Desde que Colombia existe como país independiente, quién lo duda, políticos de todas las regiones que lo componen, sin importar sus extracciones sociales o sus niveles académicos, han robado al erario o han estado implicados en algún delito relacionado con la corrupción. Ese, además de ser el origen ancestral de la mayoría de nuestros peores males, es uno de los pocos asuntos que han permanecido homogéneos en la variopinta cultura colombiana: a lo largo de toda nuestra bicentenaria y vergonzosa historia y a través de toda la accidentada geografía nacional.


De ese cesto de la corrupción podemos sacar cualquier cosa: desde el primer vicepresidente de la naciente Gran Colombia a principios del siglo XIX, Don Francisco Antonio Zea, a quien Bolívar llamó "la peor calamidad de la patria" por haber inaugurado lo que después sería una interminable lista de desfalcos al Estado, pasando por José Manuel Marroquín, quien en los albores del XX, y siendo presidente en ejercicio, fraguó el primer gran fraude electoral colombiano -gracias al cual ascendió al poder su sucesor, Rafel Reyes-, hasta los hermanos Moreno Rojas del siglo XXI, protagonistas del billonario peculado bautizado como el 'Cartel de la Contratación'.
Es un hecho que cuando se habla de esas cosas nadie aclara que Zea era oriundo de Medellín, ni que Marroquín lo era de Bogotá. Tampoco que Iván, el menor de los Moreno, ha desarrollado gran parte de su actividad política en Bucaramanga. Como tampoco cuando -por decir algo- se cubre la noticia de la adquisición ilegal de las acciones de Invercolsa se especifica que Fernando Londoño Hoyos es natural de Manizales. Y mucho menos, mientras se lee una nota sobre el peculado de AIS o sobre los sueldos fantasmas que repartía Odebrecht, uno ve por ahí escrito algo así como "el paisa Andrés Felipe Arias".
Por eso, como lo anotaba hace poco en un post de Facebook otro columnista de este portal, Samuel Whelpley, y sólo por poner un ejemplo entre miles, no se entiende por qué en un artículo de El Espectador ('Fiscalía deberá definir futuro judicial de Andrés Felipe Arias por Odebrecht') se refieren al ya mencionado Arias como "el exministro de agricultura" y, en cambio, casi a renglón seguido aluden a Otto Bula -el nexo entre la una y el otro- como "el exsenador oriundo de Sahagún (Córdoba)". En ese punto me pregunto con mi colega Whelpley: "¿Qué tiene que ver que Otto Bula sea de Sahagún con sus delitos?".
Quizás la respuesta a ese interrogante la tenga el historiador Alfonso Múnera, quien en una entrevista que concedió hace unos meses a El Heraldo diserta sobre la contínua reelaboración de la superioridad de andinos sobre costeños. La cual, según él, se dio en el pasado a través de burdas fórmulas de desprecio y exclusión promovidas por personajes de la talla del 'Sabio' Caldas, quien basado en las teorías del conde de Buffon preparó un disparatado coctel de ideas racistas según el cual las gentes que habitaban las zonas tórridas eran inferiores a las que vivían en climas templados o fríos.
En la entrevista Munera amplía esos conceptos a través de otras observaciones, con las cuales coincide el recién nombrado rector de la Universidad del Norte de Barranquilla, Adolfo Meisel Roca, quien al ser preguntado por la revista Semana que si la ausencia de dirigentes de la región Caribe en las altas esferas del poder se debe en parte a los estereotipos que predominan en el imaginario nacional respondió que sí, que para el resto de colombianos los costeños "somos perezosos, fiesteros y hasta corruptos. Esos estereotipos son una base para la discriminación." Y remató con el mismo ejemplo de arriba: "cuando se destapan casos de corrupción como el de Odebrecht, a los involucrados de la costa se les dice que son costeños, pero a los demás no les dicen que son paisas o cachacos.".
Esas, mucho más sutiles que las de Caldas, son las nuevas fórmulas que perpetúan la exclusión de los habitantes de la costa norte en la participación de los asuntos más importantes de la vida nacional. Son tan efectivas que a través de ellas se logra que incluso algunos costeños incurran en la autoexclusión. Y es por eso que vemos a más de uno pregonar orgulloso su ignorancia -real o no- y jactarse de llevar un estilo de vida más bien frívolo y despreocupado.
Agregaba el mismo historiador Múnera que, apoyados en las desde hace tiempo revaluadas teorías del naturalista Lamarck, muchos criollos americanos de la segunda mitad del siglo XIX imponían la idea de la superioridad de la raza blanca sobre las demás. Lo cual me recuerda la conmoción que les ha causado a los periodistas del interior del país la noticia de que a la también periodista colombiana de la cadena Univisión, Ilia Calderón, la amenazó y la insultó en plena entrevista el líder de una facción del Ku Klux Klan, uno de esos grupos supremacistas blancos que por estos días alborotan algunas zonas de Estados Unidos. Y todo por el simple hecho de ser negra,
Son, también, los mismos periodistas que nunca se olvidan de recalcar que Otto Bula nació en Sahagún.

(Imagen tomada de http://2.bp.blogspot.com/)