Hay un señor. Dice que se llama Samuel, Samuel Hoyos. Parece que es parlamentario. A lo mejor es cierto –son tan extrañas las cosas por estos días–. Lo escucho en una emisora radial y me llama la atención su voz aguda y ligeramente ronca, como una gaita hembra, aunque sin su cadencia, sin su ritmo, sin su gracia; es una aspereza monocorde e insípida. Cuando habla, el señor tiene por costumbre hacer una pausa justo antes de terminar una frase que considera importante; parece creer que este énfasis vocal le otorga a sus sentencias un resplandor de autoridad.


El señor forma parte de un grupo de invitados que el programa ha convocado para conversar sobre temas diversos de la actualidad nacional: la implementación de los acuerdos de paz, la corrupción, no se qué contrato que un ministerio firmó con un usuario de Twitter. Como los demás panelistas, el hombre de la voz rocosa y aflautada intenta destacarse, poner sus opiniones por encima de las otras, vencerlos a todos, y para lograrlo eleva su tono, interrumpe las intervenciones de sus contradictores y utiliza con excesiva fruición la muletilla de la pausa que antecede al fin de cada oración.
No logro concentrarme en lo que dice, tal vez porque por momentos la charla colectiva se convierte en una breña de gritos incoherentes e inconexos. Sin embargo, a lo lejos se escuchan algunas de sus sentencias: “Asesinos de las…Farc”, “Criminales de las…Farc”, “Narcotraficantes de las…Farc”, “Terroristas de las…Farc”. Deduzco entonces que el señor Hoyos –así dice que se apellida y así lo nombran los demás– es miembro del Centro Democrático y que trata de subrayar su posición contraria al acuerdo de paz con las…Farc, lo cual es predecible, y por serlo no implica mayores comentarios.
Como la radio obliga a la imaginación, trato de hacer un retrato mental del comentarista. Pienso en un hombre joven y rollizo que apoya cada tanto una de sus manos en la barbilla para parecer interesante, para tratar de amainar un poco las desventajas de la mocedad. Pienso en un traje hecho a la medida y en las uñas pulidas en algún salón de belleza para varones. Pienso en una mueca de suficiencia que acompaña la verbalización, matizada por fallidos sarcasmos, de sus axiomas.
Decido no sucumbir ante la curiosidad de buscar su fotografía, lo cual me haría perder un tiempo que no tengo, sobretodo si sé que olvidaría pronto su imagen, en virtud de lo poco interesantes que suenan sus balbuceos disfrazados de suficiencia. Prefiero dejarlo así, en las sombras del anonimato, y tan solo recordar por un par de minutos más la extraña insipidez de su voz.
“Asesinos de las…Farc”, “Criminales de las…Farc”, “Narcotraficantes de las…Farc”, “Terroristas de las…Farc”, son frases que últimamente pueden provenir de cualquier garganta, sobretodo de la de un representante a la Cámara –a eso dice que se dedica– a quien solo el director de un programa nocturno de la radio parece conocer.
Apago el aparato, dejo que el silencio se apodere del aire y me guarde por unas horas de la rusticidad que derrochan los políticos y de las extrañas razones por cuales los siguen invitando a decir sus cosas en la radio. Así está mejor.