Recién fallecido Joe Arroyo, el periodista Antonio Morales Riveira escribió una columna titulada Joe, un negro menos, firmada por Godofredo Cínico Caspa, el personaje representado por Jaime Garzón, en la que, desde la boca de este abogado fascista, se alegraba por la muerte del músico, ya que representaba para ellos, los fachas, lo peor de la sociedad. La reacción en las redes fue muy agresiva, quizá dolidos por la reciente muerte del maestro. Morales se vio obligado a escribir otra columna donde señalaba que la primera estaba escrita en clave de humor, que él pensaba de forma diferente a Godofredo, y que nadie había entendido. De todas maneras la indignación no cesó con el tiempo. Seis meses después me volvió a llegar la columna de amigos residentes en Europa, indignados por su tono, proponiendo que al autor se le demandara por racista o incitación al odio. En ese momento atribuí la reacción al hecho de que ellos no tenían toda la información sobre las circunstancias de la noticia: llevaban cerca de 20 o 25 años fuera del país y creían que Godofredo era un abogado escritor.


En el año 2012, la BBC publicó en su programa Newsnight un informe sobre las violaciones cometidas en orfanatos en el norte de Gales. Una víctima afirmó que había sido abusado por un miembro del gobierno de Margaret Thatcher, que no identificó. Las sospechas recayeron sobre dos candidatos, un miembro del parlamento fallecido en 1995, y el otro fue Alistair Lord McAlpine, antiguo tesorero del Partido Conservador, quien, indignado, negó los cargos. El escándalo, sin embargo, estalló en las redes sociales: Quizá por esa prevención del ttipo “por si acaso es verdad”, Lord McAlpine fue acusado en miles de post de FB y tuits de ser un pedófilo que había burlado la ley. Ni la renuncia del director de la BBC, ni las afirmaciones de la BBC desmintiendo la supuesta acusación, ni la víctima, que negó que Lord McAlpine hubiera abusado de él, detuvieron el bulo, en particular en Twitter. Lord McAlpine, amargado, pero decidido a limpiar su honor, localizó 10.000 cuentas en Twitter a cuyos propietarios amenazó con demandas por difamación a menos que se retractaran y pagaran una compensación simbólica de 5 libras a una organización benefica. Las personas que enfrentaban un juicio podían exponerse a pagar unas costas de 45.000 euros si perdían el caso. Sobra decir que los acusados prefirieron el acuerdo. Sin embargo, los últimos años de su vida fueron duros para Lord McAlpine (falleció en el 2014) por las acusaciones falsas vertidas contra él, que aún circulan por las redes, pese a repetidos desmentidos.
Todas estas historias me las recordó el agrio debate generado por los recientes trinos entre cierto expresidente y hoy senador conocido por su irritabilidad e intemperancia verbal, y un humorista que pretende ser una mezcla de Jon Stewart y Jimmy Fallon y solo llega a ser una versión rola y desabrida del Hombre Caimán de Sábados Felices. Mas allá de las implicaciones legales de un trino temerario, de la dignidad o deber que cada parte debe mantener, una de las cosas que da para pensar es lo que la gente está dispuesta a creer y a reenviar, por ejemplo acusaciones temerarias de parte y parte con las excusas del tipo “porque A lo dijo” o el “por si acaso”, “el que peca y reza empata”, asumiendo que los trinos son verdaderos por cuestionamientos o situaciones fuera de lugar. No sé si habrá retractaciones o demandas, pero lo cierto es que una flecha fue lanzada y un daño fue causado. En estos tiempos de internet eso quedará como una vieja herida que, con el tiempo, cada tanto nos molesta o puede llegar a causarnos la muerte.
En el periodismo hay una frase que señala que las opiniones expresadas son responsabilidad del autor; en las redes sociales, por analogía, cuando se publica un post (reenviado o no) de Facebook o un trino, somos responsables por ello. No podemos escudarnos en que alguien lo dijo, le creí y lo reenvié. Un chismorreo público en las redes tiene un efecto multiplicador en las personas objeto del post o del trino, que en ocasiones ni el autor o quienes lo reenvían tienen en cuenta. Al final puede ser citada en un contexto distinto al que se generó, como ocurrió con Morales Riveira, o hacer verdad una acusación falsa como ocurrió con Lord McAlpine. Lo único cierto es que un daño está hecho, y es más fácil romper que volver a pegar. Nunca, como hoy, es más necesario tener claro nuestro deber de ser veraces en lo que publicamos en internet. Tener seguidores puede ser una muestra de popularidad, pero nos obliga a ser prudentes, claros en el mensaje y su circunstancia, pero, sobre todo, responsables en lo que afirmamos. Debemos ser capaces de distinguir la información falsa de la que proviene de la mala fe, la que es veraz de la cierta, y, en ocasiones, abstenerse de participar si no se tienen todos los datos, corregir si nos hemos equivocado.
Escudarse en el humor, en la ignorancia de la otra parte, en atacar para negar, en los buenos sentimientos, en el “por si acaso” no nos libera de nuestra responsabilidad con lo publicado y del daño que puede causar. Las honras no se pueden arrebatar y arrojar a los perros.
 
(Imagen tomada de https://culturacolectiva.com)