La semana pasada me etiquetaron en un video de Facebook en el cual se veía cómo un leopardo adoptaba a una cría de babuino después de matar a su madre (a la madre del babuino). El video tenía, previsiblemente, -al igual que otros videos similares que he visto (una tigresa que adopta unos cerditos, una leona que adopta a un pequeño búfalo)- cualquier cantidad de "likes", además de un buen número de comentarios aquiescentes y harto elogiosos acerca de ese tipo de comportamientos solidarios, máxime cuando pareciesen ser a todas luces antinaturales.

Cada vez que veo un video de esa clase una parte dentro de mí aplaude esos hechos conmovedores. Pero hay otra parte que no puede dejar de preguntarse por qué es celebrado un comportamiento supuestamente antinatural, pero de evidente corte altruista como ese, y en cambio es condenado, atacado, saboteado, vituperado y considerado una abominación por algunos sectores de la sociedad el deseo que tienen dos personas del mismo sexo de adoptar a un bebé de su misma especie, por más antinatural que parezca que un bebé tenga dos mamás o dos papás.

Ayer, al menos en Colombia y gracias a un fallo de la Corte Constitucional, terminó ese absurdo legal de toda la vida. Sin embargo desde el mismísimo momento en que se supo la noticia empecé a leer por todos lados comentarios apesadumbrados en torno al fallo, casi todos en ese tono apocalíptico que sólo dan la ignorancia, la superstición y la estupidez. Las mismas personas que se maravillan de que un animal salvaje, como un leopardo, se haga cargo de un babuino, ponen el grito en el cielo cuando dos seres racionales y sensatos, cuyas competencias parentales serán tan rigurosamente estudiadas como la de cualquier otra pareja adoptante, quieren brindarle una familia a un ser a quien se la han negado sus propios padres, forzosamente heterosexuales.

Y es que combatir esas taras propias de salvajes incivilizados no es nada fácil, pues cualquier argumento, por deleznable y absurdo que sea, es aceptado inmediatamente por esas personas, quienes, para no salirse de su zona de confort, prefieren evitar pensar y -en cambio- dejan que alguien más lo haga por ellas (un jerarca religioso, por ejemplo). Recuerdo que hace pocos meses veía con asombro cómo se viralizaba en internet, a modo de prueba reina contra la adopción de bebés por parte de parejas gais, la carta de la hija biológica de un homosexual en la que ésta última alertaba a la comunidad sobre los peligros a que la expuso su padre, quien a la muerte de su esposa empezó a mostrar contuctas adictivas y promiscuas. Los comentarios escandalizados de los internautas que compartían la carta en sus cuentas de Facebook eran como para reírse a carcajadas: ¿será que esas personas nunca conocieron a padres y madres heterosexuales (es decir, la apabullante mayoría de los padres que existen y han existido en la historia del mundo) borrachos, mujeriegos, irresponsables con el dinero, maltratadores y hasta abusadores sexuales?

Por supuesto que sí los han conocido. Y por montones. Pero sucede que por alguna extraña razón nadie parece interesado en meterse en las vidas de esas familias. Pero, en cambio, muchos sí se sienten en la obligación de especular sobre el infierno que le espera al niño adoptado por una pareja gay. Especulaciones que van desde la posible conversión del niño en gay (como si -para empezar- eso no fuese un mandato genético, o como si ser gay fuese algo indeseable), hasta el matoneo del que ese niño será víctima en el colegio (como si el la orientación social de los padres fuese el único motivo de matoneo, o como si eso del matoneo no fuese un problema que deben solucionar más bien los padres de los matoneadores, o el mismo colegio).

De esta ecuación no podemos omitir a los medios de comunicación, a quienes poco les importa aprovecharse del morbo de la gente para ganarse algunos clicks, independientemente de si con la forma de enfocar y titular las noticias ayudan a perpetuar este tipo de prejuicios tan dañinos. No hay que ser muy perspicaz para saber que si el hecho frecuente de la violación de un padre heterosexual a su hijo o su hija lo cometiese un homosexual, la condición sexual del victimario sería el enfoque principal tanto de la noticia como del titular respectivo. Cosa que no ocurre nunca en el otro caso.

Pasos como el que se dio ayer en Colombia contribuyen a ir sepultando esas creencias castradoras de la personalidad, anquilosantes e incoherentes. La orientación sexual nada tiene que ver con la calidad humana de las personas, y el hecho de que dos personas quieran brindarle una mejor vida a una infante indefenso debería ser motivo de alegría, no de tristeza. Eso deberían tratar de entenderlo esos opositores ciegos, los verdaderos animales salvajes de esta historia.

Terminando este artículo me entero de que curiosamente el mismo día en que se aprueba la adopción homosexual en Colombia, en México se declara legal el uso recreativo de la marihuana. Y supongo que esta última noticia también fue anoche objeto de comentarios apocalípticos en los cocteles, adonde distinguidos colombianos fueron a hacer su habitual uso recreativo del alcohol etílico.

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(Imagen tomada de https://www.aciprensa.com)