Dejar Barranquilla es ya un suplicio. Horas antes de salir hacia el aeropuerto me atacan toda suerte de enfermedades, me duelen partes del cuerpo que había olvidado, me empapo en sudores fríos y la ansiedad me empuja a fumar más que siempre. Sufro en silencio y detesto a los que se quedan, sobretodo a quienes, a su vez, odian tener que quedarse. No es fácil regresar al frío.

Pero esta vez el destino me tenía reservado un infierno adicional, como si no fuera suficiente el enorme peso que implica el adiós, atravesado por la incertidumbre de un regreso que no se vislumbra cercano. En la sala de espera me senté solo en una esquina, para escapar de las risas de los demás pasajeros y para que nadie pudiera ver mi gesto de moribundo. A lo lejos observé, no sin cierto sobresalto, a una mujer joven que perseguía sin éxito a la que parecía ser su hija pequeña, una criatura bulliciosa que apenas había aprendido a caminar y que rompía en un llanto estridente cuando su madre lograba alcanzarla. Pensé en que era un alivio no tener hijos pequeños y en lo afortunado que había sido como padre, ya que mis dos angelitos nunca se comportaron como el pequeño monstruo que pataleaba a cinco metros de mi estratégica esquina solitaria. Después de todo mi viaje no sería el peor de todos.

Pensaba en esto mientras caminaba hacia mi silla por el largo pasillo del avión, cuando me sorprendí al ver a mis vecinos: una madre casi adolescente y sus dos hijas pequeñas, la mayor de unos cuatro años y la pequeña, la misma que hace unos minutos correteaba casi en la impunidad por la sala de espera. Mi suerte no podía ser peor. Durante los próximos 90 minutos no lograría librarme de esta condena inmerecida. No me equivoqué.

Lo que pasó después fue una larga sucesión de berrinches, llantos, chillidos y golpes. La joven mujer se llenaba de paciencia mientras la mayor de sus hijas le clavaba la punta de un juguete a su hermanita en el ojo y ésta le ripostaba con un teterazo en la boca; luego la pequeña trataba a toda costa de bajarse del puesto en medio de una turbulencia y la más grande anunciaba a grito herido que tenía que hacer popó; como si fuera poco, las dos inocentes nenas se enfrascaron en una guerra de jugos de cajita, que en mala hora les ofreció la azafata. En medio de mi desesperación, de tanto en tanto miraba con un profundo odio a la menor de las escandalosas y ella me sostenía la mirada con una expresión desafiante, como si quisiera confirmarme que todo ese caos infantil había sido orquestado desde su nacimiento en contra mía.

Traté de excusar la profunda incapacidad de la acudiente para controlar al par de hermanas, pensando que quizás ella no era su madre, sino tal vez una prima lejana o una niñera con un sueldo exorbitante. Pero no era tal, porque las niñitas la llamaban ‘mamá’ y ella les suplicaba: “Hija, por favor, ya no más”. Las oraciones de todos los pasajeros tuvieron respuesta cuando por fin las dos infantas cayeron dormidas, pero como mi desdicha nunca está completa, esto ocurrió justo cuando el avión aterrizaba en Bogotá y tuve que ser testigo de cómo medio avión trataba de despertar a la mayor de las nenas para que nos hiciera el favor a todos de bajarse caminando, ya que su mamá cargaba en sus brazos a la pequeña. Al final, una señora logró el cometido con la obvia consecuencia de un llanto renovado que terminó por despertar también a la hermanita. Y todo comenzó otra vez.

Dejé a esta familia atrás en el corredor que conduce a la salida. A lo lejos seguía escuchando los alaridos de las hermanas y las súplicas de la madre jovencita que cometió el terrible error de traer al mundo unas criaturas que acaso no podrá educar, ni controlar, ni amar con los límites indicados para que no se le salgan de las manos. Esta niña-mamá es una más de las casi 160 mil adolescentes que cada año tienen un hijo en Colombia, según cifras recientes del ICBF, y como casi todas ellas, no supo exigir, imponer o usar debidamente un condón en los momentos en los cuales retozaba con quien creía que la amaba. Y ahora estaba allá atrás, en el corredor, cansada, sola, cargando a una de sus hijas y arrastrando por el suelo a la otra, ante la mirada de compasión y rabia de los que padecieron una pequeña consecuencia de su proverbial irresponsabilidad.

Por mi parte, al inhalar la primera bocanada de aire helado, entendí que si el viaje hubiera sido en sentido contrario tal vez hubiera participado con mis torturadoras en la guerra de jugos. La próxima vez que viaje a Barranquilla me voy a quedar a vivir allá.

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Imagen tomada de Facua