¿Cómo recuerda usted a Omayra hoy, luego de 30 años de la tragedia? Aquí la respuesta de nuestras plumas.

Por: María Angélica Pumarejo

Ella era una niña con el agua al cuello a la que veíamos en la pantalla. Decían que debajo estaba el resto de la familia, que seguro la alzaron para mantenerla a flote como diciéndole que debía vivir. Tenía apenas trece años, esa edad en que las niñas nos empezamos a hacer mujeres, cuando aún no hay mayores sinsabores en la vida, un momento cifrado siempre por la ilusión y la alegría que nos producen los amigos, empezar a salir por ahí, colorearnos los labios o subirnos en tacones. Pasaban los días y no podíamos dejar de verla en la pantalla mientras se teñía de otros colores que no eran precisamente los que vienen con la ilusión, mucho menos con la risa. Y sin embargo ella sonreía, nos hablaba. Todos la veíamos y ninguno fue a partirse una mano o una pierna para intentar desbaratar el fango que se volvía acero a su alrededor. De este lado de la pantalla muchos llorábamos porque sabíamos que estaba en ese lugar llamado Armero, a donde no íbamos a ir a salvarla. No gritamos por ella hace 30 años, no gritamos lo suficiente como para hacer aparecer una motobomba y desde entonces no he podido sacármela de adentro. En el envés de esa realidad, esa muchachita se instaló en mí de manera definitiva como para decirme que la muerte a veces se sienta a esperarnos durante tres días, no sé si para vernos luchar por la vida, o para tratar de hacerse la loca a ver si se va, o para decirnos que no importa que tanto gritemos, ella ya ha venido a hacer su trabajo. Pero cuando vuelvo de nuevo a la realidad, cuando te pienso, Omayra, vuelvo a llorar y sé que tu muerte fue para todo este país un escupitajo en la cara, de esos bien merecidos por los miserables.

Por: Samuel Rosales

Ella tenía 13 años, yo 18. Supongo que la vi en ese momento, cuando ocurrió la tragedia, como la vieron todos los demás colombianos. Supongo que la seguí viendo después, en la televisión, cada noviembre. Supongo todo eso, pero no estoy seguro, porque su imagen de niña sumergida en el fango yo la había distorsionado con los años: antes la imaginaba con el torso afuera, con un rostro lozano y limpiecito. Y callada. Así era Omayra en mi mente. Hasta ayer, cuando vi y oí completo -tal vez por primera vez en mi vida- el video de sus últimos momentos. Y entonces me di cuenta de que su cara no era esa que -quizás para no atormentarme- había fabricado mi cabeza. No: su cara real estaba demacrada por el dolor, y las ojeras de la muerte eran enormes y oscuras. Y no tenía el torso afuera, como había fabulado mi cerebro cobarde: no, ella estaba con el agua a la boca, hasta el punto de que cuando hablaba tragaba de ese caldo fúnebre de lodo. Y tampoco estaba muda, como lo había inventado mi recuerdo: no, hablaba y hablaba y deliraba. Y en sus frases había la misma dosis de esperanza que de fatalidad. Ella sabía que no podía morirse a esa edad, no era justo: no a sus 13 años. Pero también estaba segura de que no sobreviviría: "Adiós madre", dijo al final. Ella tendría 43 años, yo tengo 48, y tendré que vivir el resto de mi vida inventando una y otra vez un final menos terrible para ella.

Por: Samuel Whelpley

Tendría hoy 42 años, quizá una familia, unos hijos, una casa y un hogar. O tal vez sería una víctima del conflicto colombiano, desplazada, desarraigada, abusada y residiendo en uno de los tantos cinturones miseria de esta Colombia que a veces es tan cruel con sus hijos. No sabríamos más de ella, O tal vez nada, sería una estadística, buena o mala; quizá hubiera sido mejor así.

Pero para mí ha quedado detenida en el tiempo: Tiene 13 años, , unos ojos grandes, el cabello rizado, y pese a la adversidad, sonríe: Le dice dos o tres palabras en inglés al fotógrafo extranjero que le toma las fotos que la harán famosa, mientras a su alrededor los socorristas luchan por liberarla. No lo lograrán.

Su rostro vuelve cada año, el 13 de Noviembre, y con ello la silenciosa denuncia sobre la incapacidad, indolencia y negligencia de nuestro estado

Su rostro me oprime el corazón: Es una denuncia de cómo nuestra desidia la hizo famosa, y ella sonríe en medio del horror que le causamos. Da escalofrío: Una niña muerta, una fría estadística, una niña que denuncia lo peor de nosotros.

Por: María Antonia Pardo

De niña creía que el Nevado del Ruiz era una montaña con nieve arriba y no más que eso. En el álbum familiar había visto fotos de mi mamá con mi hermano mayor muriéndose del frío en ese lugar con guantes y bufandas, envueltos en muchos trapos como todo buen calentano en invierno. Cuando veía esas fotos me imaginaba ahí haciendo muñecos de nieve como los de las películas y sentía algo de rabia o tal vez de envidia porque mi mamá no me había llevado a ese paseo y por su culpa yo seguía en Barranquilla, a los nueve años, sin conocer la nieve. Eso era lo único que sabía del Ruiz hasta ese terrible noviembre de hace treinta años cuando el volcán dormido despertó con furia arrasando a Armero y a la mitad de su población. Nunca había oído hablar de ese pueblo. ¿Armero? Y menos había oído hablar de avalanchas de lodo provocadas por erupciones. ¿Eso puede pasar? No entendía nada. En mi mente infantil no cabía la dimensión de la tragedia hasta que vi los ojos de Omaira por televisión. Cuando ella murió tres días después, dejé de ser niña y tuve entonces mi primera pelea grande con Dios. Yo recé, recé mucho por ella, pero nadie me escuchó. Así que no quise saber nada de Él por muchos años. De ese Dios terrible que deja morir niños de esa manera quería estar muy lejos. Le saqué la lengua, le torcí los ojos, entré en rebelión. De la negligencia de los hombres que no evacuaron a esas veinticinco mil personas a tiempo le eché la culpa a Dios. Pero no fue Dios quien enterró viva a Omayra sobre sus muertos. A Omayra la dejamos morir todos, todos los que nos quedamos pegados a la pantalla sin hacer nada. Todos los que la vimos morir desde el sofá de nuestras salas.

Por: Jorge Muñoz

Es solo una cara en la memoria. La imagen de una niña que aguarda a la muerte, delirando, permitiendo a veces que la esperanza emerja del agua revolcada. La niña que está sola y atrapada y desnuda, asume con inocencia su nuevo rol de estrella de telenovela mientras quienes seguiremos con vida nos dejamos conmover por la tragedia. Asistimos en vivo a la agonía de una condenada. Y ahora su cadáver es un recuerdo entre tantos y su lucha, perdida desde siempre, el símbolo de un pueblo sepultado. Evocamos el sufrimiento televisado de la niña de Armero sin preguntarnos por qué no quisimos salvarla.

Imagen tomada de Mapio.net