Barranquilla, Universidad del Norte, mediados de los años 80. Un joven que estudia ingeniería, en lo íntimo de su corazón, lucha contra la decepción que le produce la carrera que eligió. Si bien es un buen estudiante, encuentra banal el universo que le rodea. Sus compañeros solo hablan de billar, dominó, cervezas, fútbol y su incipiente vida sexual. El joven se refugia en la biblioteca durante horas y se sienta a leer una completa enciclopedia sobre el cine que está para lectura. En sus páginas encuentra un escape a la sensación que lo rodea. Un profesor suyo, de bigote y cabello entrecano, con fama de loco por los episodios que ha protagonizado (el joven ha sido testigo de uno de ellos y años más tarde se entera de que el profesor sufre de una forma de trastorno bipolar, que oculta de forma vergonzante) le dice que en el Cine Club de la Universidad, pasan películas los jueves. El actual es un ciclo sobre el melodrama romántico americano de los años 50.

El joven comienza a asistir, encuentra felicidad, le gusta una frase de presentación: “El frio se siente cuando las luces se apagan”. Un día sin, embargo llega tarde, la función ha arrancado y la historia ha comenzado. Uno de los hombres más atractivos del mundo, un playboy de pelo ya entrecano que ha renunciado a ser pintor por el lujo y las mujeres, conoce casualmente en el barco a una mujer atractiva, inteligente y nada exuberante que a su vez regresa a casa para reencontrase con su amante, un rico hombre de negocios americano, educado, correcto e insulso.

Durante la travesía conversan, cenan, pasean, bailan, bajan juntos a puerto en alguna escala, se miran, se olfatean,  en una memorable escena toman Pink champaña, se rozan y…, finalmente se enamoran. Hay una escena con un beso que no se muestra, que es una de las más logradas del cine.

El trasatlántico hace una parada en la isla de Madeira, donde el protagonista decide bajarse a visitar a su abuela. Visitan a la señora, quien porta un bello chal, del cual la mujer queda impresionada, y la señora promete enviárselo cuando termine el invierno.

La pareja que se ha enamorado durante el crucero decide que debe darse un tiempo para conocer si el amor es verdadero. Él promete comenzar a trabajar con ahínco en su pintura otra vez, dejar a un lado sus planes de boda por conveniencia con una explosiva mujer millonaria y esperar a valerse por sí mismo en el difícil mundo del arte en Nueva York. Ella, por su parte, promete esperarlo y no casarse tampoco con su amigo rico.

En otras palabras, los dos prometen lanzarse desvalidos al mundo para intentar sobrevivir por sí mismos antes de unirse definitivamente. Se dan un plazo y si ambos, transcurridos 6 meses, siguen apostando por la relación, se encontrarán en lo alto del mirador del Empire State.

Pasa el plazo y ambos han logrado sobrevivir, remontar su desvalimiento. Él vende sus cuadros y su galerista le promete trabajo sin parar si continúa así. Y ella no se ha casado y ha retomado su carrera como cantante y profesora de música. El día señalado él acude a lo alto del alto edificio y espera. Ella acude al pie de la construcción, y entusiasmada mira hacia arriba esperando sentir la presencia del hombre que quiere; esa mirada, ese descuido la conduce directamente hasta las ruedas de un automóvil, dejándola herida. Solo escuchamos el ruido del frenazo del vehículo y la gente que acude a auxiliarla

Él la espera horas y horas, pero la mujer no aparece. Él no puede saber el porqué de la ausencia, nosotros sí lo sabemos.

Pasa el tiempo, bastante tiempo. Él un día la ve sentada en un teatro junto a su antiguo novio, la saluda, y ella, sin levantarse, también lo saluda. Él piensa que lo ha olvidado, que se ha casado con su antiguo amigo y que todo terminó. Se saludan, él se marcha, y cuando el público sale, una silla de ruedas es traída para ella. El antiguo novio le reclama en el taxi que le diga, pero ella se niega, inválida se siente indigna de él. Él continúa dedicándose a la pintura además con éxito creciente y por fin, después de hacer indagaciones, se entera del lugar en el que ella vive y se presenta en su casa el día de Navidad. Entra cuando se está marchando la persona que cuida de ella, quien le recibe azorada y tumbada en el sofá, tapada con unas mantas que disimulan el estado real de las piernas. Él se muestra altivo, irónico, incluso despechado en su parlamento, pero siente que algo anómalo ocurre. Ella, sin poder moverse de su sitio, procura evitar que su turbación se transmita. Él le entrega un regalo, al abrirlo ella no puede disimular su tristeza: es el chal de la abuela, quien ha muerto.

