La noticia la publicó puntualmente El Heraldo en su edición digital del martes 25 de Julio: Un grupo de comerciantes ubicados en el corredor ubicado frente a la Universidad de Norte retiraron y “secuestraron” dos vallas que la alcaldía de Puerto Colombia había colocado para obligar a los estudiantes, quienes regresaban a clase desde el lunes 24, a utilizar el puente peatonal que se encuentra a pocos metros del lugar. La Universidad denunció el hecho, y funcionarios de la administración municipal llegaron a inspeccionar el sitio. Las vallas, en efecto, habían sido retiradas, los comerciantes se negaban a devolverlas, y en una discusión que fue subiendo de tono, airados, reclamaron su derecho a la libre movilización y al trabajo. La respuesta de la Alcaldía fue promover un dialogo para el 27 de julio, y anunciar que, frente a ese desafío, colocarían quince vallas más.


El fin de semana pasado, con la alerta del llamado minitsunami, la Alcaldía de Puerto Colombia decidió cerrar las playas por el fuerte oleaje. Sin embargo, como señala El Heraldo, los bañistas y propietarios de restaurantes a la orilla del mar no acataron las prohibiciones.
Estos dos ejemplos, con mucho de color local, son un reflejo de la dicotomía autoridad-poder que existe en nuestro país. Se dice que estamos llenos de leyes, decretos, normas, y que tenemos un Estado que parece incapaz de hacerlas cumplir, incluso si es para nuestro propio beneficio. Resultado de ello, la ley se firma, pero no se cumple. ¿La autoridad? Bien, gracias.
Hannah Arendt escribió en alguna parte que la autoridad es incompatible, tanto con la fuerza como con la persuasión. Suena lógico: la autoridad no necesita argumentar, ni tampoco usar la coerción. Debe simplemente ser obedecida y voluntariamente aceptada. En mucho, ella tiene razones que nosotros ignoramos. La fuerza debe ser el último recurso de la autoridad para hacer cumplir la ley. Si la autoridad es rebatida es porque se ha dejado de ejercer o se ha fallado en su ejercicio. Por eso en Colombia muchos dicen que no se necesitan tantas leyes sino hacerlas cumplir. Tenemos una compleja relación amor--odio con la autoridad, creemos que en ocasiones no existe, y no la reclamamos; y lo que queda es el ejercicio del poder.
No hay que ir muy lejos para darse cuenta de que en el tema del cumplimiento de la ley estamos muy atrasados. Por el corredor portuario, cerca de donde trabajo, existen una serie de letreros que prohíben la circulación de bicitaxis, carromuleros, y una restricción parcial para las motos. En alguna ocasión salí tarde de la oficina e iba en el carro con las luces prendidas; cuando me di cuenta, tenía enfrente mío un carro de mula sin luces recogiendo cosas en el andén. Me vi obligado a frenar en seco, y no se me olvida que el carromulero estaba al lado de un letrero que decía “Prohibido el paso de carro de mulas en la vía”. Había una falta de autoridad, y cuando esta falta, es reemplazada por el que tiene el poder. En este caso, el carromulero tenía el poder de hacer lo que le viniera en gana en nombre de la supervivencia, el derecho al trabajo o cualquier otra razón similar.
Cuántas veces no hemos hecho fila para algo y llega alguien que se cree importante, por ser amigo de los organizadores, familiar del que nos atiende, o simplemente pasa por delante nuestro irrespetando a aquellos que aguardamos nuestro turno. Pese a las protestas, siempre hay una excusa: es el dueño, tiene prisa, o se cree poderoso. El que tiene poder se impone. La autoridad pues, es reemplazada por aquellos que detentan el poder. El poder que da el “ud no sabe quién soy yo”, o los uniformes, o el ser amigo de alguien, o el energúmeno que trina difamaciones porque se cree un mesías, o el que tiene dinero, o aquel que piensa que en Colombia todo vale. Hemos llegado a creer que poder y autoridad son lo mismo, y eso no es correcto. El poder se ha igualado con la autoridad. Al final esta última es aplastada, o no existe, o es muy débil, o lo poco que queda de ella suele ser condescendiente. Por eso los comerciantes quitan las vallas, pese a las amenazas de la Alcaldía: tienen poder y chantajean con él. Pero el poder no trae la legitimidad. En Colombia muchos tienen poder, pero no la legitimidad suficiente. Cambie Alcaldía por Presidencia, ministerios, y comerciantes por políticos, grupos de presión o regiones, y tendrá una radiografía del país.
Quizá en Colombia se necesita con urgencia que se restaure la autoridad. La autoridad, bien entendida y bien usada, nivela. En el pasado hemos fallado porque hemos dejado que grupos de poder se impongan. Por ello se requiere más autoridad y menos poder. Alguien que sea capaz de tener presente que, en mucho, la autoridad es más que un consejo, pero menos que una orden, y que es peligroso ignorarla. Al final, la autoridad pone las vallas, por el bien común, y el poder las quita, por su interés particular. Debe haber un alto a todo eso.
 
(Imagen tomada de www.elheraldo.co)