Ayer se cumplió un año exacto desde que fui por última vez a Soledad. Lo recuerdo tan nítidamente porque fue allá, en la Iglesia tutelar del pueblo, donde oficiaron la misa de difunto de mi -en ese momento- recién fallecida abuela Josefina, quien había pasado la mayor parte de sus 95 años justamente allí, en 'Solepia City', adonde llegó desde Venezuela, con sus padres y una patota de hermanos, huyendo de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Y dónde también una tarde, mientras veía un desfile, la encontraron entre la muchedumbre los ojos de mi abuelo 'Pepe', quien ese mismo día sólo atinó a decir para sí mismo: "Si esa mujer me acepta, me caso con ella". Y lo aceptó. Y se casaron. Así eran las cosas antes.


Sin embargo, después caí en cuenta de que la cosa no era así, de que en realidad esa no fue la última vez que estuve allá, porque siempre se me olvida que cada vez que llego a Barranquilla por aire (y llego bastante, porque me la paso viajando todo el año entre Bogotá y esa ciudad) técnicamente estoy en Soledad, que es donde queda el aeropuerto internacional Ernesto Cortissoz. Sí, así como lo leen, y también es allí donde queda el flamante estadio Metropolitano, donde juega el Junior, que no es de Soledad -aunque también-, sino de Barranquilla.
Y es que en mi mente hay varias versiones de Soledad, de esa parte de Barranquilla que, para bien y para mal, no es propiamente Barranquilla, pero que en realidad sí lo es porque, aparte de que no hay solución de continuidad entre las calles de ambas, lleva con ella una relación de simbiosis en la que se dan y se reciben mutuamente lo mejor y lo peor de cada una.
De una parte de Soledad, de la parte nueva, que antes eran pacíficas fincas ganaderas y ahora son enormes colmenas humanas que terminaron refugiando a los desplazados por la violencia de toda la costa norte colombiana, es de donde sale mucho de la delincuencia común que azota a toda el área metropolitana de Barranquilla. Y es esa la versión de Soledad que no siempre concibo en mi cabeza, sino una que sólo existe en los documentos oficiales que hablan de linderos y de perímetros y de números de habitantes.
Mi versión de Soledad, la de mis afectos, la de mis recuerdos, es la que yo viví en la infancia, cuando llegaban las vacaciones. La del Teatro Olimpia, ese que describió Giuseppe Tornatore -sin saberlo- en Cinema Paradiso; la de los juegos de azar y la música de bandas de las fiestas de San Antonio; la de las arepas de anís del mercado; la del majestuoso altar colonial de su iglesia; la de las casas que permanecían todo el día con las puertas despernancadas sin que nadie se robara nada; la de los campesinos que pasaban a las cinco de la mañana por la calle principal con sus burros cargados de paja; la de los patizambos que iban balanceándose sobre el paréntesis de sus piernas con su pinta dominguera…
Esa es mi Soledad, sí, pero también hay una que me contaron mis padres. Ellos que sí nacieron y se criaron allí, en ese pueblo macondiano en el que un solo policía daba abasto para todos; en el que los borrachos conversaban con los perros callejeros, y hasta los insultaban; en el que las calles se llamaban Cantarrana o Cocosolo (porque en ella había un solo cocotero por todo árbol), y los barrios Cachimbero o El puerto; en el que una de las mayores diversiones era subirse a una lomita para divisar, desde allí, un rascacielos de cuatro pisos en el centro de Barranquilla.
Es también -cómo no- la que ha parido grandes futbolistas: los Valenciano y los Martínez y los Segovia. Pero sobre todo grandes músicos y compositores: Rafael Campo Miranda, el autor de El pájaro amarillo, y que está por cumplir cien años de vida, 'Pacho' Galán, el de Ay cosita linda, Efraín Orozco, el de El Mochilón… y los Acosta: Alci, el que canta despechado La Copa rota, y 'Checo', el que en la Colombia actual no necesita presentación.
E incluso es la que cuentan los libros: la que por poco no vio morir a Bolívar, el Libertador, quien antes de llegar a su destino final de Santa Marta estuvo hospedado en la residencia de Pedro Juan Visbal, pastoreando la tuberculosis en ese caserón donde hoy funciona un museo en su honor pero que alguna vez fue sede de la Alcaldía e inspección de policía al mismo tiempo. Allí iba yo, con mis hermanos y mis primos, a ver los detenidos en las celdas, y a jugar en los cañones de la plaza exterior que flanquean, aún hoy, la única estatua que se conoce de Bolívar vestido de civil.
Así que es mentira que hace un año que no voy a Soledad, porque, así no lo certifiquen los notarios, parte de mí vive allá, en la casa de mi memoria: bañándome en la alberca del patio, cazando hormigas, visitando a mis abuelos, César y Carmen, y a mis tíos y a mis primos. Oyendo los cuentos trágicos, como de que mataron a Jairo en un accidente de cacería o de que se ahogó Donaldo en el río. Pero también los felices, como ese que habla de los inolvidables carnavales de Marina.
Porque hay lugares que no son sólo un sitio geográfico, sino -sobre todo- uno que se busca -y se encuentra- en el alma.

(Imagen tomada de www.elheraldo.co)