Por John Archbold

Siempre he creído que el éxito de la comunicación radica en procurar que cada mensaje proferido esté lo más contextualizado posible a la lengua del receptor. Debo aclarar que cuando me refiero a “lengua”, señalo cualquier sistema codificado que dispense de la interpretación. Esta capacidad, como todos sabemos, es absolutamente subjetiva, depende de muchos factores particulares que varían a través de la universalidad de la experiencia humana. Por eso, haré un esfuerzo por dirigirme a usted de un modo en que pueda llegarle verdaderamente. Creo que no habría mejor modo de hablarle a una mujer temerosa de Dios, como lo es usted, que desde la luz de su palabra: La Biblia.

Jesucristo fue sin lugar a dudas uno de los hombres más brillantes que ha existido, sé que de eso no tengo que convencerla, quizá a nadie, no cualquiera completa dos milenios de vigencia, presente a diario en la mente y el pensamiento de millones de personas. Una de las muestras de esa inteligencia fueron las enseñanzas en las que reflejó su pensamiento. En estos momentos recuerdo en particular la manera en que escapó de una de las muchas trampas que orquestaron los fariseos. Nos la cuenta San Marcos en el evangelio que lleva su nombre capítulo 12 versículos del 12 al 17. Al ser cuestionado sobre si era lícito pagar los impuestos a Roma, Jesucristo toma una moneda de un denario, pregunta a su vez de quién es la efigie que ahí aparece y cuando le responden que es del César, pronuncia aquella épica sentencia que ha escapado incluso de su contexto: “Al César lo que es del César y a Dios las cosas de Dios”.

Israel estaba sometida de manera injusta bajo el yugo de Roma, nada más contrario a la palabra de Dios, que prometió a Abraham que su descendencia sería una gran nación, su pueblo escogido y congratulado por todas las bendiciones de su mano. Sin embargo, Jesús entendía la existencia de un orden gubernamental y su distinción del celestial. Finalmente, desde que Dios creó al hombre, tuvo una grandiosa muestra de respeto para con nosotros: concedernos el libre albedrío, la capacidad de pensar y actuar con libertad, incluso en contra de sus propios designios. Basado en este derecho que Dios en su poder, legítimo como ningún otro, nos entregó a la humanidad, creamos las estructuras que conocemos, tan independientes de un lineamiento teocrático, Dios nos dio ese derecho. Jesús dejó clara la postura que todo cristiano debe tener ante estas: respetarlas, incluso si estas son contrarias a nuestras convicciones educados por su palabra, tal como él lo hace.

Dios en su infinito poder puede hacer lo que quiera. Quizá no liquidar el mundo con un diluvio, porque ahí está el arco iris como promesa de que no volverá a hacerlo (Gn 9: 11) Pero podría fulminar a cualquier pecador en el acto, como lo hizo con Uzah por tocar presuntuosamente el arca del pacto (1Cr 6:29), también hacer que fueran devorados por bestias salvajes, como sucedió con esos cuarenta y dos niños que se burlaron de la calva del profeta Eliseo (2 Reyes 2:23-25).

Pero Dios ya no hace esas cosas, él respeta la voluntad de cada quien, sin importar lo contrario que esta sea de la propia. En el caso del matrimonio y la adopción homoparental, incluso ha permitido que los dieciocho países del mundo que permiten esta situación, se cuenten entre lo más desarrollados económica, política y socialmente del mundo, contrario a aquellos que aún condenan a los homosexuales a muerte. Mi pregunta es: Si Jesús entendía esa diferencia de grado, si Dios es capaz de respetar aquello que según intuimos no le agrada, ¿quiénes somos nosotros, usted, yo y las personas que firmarán su referendo para ir en contra de esa voluntad? ¿Para irrespetar el libre albedrío que él concedió al hombre? ¿Para manchar su palabra con las terrenales estructuras gubernamentales que hemos creado?

Sí, según La Biblia, no está bien ser homosexual. Pero tampoco lo está irrespetar el libre albedrío que Dios les ha dado, su primera voluntad después de crearnos.

Por otro lado, usted tampoco está cumpliendo con ese designio de dar al César lo que es del César. Cuando se posesionó como senadora, lo hizo para legislar en torno a la Constitución, para defender la igualdad que esta predica y defender los derechos de toda la población. No sus propios preceptos, no los de la gente que piensa como usted, los de todos, los míos y los de cualquiera. Eso sería dar a este país lo que le corresponde, como servidora pública y de Dios. Es una doble falla.

Por último, y ya para irme, sólo quisiera que reflexione en las palabras del apóstol Pablo en la primera carta a Timoteo capítulo 5 versículo 8: "porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo". Piense en lo que su discurso segregacionista y discriminatorio está proveyendo, no para los demás, no para Dios: para los suyos, para su propia casa.

Twitter: @JohnWilliam55 Facebook: John William Archbold

imagen tomada de Reporteros Online