La designación de Rafael Pardo como ministro del postconflicto puede verse como un premio de consuelo a su derrota en la elección para la Alcaldía de Bogotá, pero es también un poderoso mensaje al país, dando a entender que, mediante la designación de un funcionario tan competente y con una amplia experiencia en temas de defensa, reconciliación y paz, el gobierno comprende la complejidad de lo que se ha llamado postconflicto.

Y es que una lectura superficial expresa las grandes dificultades de la tarea: en los últimos años hemos reducido el conflicto que vivimos a un asunto en blanco y negro, desconociendo los amplios tonos de gris que este tiene. Hemos sido anestesiados por un discurso donde nuestro oponente es el malo malísimo, y nosotros los buenos, bonísimos. De allí que señalar la mayor o menor responsabilidad de los diferentes actores en el proceso se presente como una fuente futura de conflictos.

En estos días, cuando se recuerda que hace 30 años, por defender la democracia, se asesinó a la mitad de la Justicia, y que gracias a la indolencia e indiferencia de las autoridades con las advertencias que enviaban las cenizas del Nevado de Ruiz, se borró un pueblo del mapa, y murieron cerca de 25.000 personas, no puedo dejar de darle vueltas al momento que parecemos vivir. A mi alrededor he visto la esperanza que tiene el proceso de paz para algunos, dispuestos a dar vuelta a la página, o la indignación, el temor y rechazo que a un amplio sector de la población le causa la reinserción de guerrilleros a la vida civil, y pienso que Colombia es como un paciente que despierta de una dura cirugía, con la certeza que está vivo, pero con un dolor insufrible que aparece. Y es que en muchas cosas tengo la sensación de que Colombia es un país que ha vivido anestesiado (o engañado) por muchos años.

Desde que tengo memoria, en los últimos 40 años, con mayor preponderancia en los últimos 15, el conflicto colombiano ha sido reducido a blanco y negro: mientras que los militares son garantes de la paz, nuestros héroes de la patria, nuestros protectores, la guerrilla ha sido el principal responsable de los males del país. Una imagen que nos vendieron y que ocultaba los matices y complejidades del conflicto colombiano. Un conflicto que se ha justificado mediante un discurso lleno de opiniones interesadas, estereotipos, y juicios del momento que han perdido su valor.

Por ejemplo, una idea preconcebida que me toca es la imagen que se tienen de los costeños en el país. Para la televisión ser costeño es sinónimo de fiesta, vallenato, desorden, carnaval, bochinche y ordinariez. Programas como Sábados felices alimentan esa imagen creada, según una teoría sociológica, por unas elites regionales interesadas en mostrar que la Costa era un remanso de paz (por ello los costeños parecían vivir felices), mientras que en realidad en la región se vivían las mismas disputas de la tierra que ensangrentaron al país en los años 70 del siglo pasado. En la TV Sábados Felices mostraba como ejemplar del costeño a "el hombre caimán" tocando su guitarra, y se repetía que los costeños eran pacíficos y dicharacheros. Una anestesia creada por unas elites para defender sus intereses.

De otro lado, el conflicto colombiano se alimentó, como han señalado los investigadores, gracias a la aparición del fenómeno del narcotráfico. Visto con indiferencia, e incluso con simpatía, el narcotráfico alimentó nuestro conflicto; la respuesta por parte del gobierno fue una acción a ratos violenta, a ratos tímida, mientras repetía que aquí no pasaba nada. O al estilo de las grandes dictaduras, minimizaba los conflictos: frases como “los violentos no nos van a derrotar” o “los buenos somos más” fueron una especie de anestesia aplicada. Para quienes, como yo, vivíamos en la periferia, el conflicto parecía algo remoto, lejano, más de medio oriente que de Colombia.

Sin embargo tuvimos ejemplos acabados: en días pasados se ha recordado que a las 8 de la noche se cortó la transmisión para transmitir la jornada del futbol colombiano, mientras el ejército retomaba a sangre y fuego el Palacio de Justicia. Por esos días se hizo la bobería anual de la belleza, y después vino lo de Armero, mientras un capitán salía orgulloso a decir que en la Toma del Palacio estaban “defendiendo la democracia, maestro”. En esos años también se exterminó a la UP, se asesinó a tres candidatos presidenciales, y un precandidato resultó herido en un atentado que se robó. Y repetíamos “Los buenos somos más”. Asesinaron a Luis Carlos Galán un viernes, y el domingo jugaba Colombia por la eliminatoria mundialista. Se aplazó el funeral para el lunes y el día del partido la gente gritaba “Justicia, justicia”, hasta el primer gol de Colombia. Todo se olvidó después. Repetíamos “No nos van a doblegar”, mientras el país llenaba los cementerios, de NNs y negábamos la carnicería que ocurría frente a nosotros. Peor aún, negábamos nuestra responsabilidad: “Eran excesos necesarios, de muchachos que seguramente no estaban recogiendo café”. Mas anestesia.

Un gobierno soñó que la Paz era posible, y el Caguán apareció: se volvió un 'resort' donde todo aquel que quería o sentía que debía decir algo iba allá. Mientras, paramilitares y guerrilleros seguían desangrando el país. Soñamos mal, y se volvió pesadilla. Después nos pasamos al otro extremo: darle plomo a la guerrilla se volvió propósito nacional, y el país pareció recuperar la confianza; pero en el país se siguieron llenando los cementerios, y la sangre siguió corriendo. Lo creímos necesario, e ignoramos los excesos cometidos.

Hoy veo que seguimos soñando la paz, y hablamos de algo que se llama postconflicto. Y como el enfermo que despierta de la anestesia, vamos descubriendo el catálogo de horrores que han dejado 40 (¿o tal vez 50?) años de engaños. Nuestra realidad, y nuestros temores, los rencores, los dolores de este conflicto interminable. Quizá eso tenga de bueno este proceso de paz: que al final nos despierte a nuestra realidad (que no alcanza a ser la virtual de Matrix) y entendamos que más que justicia o castigo es necesario sincerarnos, ver los infinitos tonos de gris que tiene Colombia. Y que concluyamos en que todos somos responsables de lo bueno y lo malo que ocurrió en estos años en nuestra sociedad: por acción, por indiferencia, por ceguera, por inacción. Veo con preocupación que un gran sector de la sociedad se niega a aceptar su responsabilidad –por acción y omisión- al decir que ellos no hicieron nada malo, que solo se defendían y que las autoridades cumplían con su deber. Y exigen la necesidad de castigo: que los culpables paguen por sus crímenes. Siguen anestesiados, viendo todo en blanco y negro.

La tarea de Rafael Pardo no es fácil: El postconflicto es una oportunidad para despertarnos de esta anestesia y sacar las conclusiones a las que haya lugar: somos responsables de nuestro destino y nuestro pasado; no solo del gobierno de turno, las Farc o los paramilitares. Algunas de estas respuestas serán difíciles de digerir, el catálogo de horrores y la connivencia de la sociedad con los actores armados es un precio que tendremos que pagar todos nosotros.

Que despertemos de la anestesia en la que hemos vivido, y aceptemos nuestra responsabilidad, es tal vez el primer paso a una sociedad más justa.

Twitter: @swhelpley, @OpinaElDiablo Facebook: Samuel Whelpley

Imagen tomada de Youtube Rafael Pardo