que el silencio nos afecte, aunque tampoco sea nuestra definitiva salvación. Hemos ganado batallas por no conformarnos con nuestro silencio, por alzar nuestra voz y, seguida de ella, nuestro cuerpo y lo que sus manos empuñen. Pero también es cierto que sin la presencia de ese silencio, nuestra voz no tomaría la fuerza que se necesita para alentar la batalla, ya que él es la raíz donde se producen nuestros sentimientos. Es nuestra pequeña fábrica de emociones humanas. No hay nada que nuestro cuerpo haga o sienta que no tenga que gestarse en el silencio para que pueda germinar. Si amamos a alguien es porque nos hemos repetido muchas veces su nombre sin pronunciarlo. Si odiamos a cierta persona es porque su ofensa ha provocado un hervor en nuestras entrañas produciendo en nosotros un enemigo propio, silencioso. Si alguna vez pensamos en matar a alguien es porque ya se nos ha pasado por la cabeza que su silencio definitivo por fin nos dejará en paz. Ya lo dice Sartre en su diario: “El fondo es la lucha contra el pecado”. Nuestra vida es una lucha interna contra lo que está mal, o lo que creemos que nos hace mal. Una lucha donde el silencio, hace el papel de juez. Un juez sin rostro, por supuesto. El hombre, entonces, vive inmerso en el silencio y no podrá escapar de él por más que lo intente. Le podrá abrir la puerta, pero no más.

Hay una relación latente entre silencio y arte . Abstención de hablar. Falta de ruido: ésta es la definición que nos da el diccionario de silencio. Del arte nos dice que es la virtud, disposición o habilidad para hacer algo. Sólo desde este punto de vista empezamos a comprender la reciprocidad en estas dos palabras. El artista se debe al silencio tanto como a su arte. El artista es entonces un eterno invocador del silencio. Y esto lo puede definir mejor Goethe en su Fausto: “Te esfuerzas en invocarme; quieres oír mi voz y contemplar mi rostro…”.

De ahí que todo artista construya su obra desde el silencio. Desde allí, su ser empieza a interrogarse, a escudriñar entre sus propios laberintos, a plantearse un diálogo inconsciente con la naturaleza, con la sociedad, con su cultura, con el lenguaje, con el mundo. Será un ente comunicador entre su alma y lo que lo rodea. Entre su pensamiento y lo que nazca de él. Quizás, por eso toda obra de arte invite a la contemplación, a la reflexión, al mutismo. El puente que se tendía entre el artista y el silencio, ahora se tiende entre la obra y quien la observa. Es tal el poder del silencio.

De otro lado, no hay nada que evoque más a la vida que el silencio. El solo hecho de reflexionar sobre ella nos abre un abismo tan grande que casi se podría comparar con el de la muerte misma. Silencio es sinónimo de vida, y al contrario. Prueba de ello es el proceso de nuestro nacimiento. Con nada se compara la ansiedad de la madre por descubrir quien se esconde tras el cálido refugio de su vientre, quién será el dueño de ese reservado pálpito que se gesta en sus entrañas. Esa vida que es silencio para el mundo, es para su madre ya casi una realidad. Entonces, ya tenemos que el silencio es el germen de la realidad; es el fruto de todo cuanto brota del ser humano. Y ni qué decir de la naturaleza: es ella la legisladora de la realidad, y por ende, del silencio.

Ahora bien, de lo escrito hasta aquí, se podría afirmar que el silencio es el responsable de todas las acciones del hombre, y me atrevería a decir que no sólo del hombre: la naturaleza es una madre que trabaja en silencio, la muerte visita nuestra vida sólo cuando quiere imponernos su silencio, el artista le da el retoque final a su obra solo después de habérselas visto cara a cara con su soledad y por ende, con su silencio. Por eso, la imagen que nos da el artista, es de solitario y silencioso. Cuando pensamos en un escritor, lo vemos solo frente a su página en blanco y un bolígrafo explorando las palabras que puedan servirle para construir su propio mundo. Imaginamos al pintor en una guerra sin tregua frente al lienzo, con un pincel en la mano buscando las líneas perfectas y, por supuesto, nadie puede ayudarlo en esa tarea. Debe estar solo, silencioso. Es preciso entonces citar a García Márquez: “El oficio de escritor es el más solitario del mundo. Nadie puede ayudarle a uno cuando está escribiendo”.

El arte, la vida, entonces, invoca en nosotros al silencio. No conozco el primer humano que no se entregue al mutismo al contemplar una obra de arte. No hay lugar más tranquilo que una sala donde se exhibe una exposición, o una biblioteca, o un recital. Tal vez se escuchen algunos susurros, pero cada uno habitará en su propio mutismo. Es como si el silencio en el que fue sumergido el artista a través de sus horas de trabajo, se transmitiera a través de la obra a quien la contempla. La vida, también, es una abstracción natural que nos entrega, huérfanos, a los ríos de nuestro ser, de nuestra existencia.

Entonces no podemos huir del silencio, por más ruido que hagamos. Al contrario, el ruido es el reposo del silencio. Allí se fortalece, teje su telaraña para cubrirnos de tal modo que no haya escapatoria. Aunque, para qué huir si es él quien algún día nos permitirá descansar en paz. Entendido esto, el silencio es un ruido ensordecedor. El oculto ruido de un ejército que nos devora sin que lo advirtamos. No somos propiedad de él, como pensamos. Él es quien nos domina. Pero bueno, ya me remito aquí a mi propio mutismo. El silencio terminó. Y voy a dejar que sea el propio Nietzsche quien hable por mí, por mi silencio:

No soy un perro, sino tu caza. ¡Cazador de cruel corazón! Tu prisionero más orgulloso. ¡Habla, por fin, salteador que escondido en las nubes estás al acoso! ¡Habla! Desconocido que tras los relámpagos estás escondido.

Twitter: @JosRodolfoRiver Facebook: José Rodolfo Rivera Londoño

(Imagen tomada de http://media.wsimag.com/)