En medio de una gran tensión, el protagonista nota que algo extraño ocurre, pero decide irse ante los silencios y la poca emotividad de ella. Él le cuenta, ya desesperado, que está seguro de que su abuela hubiera querido darle el chal y que por cierto, pintó a la mujer con ese él puesto. "Lo vendí rápido, me llamaron de la galería para decirme que una mujer insistía en comprarlo, pero que no tenía el dinero. Al final le dije a Willy que lo vendiera por lo que le dieran, tú sabes que nunca he sido apegado al dinero, mi espíritu navideño, y además la mujer insistía que era ella la del cuadro y además estaba  (silencio).....estaba.....”

De pronto él la mira a ella tumbada en el sofá, a punto de sollozar, y por fin comprende. Pero no dice nada, continúa hablando y comienza frenético a recorrer la habitación en busca de algo, abre algunas puerta hasta dar con la definitiva. Sí, colgado de la pared está el retrato, y él, entonces, lo entiende todo, y con un gesto de actor maravilloso cierra los ojos y se deja caer levemente contra la puerta abierta. Ese, precisamente ese, para mi es uno de los instantes más grandiosos de la historia del cine, la resolución en clímax de una secuencia antológica que se ha ido desarrollando ante nuestros ojos en un crescendo, llevado por el director y los actores.

El resto de la película es el cierre de una historia maravillosa que me conmovió: La promesa de un futuro juntos:”Nearest thing to heaven”

La película es una obra maestra absoluta del melodrama clásico rodado a finales de la edad de oro del cine norteamericano. Su título en ingles es An affair to remember (en traducción directa: Un asunto a recordar), pero en español se titula de forma anodina Tú y yo. La versión a la que me refiero es la del año 1957, y está dirigida por Leo McCarey, el mismo director que rodó la versión anterior de los años 30.La versión de los 50 de la que hablo está protagonizada por dos de los más grandes actores de la historia del cine, Cary Grant  y  la bella e inigualable Deborah Kerr.

Deborah Jane Trimmer, que tomó el nombre de Deborah Kerr, fue tal vez una de las más grandes actrices de su generación, un elaborado producto de la organización Rank de la mano de Emeric Pressburger y Michael Powell (Coronel Blimp o la maravillosa Narciso Negro) que triunfó en Hollywood. Quo Vadis, Edward, mi hijo, y sobre todo De aquí a la eternidad, donde rompió con el molde de actriz virginal, al hacer de la esposa insatisfecha de un militar, que tiene un romance  adultero con un soldado (Burt Lancaster). Luego vinieron títulos como El Rey y yo, Te y Simpatía, La Noche de la Iguana, Solo el cielo lo sabe, y una inimitable  institutriz perturbada de Otra vuelta de tuerca, basada en el relato de Henry James.

Además de su belleza, era una actriz de gran valía. Nominada seis veces al Oscar, en un periodo de 12 años, nunca lo ganó. En 1994 le dieron un Oscar Honorario, y entre mis recuerdos más conmovedores es ver como después de que Glenn Close (Que como Kerr, va camino a ser ignorada por la Academia) presenta el Premio añade:

-Ladies and gentleman, Miss Deborah Kerr.

Y una mujer frágil, ya aquejada por el Parkinson, de gran belleza, hace su entrada.

Pero para mí, Deborah Kerr, además de su talento, elegancia y belleza, es la única actriz que me ha podido tocar las fibras más íntimas de mi corazón. Quizá haya más bellas, quizá algunas más glamorosas, quizá algunas mejores actrices. Pero no una que combine tan bien estas tres cualidades y sea tan natural, como ella. No hay película que me conmueva tanto, ni me canse de ver, como esta. Y ella para mí, sigue siendo Terry MacKay, la muchacha que toma Pink Champaña, en un transatlántico, mientras comienza a enamorarse de Nikkie Ferrante.

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imagen tomada de Universidad del Norte