Últimamente, el político profesional (expresión que no tiene nada de despectiva en este contexto) ha entrado en una etapa que llama de “identificación” con el votante. Se puede ver que el discurso de Claudia López tiene una receta que busca conectar con la “indignación del por como están las cosas”. De allí su estilo gritón, pendenciero, de afirmaciones temerarias, y sin argumentos en la mayoría de ocasiones. Lo innegable es que tiene éxito, y ha logrado llamar la atención en su figura, más que en sus ideas, si las tiene. El discurso de Nicolás Maduro no destaca ni por su autenticidad, ni por su originalidad: es un discurso típico de cuadro comunista, lleno de lugares comunes que utiliza el lenguaje vulgar y grosero propio de los populistas ansiosos de demostrar su identidad con las masas. En Barranquilla tuvimos ejemplo extremo de político “madurista”: el cura Bernardo Hoyos, quien cuando se dirigía a un público que él creía sin educación, usaba un lenguaje lleno de vulgaridades y palabras soeces que dejarían corto a un humorista tan procaz como el cartagenero Uso Carruso.


Hablando por mí mismo -la única persona por la que tengo derecho de hablar- prefiero ser gobernado (al menos en el mundo moderno) por, digamos, el Rey de España, que por Nicolás Maduro o doña Claudia, aún en el caso en que ambos fueran igual de competentes al cumplir lo que prometen; esto por razones racionales y no, como se puede suponer, por un sentimiento de nostalgia por un mundo perdido. Al final no me importa si el político se parece a mí; solo quiero que haga bien su trabajo.
A diferencia de Maduro y de doña Claudia, pienso que el Rey de España no siente que tiene que hacer un mundo nuevo, en su vida personal o política. Si es sensato, sabe que el mundo no comenzó con él y no terminará con él. Como último descendiente de una antigua dinastía que se remonta a siglos, no es más que un guardián temporal (e incluso accidental) de lo que ha heredado, y que tiene el deber de transmitir. Además, como alguien cuyos privilegios son heredados sabe que su poder es frágil en el mundo moderno. Él debe ejercerlo con cuidado, discreción y consideración.
Contrasta esto con algunos políticos que confunden el hecho de que han llegado al poder por medios legítimos. Para ellos, vox populi, vox dei; por eso se considerarán con derecho a hacer todo lo que prometieron y más. El hecho de que sean soberanos durante sólo unos pocos años como mucho aumentará la urgencia y explica la furia con que actúan: para ellos, es ahora o nunca, y es fácil destruir una economía en pocos meses. Como todo propietario privado sabe, un inquilino puede hacer más daño en un día, y ni el alquiler de un año alcanzará para repararlo.
Por lo tanto, el ciudadano medio tiene mucho más que temer (de nuevo, hablo de la época actual, no de la Edad Media) de un político que se imagina que ha alcanzado el poder por sus propias virtudes que de un aristócrata que sabe que debe su posición a un accidente de nacimiento. Por supuesto, los aristócratas pueden ser arrogantes, despreciables, desdeñosos de la comunidad, pésimos administradores y así sucesivamente, aunque en las circunstancias modernas no es probable que sean tales; sin embargo, el carácter humano es impredecible: todo es posible y la perfección no debe ser buscada.
Pero los políticos exitosos son arrogantes ex officio. La arrogancia es una condición previa de su éxito, al menos en cualquier gobierno de gran escala. La promesa de no hacer nada, de ser un modesto continuador de la vida, el trabajo y la tradición de su país, no es probable que atraiga a un electorado que reclama el sol, la luna y las estrellas, y respuestas rápidas a situaciones viejas que mejoran despacio: al final votará por quien lo soborna mejor. El sentido del derecho y la autoridad moral del político de hoy hace que el aristócrata moderno medio parezca humilde en sí mismo.
Además, el Rey de España, habiendo sido criado entre la belleza -tanto natural como artificial- tiene más posibilidades de entenderla; un político como Maduro o doña Claudia, en cambio, es probable que vea en ella sólo manifestaciones de una injusticia anacrónica. Esta es quizás una de las razones por las que la izquierda (comunistas y socialistas), han valorado tan poco la preservación de la belleza del pasado, o más bien han trabajado tan duro para destruirla: si no todos pueden vivir en belleza, nadie lo hará. Ciertamente no es coincidencia que, en cualquier caso, nada de lo que se ha construido bajo estos regímenes tenga algún mérito estético, sino lo contrario. Frases como “realismo socialista”, “arquitectura soviética”, “literatura soviética”, son ejemplos acabados de una estética gris que respira tristeza, resentimiento y rencor.
Por todas las razones anteriores, yo preferiría arriesgarme con el Rey de España que con cualquier otro. No me preocupa en lo más mínimo que yo, oriundo de la periferia, sea irremediablemente inferior en la jerarquía social en comparación con el Rey, a cuya altura social no puedo aspirar. Es más importante para mí que me dejen solo y que se me trate con justicia tal que me sienta un igual frente al Rey; y un sistema que incluye al Rey es más probable que me ofrezca lo que quiero, un mundo con algo de belleza, que uno en el que tengo que hacer frente a ciertos políticos que parecen elefantes en una cristalería con delirantes ideas de cambio y felicidad.

(Imagen tomada https://elpais.com)