Leí con atención el artículo de Juan Esteban Constaín en El Tiempo, a propósito de los 20 años del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado. En general me pareció una sesuda semblanza, serena, a pesar de la cercanía intelectual del autor con algunas de las ideas del político conservador, baleado en silencio por las fuerzas oscuras que han gobernado a Colombia desde hace tanto.

Las reacciones fueron predecibles. Desde una orilla, recuerdos emocionados de copartidarios naturales y postizos; desde la opuesta, el grito en el cielo de los defensores –casi todos postizos– de la implacable verdad surgida del cuchicheo. Los unos y los otros demuestran la ceguera de un país que estigmatiza, que traga entero y que es incapaz de comprender su historia a través de los matices de las vidas que la conforman; no es blanco o negro el mundo, no es rojo o azul.

Es esta manera que tenemos de dividir las culpas la que nos ha hecho padecer los caminos de la violencia, esta tendencia nuestra a matricularnos en algún bando, en guarecernos bajo cualquier sombra que sustente nuestras ganas de descargar en los contradictores la pesada carga de la intolerancia y la retaliación. Aquí se cuenta la historia con el nefasto anti método del chisme y el rumor, y las verdades se difuminan en el tiempo, a fuerza de ser murmuradas detrás de las paredes. Incluso, las cabezas brillantes de los pensadores –si es que hay algo que se le parezca en Colombia– sucumben ante la estigmatización y la hipérbole, y en sus juicios asumen el triste papel del ignorante que agita un trapo del color de los viejos partidos.

No creo que a Álvaro Gómez se le pueda eximir de la responsabilidad que le toca en el desastre en el que los colombianos hemos convertido nuestros siglos; no creo que ningún político conservador de su generación pueda abstraerse de su cuota de barbarie y de indolencia. Pero no creo tampoco que sus contradictores liberales, quienes forjaron a su lado, como miembros en ejercicio del establecimiento, el país de las orillas que se odian, hayan sido adalides de la libertad ni de la paz ni de nada. Endilgar alegremente los pecados de la violencia a un solo grupo ideológico, a un solo partido político, encarnación del mal, es una ingenuidad y una torpeza. Eso implicaría que de los males de los que nos quejamos son culpables los otros, los malvados, los godos asesinos, mientras que los demás, los supuestos guardianes del pueblo, tendrían el derecho de exhibir sus inocencias sin pudores, incólumes, puros, intocados por el lastre de la infamia. Esas son las posturas que mejor nos explican a los colombianos; somos un conglomerado de culpables inconfesos.

A propósito del artículo de Constaín, escuché sorprendido la opinión de la más inteligente de las mujeres; para justificar su desacuerdo esencial con el autor lanzó una frase que resume nuestra irresponsable y pueril visión del pasado, heredada en las casas a veces, aprendida en las calles a veces, contraída en las aulas a veces, como un virus que no permite que entendamos por qué hemos sido este amasijo de medias verdades y de venganzas; esta mujer admirable y brillante como pocas no pudo más que decir, para confirmar sus votos, para absolver de toda culpa a sus mayores liberales, para renunciar a la ecuanimidad que requiere cualquier aporte a la reconciliación de este país: “Aquí los liberales son conservadores y los conservadores son terribles.”

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