Sale a decir el presidente Hollande que va a acabar con la amenaza terrorista del Estado Islámico, e inmediatamente saltan de júbilo los guerreros colombianos de sillón. Uno de ellos, de hecho, sabedor de mi posición desfavorable a la solución armada al conflicto colombiano, me manda un mensaje en el que contrasta la dura declaración de Hollande con la -para él- pusilánime y blanda actitud del presidente Santos: mientras en Francia van a aplastar a los terroristas, nosotros en Colombia tenemos que tragarnos los sapos de las Farc.

Eso suena muy bonito a oídos de tanto soldado de Facebook que hay por estos lados, lo único malo es que eso ya lo dijo hace 14 años el mandamás de la potencia militar más poderosa de la historia: el nefasto George W. Bush, que prometió aplastar al grupo terrorista Al-Qaeda. Con lo cual no sólo embarcó a su país en la guerra más larga que éste haya librado (y que de hecho todavía no termina: Estados Unidos apenas ha empezado a retirarse de Afganistán con el rabo entre las patas), sino que a falta de uno (Al-Qaeda subsiste, nunca fue aplastado, como lo anunció Bush), ahora hay al menos dos poderosas organizaciones yihadistas en guerra declarada contra occidente. Más aún: el Estado Islámico (o el Califato, como se autodenominan ahora) con sus aproximadamente doscientos mil combatientes ya supera a Al-Qaeda, el grupo terrorista que lo creó.

Yo no soy ningún experto en solución de conflictos, pero no hay necesidad de serlo para percatarse de que esa forma con la que Hollande asegura que va a resolver el que mantiene Francia con los yihadistas no es la más adecuada. Empezando porque los bombardeos con los que aspira a exterminar al Califato (acaba de zarpar el portaaviones Charles de Gaulle rumbo al golfo Pérsico) no dan el resultado esperado: lo demuestran 14 años de bombardeos infructuosos -y de intervención directa en tierra- de una potencia militar muy superior a Francia, como es Estados Unidos. Tiempo durante el cual el terrorismo se ha fortalecido en lugar de debilitado. Y no se trata de dos fenómenos independientes, sino relacionados directamente: a más bombardeos e intervenciones, más resentimiento hacia occidente. Y a más resentimiento hacia occidente (materia prima del reclutamiento), más combatientes yihadistas dispuestos a inmolarse.

Lo peor es que ese efecto multiplicador no se da en una zona específica a la cual se pueda bombardear hasta no dejar piedra sobre piedra. No: ese efecto multiplicador se da en las mentes de jóvenes musulmanes yihadistas repartidos por todo el mundo (de hecho los atentados de París fueron cometidos por residentes en Francia y Bélgica: el enemigo duerme en casa), adoctrinados gracias al pulpo sin fronteras de la internet. La guerra no es contra un territorio, es contra una idea, una cuestión abstracta que flota en el aire, imposible de destruir sin correr el riesgo de ayudar a robustecerla. Se mata a los hombres, pero no a las ideas, dice Rubén Blades en una de sus famosas canciones.

Y a robustecer la idea -el odio hacia occidente- tratando de destruirla inadecuadamente ha contribuido Francia durante el último siglo. Más concretamente, a robustecerla en la mente de los yihadistas actuales Francia contribuyó sumándose tanto a la guerra contra los talibanes de Afganistán como a la que terminó con el derrocamiento de Gadafi en Libia. Y si a eso le adicionamos su participación en los actuales bombardeos sobre Siria e Iraq, es fácil darse cuenta de que el odio hacia ese país no es gratuito. Basta ponerle un par de cucharadas de religión fundamentalista para que la pócima explosiva quede completa.

Ahora bien, para calmar la ansiedad en las otras mentes, las occidentales, esas cuyo criterio se formó gracias a las imágenes hollywoodenses de un Silvester Stallone musculosísimo destruyendo él solito regimientos enteros de soldados vietnamitas, a Hollande no le quedaba más remedio que pronunciar un par de bravuconadas de macho-alfa. Pero con seguridad éstas sólo fueron dichas para la galería, que clama venganza (la misma galería que después pondrá en sus redes sociales condolidas fotos de niños sirios ahogados, que huyeron de Siria debido a esos mismos bombardeos).

Y en efecto la ansiedad quedará calmada momentáneamente con el escalamiento de la guerra en Siria y los territorios controlados por el Califato, pero sólo lo será mientras un nuevo atentado revele que el problema no hace sino empeorar. De ese círculo vicioso no se sale con esa fórmula probadamente facilista e ineficaz, y Hollande con seguridad lo sabe. ¿Cómo se sale entonces? No tengo ni idea.

Cosa distinta pasa en Colombia. La tal actitud pusilánime y blandengue (es decir, la solución negociada) del presidente Santos en realidad sí es la salida no facilista al conflicto colombiano. Lo que ocurre es que es altamente impopular promover el perdón de unos criminales y aceptar que del lado del Estado no están los buenos, sino que también han estado legendariamente otros criminales. Pero aquí tenemos la suerte de que no luchamos contra unos fanáticos religiosos inflexibles, felices de morir por una causa.

Sea lo que sea, es un hecho que mientras en Colombia siga existiendo el caldo de cultivo de la brutal inequidad, que es lo que hace aparecer más y más guerrilleros años tras año, tampoco podremos sentirnos en paz. Porque esta guerra es contra otra idea, no contra un territorio. Una idea que está en las mentes de decenas de miles de gentes sin oportunidades, que también duermen con nosotros, en el mismo país: el odio hacia una clase dirigente y empresarial explotadora, ladrona y criminal. Es eso lo que hay que cambiar, para que toda esa gente que ahora está en el monte tenga una alternativa digna de vida. No es, pues, con plomo tampoco que se resuelve esto.

Nosotros llevamos 60 años comprobándolo.

Twitter: @samrosacruz, @OpinaElDiablo Facebook: Pame Rosales

imagen tomada de La Vanguardia