Hay frases magnéticas que, aunque nos sepamos de memoria, conservan intacta su fuerza cuando las oímos pronunciadas, repetidas hasta el cansancio, en representaciones teatrales, películas, series de televisión... Esperamos el momento para susurrar, así sea sólo para nuestros propios oídos, la sentencia, el reclamo, la pregunta, la queja. ¿O quién no le ha hecho un coro casi inaudible a Jesús cuando, después de que Pilatos le pregunta que si en verdad él es el rey de los judíos, contesta impertérrito: "Tú lo dices"?


De entre mis preferidas en el caleidoscopio maravilloso de las frases de la historia hay una que muy probablemente ni siquiera articuló su supuesto autor, pues suele suceder que -sobre todo en el momento de la muerte- le atribuyan a un personaje prestigioso genialidades o lirismos que nunca dijo. Se trata de la famosa pregunta -retórica donde las haya- que le formuló Julio César a Bruto cuando se dio cuenta de que éste hacía parte del complot para matarlo.
Me refiero, por supuesto, a la archiconocida "Tu quoque, Brutus, fili mi?" ("¿Tú también, Bruto, hijo mío?), palabras acerca de las cuales no da fe ni Suetonio ni ninguno de los demás historiadores de la época. Al parecer, todo este asunto surgió a partir del drama 'Julio César', en el que Shakespeare, su autor -quién más iba a ser-, puso en los labios del moribundo romano esa conmovedora despedida. Pese a que esa versión es la más popular, la frase exacta de la obra es esta: "Et tu Brute? Then fall Caesar" ("¿Y tú, Bruto? Entonces caiga César").
Ahora bien: es poco probable que lo último que saliera de la boca de Julio César fuesen esas palabras trascendentales. Mucho más verosímil sería que en su lugar lanzara sonoros alaridos de dolor acompañados de unas prosaicas mentadas de madre en latín. Sin embargo, no tendría nada de raro que la idea que encierra la frase correspondiera a uno de sus últimos pensamientos (en eso consiste ser Shakespeare) porque, de acuerdo a los documentos históricos, consta que si bien Bruto no era hijo de Julio César no sólo sí lo era de Servilia, una de sus amantes, sino que éste lo quería como si lo fuese.
Y como lo quería tanto, siempre fue muy deferente con él, colmándolo de tan grande cantidad de favores de todo tipo que Bruto se convirtió en un hombre más rico de lo que ya era gracias a la herencia familiar. Hasta tal punto llegaron las especialidades por su hijo adoptivo que, durante la guerra civil contra las fuerzas de Pompeyo, César exigió a sus oficiales que le respetaran la vida a Bruto -alistado en ese momento en el ejército enemigo-, aún en el caso en que se resistiera a ser capturado.
Más aún: cuando algunos de sus más cercanos amigos le advirtieron a César que su favorito lo iba a traicionar, él le restó importancia a esas murmuraciones, mientras les decía tocándose el cuerpo: "¿Y qué?, ¿les parece que Bruto no ha de esperar el fin de esta carne?". Pero Bruto, que de bruto no tenía nada, no pensaba así: era un ferviente partidario de la República, y detestaba las políticas totalitaristas que había instaurado en Roma su dictatorial protector.
Tampoco sirvieron de nada las advertencias que le hizo un adivino a César ("Cuídate de los idus de marzo"), ni el hecho de que todo el mundo, menos él, supiera que lo iban a matar, como relata el drama shakesperiano: finalmente los conspiradores lo asesinaron en gavilla, a puñalada limpia.
Pasando a la Colombia actual -y recordando a Marx, el tatarabuelo vergonzante del fantasma castrochavista que nos acecha-, habría que decir que la historia siempre se repite, pero primero como tragedia y después como farsa. Por eso el de aquí no es el caso del dictador de un imperio que se agarra un pedazo de su cuerpo señalando sus 'carnes', sino el de un dictadorzuelo de poca monta -el Emperador del Ubérrimo- que se refiere al suyo completo como sus 'carnitas'. El mismo sátrapa de juguete que no necesita de adivinos porque, además de ser de dominio público su futuro, él mismo sabe que tarde o temprano hasta sus alfiles más cercanos acabarán 'traicionándolo'. Incluso sus propios hijos adoptivos, sus protegidos.
Hace poco el senador Uribe trinó en Twitter: “Pregunto: ¿en 2010 quién o quiénes ex de mi gobierno o candidatos afectos recibieron dinero o tuvieron contratos con Odebrecht y cuál la causa?”. La revista Semana sugiere que el periódico El Tiempo sabe a quién se refiere Uribe: sería este un allegado suyo que habría incurrido en delitos más graves que simples aportes electorales de más: recibo de coimas, tráfico de influencias y aceptación de una mesada a cambio de silencio. No sé ustedes, pero yo estoy ansiando el momento en el que Uribe haga la pregunta: "¿También tú, Andrés Felipe, hijo mío?".
Para repetirla con él. Palabra por palabra.