Me pasa con frecuencia. Quiero alegrarme por la buena noticia, y no me dejan. Quiero brincar y reír y salir a abrazar a los vecinos y no, no se puede. La mala vibra del ambiente me lo impide. Más tardo en recibir la buena nueva que la jauría de indignados de las redes sociales y de algunos medios de comunicación en echármela a perder. No sé en qué momento me robaron el derecho a celebrar, pero ya no lo tengo. En su lugar se instaló la desesperanza. A menos de que se trate de un partido de fútbol ganado de la Selección Colombia, aquí no nos ponemos de acuerdo ni para alegrarnos por los pasitos tímidos que de tanto en tanto damos hacia adelante como sociedad. La polarización no lo permite.

Sucedió con el anuncio de la firma de la paz. Quise celebrar el apretón de manos entre Santos y Timochenko en La Habana y cuando medio iba a abrir la boca, salieron Uribe y sus senadores y sus miles de seguidores a arruinarme el momento con toda clase de malos augurios y predicciones apocalípticas. Que abramos los ojos, que ya se sienten los pasos de animal grande del castroschavismo respirándonos en la nuca, que pronto no tendremos nada, ni papel higiénico, ni toallas sanitarias, ni democracia, que en poco veremos a los guerrilleros en el poder, que cómo vamos a humillar así a nuestro Ejército acordando nada con esos facinerosos, que valiente gracia. Y así persecula seculorum. ¿Valía la pena festejar que dejaremos de matarnos por fin luego de más de cinco décadas de desangre continuo? Por lo visto no.

Sucede ahora lo mismo con la adopción igualitaria y con el matrimonio igualitario. Que más hombres y mujeres puedan formar familias con todos los deberes y derechos que ello implica y que más personas deseosas de ser padres puedan adoptar a niños abandonados por sus padres biológicos, debería ser una razón de júbilo nacional en un país en donde más de cinco mil niños buscan hogar. Pero eso era mucho pedirle a esta nación. En cambio lo que presenciamos fue una batalla campal en donde más que preocupación por los niños sin padres lo que se evidenció fue ese interés malsano por poner constantemente en tela de juicio la moralidad del catre ajeno. Un obispo que se autoproclama experto en psicología salió a decir que lo natural es el padre con el niño y la madre con la niña y aseveró además, poniéndole la cereza al pastel, que los niños necesitan en sus vidas, para criarse como debe ser, un rol paterno dominante y un rol materno sumiso. ¡Vaya despropósito! El expresidente senador le hizo eco a la Iglesia con sus trinos sobre malos ejemplos y promiscuidades al mejor estilo de esas reinas de belleza capaces de incluir viceversa y sentido contrario en la misma frase incoherente. La senadora adalid de la moral y las buenas costumbres, supuestamente liberal ella, por su parte prometió tumbar semejante adefesio con un referendo que refleje el verdadero sentir cristiano del pueblo colombiano. El nefasto Procurador hizo lo suyo, lo único que sabe hacer, estorbar. Y los demás, los que no entendemos porqué es tan difícil sonreír aquí ante una gran noticia, nos quedamos de espectadores con la boca abierta, anonadados, mientras los unos se desgarran las vestiduras y los otros se agarran de las greñas. ¡Qué manicomio!

La insultadera no para, los memes menos. Se escupen de una orilla a la otra, no se dan tregua. Que más niños tengan la opción de una familia es motivo de gazapera. Que la posibilidad cada vez más cierta de acabar con esta guerra se cristalice no nos reconcilia, por el contrario, nos enfrenta. Nadie está contento con nada. No hay noticia positiva a la que no le saquen mil peros. ¿Por qué somos incapaces de abrazarnos ante logros tan claros, tan obvios, tan evidentes? La respuesta es simple: por la sospecha.

Sospechamos de todo. De los besos, de las manos tendidas, de los abrazos. Sospechamos de las buenas intenciones, de los guiños, de la risa. Estamos tan convencidos de que nadie da puntada sin dedal que nos cuesta creer que en verdad hay miles de homosexuales y lesbianas que de verdad se aman y que además desean con buenas intenciones adoptar niños para ser sus padres y amarlos y educarlos y criarlos y ofrecerles un hogar y no mucho más que para eso. Detrás debe haber algo tenebroso. Algo cochino. Algo perverso. Y lo mismo con la paz. Detrás de esa paloma simbólica se esconde el coco, un demonio terrible, el peor de los males (y no hablo de un simple premio Nobel de paz). ¿Algún día creeremos en Colombia que a veces las cosas sí son lo que parecen?

Mientras ese día llega seguiré intentando sobrevivir a la desesperanza, a esta sensación de sin futuro que me embarga cada vez que el absurdo le gana a mi capacidad de explicar lo inexplicable. No tengo respuestas la mayoría de las veces. Colombia sigue siendo un gran misterio para mí. Uno tan grande como el del perro y el gato del cuidador de carros que en este momento están comiendo del mismo plato frente a mis ojos sin mirarse rayado ni raparse la comida. Pero qué se le puede hacer, al fin y al cabo somos es colombianos, no perros y gatos.

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

(Imagen tomada de http://mundocan.com.mx/)