Hace un tiempo, durante mi rutina cotidiana de pesas, tuve una sensación de vértigo repentino ('síndrome presincopal', sabría después): sentí que iba a desmayarme. Al principio se lo atribuí a un malestar momentáneo, pero cuando la situación se aproximaba a los límites de la imprudencia le pedí a un funcionario del gimnasio que me auxiliara. Llamó al servicio de urgencias, y en menos de media hora, electrocardiograma incluido, obtuve un diagnóstico tranquilizador: el corazón estaba bien, y quizás lo que necesitaba era un psiquiatra.


No les faltaba razón con lo del psiquiatra, seguramente, pero como nada que tenga que ver con padecimientos cardíacos lo toma a la ligera un hipocondríaco consuetudinario como yo, decidí sugerirle a mi médico que me prescribiera unos estudios adicionales. Él se mostró de acuerdo, y una semana más tarde me realicé una prueba de esfuerzo y un test de Holter de 24 horas. De nuevo: las cosas andaban bien, tanto la parte eléctrica del corazón como el estado de las coronarias.
Todo lo anterior ocurrió entre septiembre y octubre del año pasado. Seis meses después mi hermano Andrés, a quien le llevo dos años, sufrió un infarto agudo del miocardio, ocasionado por la obstrucción de la arteria descendente anterior izquierda, macabra y elocuentemente apodada 'Fabricante de Viudas'. Por fortuna sobrevivió, y fue durante la rehabilitación cardíaca cuando supo que algunos de sus compañeros de terapia habían pasado satisfactoriamente las pruebas médicas un poco antes de su evento respectivo.
Entonces me llamó preocupado: "Creo que teniendo en cuenta nuestros antecedentes deberías hacerte unos exámenes más precisos". Él se refería al hecho de que un hermano de mi padre sufrió un infarto antes de cumplir 40 años, y mi madre murió antes de lo 60 por la misma causa. Ni hablar de los sendos que sufrieron mis abuelos hombres. No tuve tiempo de engavetar la advertencia: esa misma semana, y también durante mi rutina de pesas, volví a sentir el vértigo y la sensación de desmayo.
Nueve días más tarde me entregaban los resultados de una perfusión miocárdica con isonitrilos -el examen no invasivo más fiable disponible- con un diagnóstico sugerente para insuficiencia coronaria. Volé a tramitar las autorizaciones respectivas. A las 7 de la mañana del día siguiente me encontraba frente al encargado de valorarme para la angioplastia coronaria que me realizarían dos horas después, un ceremonioso y prosopopéyico personaje que más bien parecía estar preparando mis honras fúnebres.
Una vez en la sala de cirugías tomé conciencia de que esa lámpara que estaba arriba de mi camilla podría ser uno de los últimos objetos que vería en la vida, pues el procedimiento que estaban por practicarme tiene -aunque bajos- sus riesgos. Ese pensamiento se vio reforzado por los rituales que iniciaron los enfermeros auxiliares, quienes desenrrollaron, sobre una mesa cercana, una enorme sábana que contenía variados instrumentos de taxidermista. Me sentí como Tutankamón a punto de ser embalsamado.
Después llegó el hemodinamista, un tipazo que consiguió que yo siguiera mi propia intervención en la pantalla de rayos X con el mismo interés y despreocupación que si estuviera viendo un episodio de CSI en mi sofá. Al final me confesó que dados mis síntomas atípicos (nunca sentí dolor en el pecho, por ejemplo), mis nulos factores de riesgo, salvo por el componente genético (no fumo, no soy hipertenso, no soy obeso, no soy diabético, no soy sedentario, no soy viejo) y mi estado físico él pensó que no encontraría nada en el cateterismo. Pero, para su sorpresa, sí tenía obstruida al 80% la Fabricante de Viudas. Fue sólo en ese momento que caí en cuenta de lo que estuvo a un pelo de ocurrir cada día de los últimos nueve meses.
En eso estuve meditando hasta que, ya en la sala de recuperación, me distrajo la visión de otro convaleciente: un sujeto al que la combinación de su negra y cerrada barba con el gorro de cirugía (que por efectos de la miopía que padezco semejaba un turbante) le daba un aspecto siniestremente hilarante: parecía un ayatola en desgracia. Enseguida pensé en lo que se reirían algunos de mis amigos con esa observación, y recordé que ninguno de ellos, ni mis familiares -incluidos los más cercanos-, tenían la menor idea de lo que me pasaba. No les avisé porque, al yo no ser creyente, me parecía desconsiderado alarmarlos y ponerlos en el incordio de rezar estériles oraciones.
De hecho prácticamente todos se están enterando mientras leen este artículo. A excepción de mi padre y mi hermano, a quienes les informé una vez salí de la clínica, en compañía de Mary, mi compañera de las mil batallas, antes de ayer mismo, tres horas después de la cirugía.
Y como sé que muchos me reclamarán, los indemnizaré invitándolos a reflexionar sobre las posibilidades que ofrece la ciencia moderna. Si bien el azar fue lo que me salvó de los muchos disfraces que adquirió la muerte durante al menos nueve meses, cada día que pase desde el martes en adelante se lo deberé a la insistencia de mi hermano Andrés, y a los avances de la medicina.
Así que no importa si parecen un poco hipocondríacos (que sean paranoicos no quiere decir que no los estén persiguiendo), háganles caso a los variados -y a veces ambiguos- avisos que les da el organismo.
En sus manos puede estar la diferencia para que, en lugar de hoy, el día para morir sea otro.

(Imagen tomada de https://vitalis-blog.com)