En los últimos meses ha sido las delicias de la prensa rosa la demanda de paternidad de Pilar Abel, de 60 años, una española que en alguna ocasión se presentó como vidente en la televisión de su país, y que ahora reclama ser hija de Salvador Dalí. Según ella, su madre, hoy enferma de Alzheimer, se lo había contado diciendo que su padre era un pintor muy famoso y que alguna vez, siendo niña, ella se se lo presentó: “Ese es tu padre”, señalando de lejos, al artista.


La demanda ha causado estupor. ¿El divino Dalí, el gran masturbador, el voyeur insaciable, el objeto de la pasión no consumada de Federico García Lorca, que recordaba constantemente la pasión que el poeta sentía por él y cómo moría por penetrarlo, aquel que le buscaba a su esposa jóvenes amantes, el desaforado defensor del sadomasoquismo, el organizador de orgias donde abundaban prostitutas, travestis, acompañantes millonarios y estrellas internacionales, reducido a la categoría de viejo verde? Impensable. Pero para la ley, la denuncia existe y debe ser tratada como cualquier otra. De allí la exhumación del cuerpo de Dalí, para tomar muestras y efectuar pruebas de ADN.
Las voces que se han alzado en contra de esta demanda han señalado las inconsistencias de los testigos de Abel en las declaraciones, pero más de uno ha señalado lo inverosímil que seria que Dalí tuviera una hija. No por imposible, porque si algo fascina a la prensa es lo extraño, y Dalí era asaz extraño. Desde mediados de los cincuenta hasta finales de los setenta del siglo pasado, hubo un desfile de famosos, personalidades, millonarios, mujeres jóvenes y efebos andróginos que pasaron por la residencia de Dalí en Port Lligat, en un ritual de fiestas extravagantes y orgías sin fin. Nadie ha admitido hasta hoy haber tenido relaciones sexuales con Dalí. Amanda Lear, uno de los primeros transexuales operados, permanente asistente a esas fiestas y acompañante continuo de Dalí durante todos esos años, ha negado cualquier tipo de contacto sexual con él. Incluso, en entrevista reciente señaló que no hubo sexo porque Dalí era impotente.
Pero quizá quien dio un testimonio más crudo de esos años fue Carlos Lozano, un colombiano nacido en 1948 en Barranquilla, que se describía a si mismo como un “un medio indio colombiano”, quien desde los nueve años (al padre apenas lo conoció) marchó con su madre a los Estados Unidos en busca de un futuro. Carlos vivió en Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y, huyendo del reclutamiento para la guerra de Vietnam, viajó a Paris donde conoció a Dalí en una de las veladas del Hotel Maurice, aquellas reuniones donde se reunían “príncipes y mendigos” en una especie de corte de los milagros. El flechazo fue instantáneo, y daría lugar a una relación de 20 años entre los dos, en la que para Carlos Dalí era el Divino, y para Dalí, Carlos sería la Violetera, a la que le dijo: “La longitud de tu cabello es la medida de mi vida, Violetera.” Homosexual, andrógino, con una vida pública libertina, Carlos sería el gran organizador de las fiestas y orgías para placer de Dalí, en las que el pintor se limitaba a ser voyeur, masturbar o masturbarse, mientras Gala, ninfómana y antipática, al decir de Carlos, no dejaba de perseguir jóvenes amantes, hasta 40 años más jóvenes, como dejó consignado en su libro testimonio Sexo, surrealismo, Dalí y yo, publicado un poco después de su muerte en 2000.
En su libro de memorias cuenta algunas escenas de gran crudeza, pero su conclusión es rotunda: “Dalí era un voyeur, un masturbador, y si se quiere usar la palabra, un pervertido, y un pervertidor. Pero si tenía alguna inclinación sexual era hacia los hombres y sólo para los hombres. No soportaba que lo tocasen las mujeres y yo notaba su sensación de aversión en las raras ocasiones en que eso sucedía”.
Todas las formas de autosatisfacción sexual sin coito eran para Dalí el culmen del sexo. Masturbación, voyeurismo, zoofilia e incluso prácticas sadomasoquistas formaban la vida sexual de catalán. De allí que reducirlo a un viejo verde que se acostaba con las sirvientas en casa de sus amigos, más que una sorpresa, es una gran desilusión, de confirmarse la paternidad que reclama la pitonisa. En cualquier caso, sea cual fuere el resultado de la prueba de ADN, esta historia es la cereza del pastel de la extravagante vida de Salvador Dalí, que a 28 años de su muerte sigue dando de qué hablar: al fin y al cabo eso, fue lo que siempre buscó cuando estaba vivo.

(Imagen tomada de http://www.todocoleccion.net)
Nota: Para la imagen de la carta Tarot del Sol Dalí tomo como modelo a Carlos Lozano.