Si algo ha traído esta vitrina en la que nos exhibimos sin pudor es bulla, alharaca, ruido. La opinadera se desmadró, se salió por completo de su cauce. Los usuarios asiduos de las redes sociales, dueños y señores de medios de comunicación virtual abiertos al público 24/7/365, aunque no tengamos la más mínima idea sobre los intríngulis del último ‘boom’ mediático -sea un atentado terrorista, un desastre natural, unos diálogos de paz, un partido de fútbol, unas elecciones presidenciales, una guerra lejanísima, un escándalo, un siniestro, un descubrimiento asombroso-, salimos raudos a dejar constancia de nuestra sapiencia. Si tenemos algo que decir, lo decimos. Y luego concluimos con un contundente: ¡Y punto! O sea que a quien no le guste, que se aguante o que me elimine de su lista de amigos o que me bloquee. O simplemente que se joda.

En últimas esa es una de las grandes ventajas de vivir en una democracia y no en una dictadura, poder expresarnos libremente. Aunque sean burradas, insultos, calumnias, ataques rastreros, marrulladas, alaridos sin sentido, información desfasada, análisis sesgados, opiniones que revictimizan a las víctimas, amenazas; tenemos derecho a manifestarlos. No hay ningún tipo de censura en internet. Es una gran cloaca en la que todo cabe. Pero como ahí, pescando en río revuelto, se encuentran perlas, muchos seguimos untándonos, encochinándonos hasta el cogote, para informarnos como mejor podamos. La tarea no es nada fácil, especialmente en días como los actuales en donde el bullicio es francamente insoportable. Toca elegir con pinzas, casi que con precisión quirúrgica, qué sirve y qué no. Es arduo, un suplicio de hecho, intentar oír con claridad en medio del cotorreo.

Que esto lo diga alguien que tiene un espacio fijo todas las semanas en un portal de opinión, una mujer que escribe en Facebook hasta sobre los aspectos más triviales de la vida cotidiana (como el maquillaje excesivo o la vestimenta de las mujeres cuando juega la Selección Colombia), es, por decir lo menos, una contradicción. Y estoy de acuerdo, soy parte del problema. He entendido en los últimos días en que me he entregado al silencio, que las pausas son necesarias para asimilar, para procesar, para aprehender, para aprender, para seguir, para digerir. Como las comas, pausar en el camino es lo que nos da aire. Tanta celeridad, especialmente a la hora de abrir el pico para escupir a los cuatro vientos nuestros adentros, nos lleva una y otra vez a equivocarnos y a agrandar los problemas. Precipitarnos es el primer paso para irnos de culo al piso. Y si se fijan bien, estamos de afán, siempre de afán, corriendo detrás de nada, persiguiendo pispirispis como si no hubiera un mañana, con el dedo índice listo para apuntar y señalar y disparar. En la búsqueda constante del próximo blanco, así andamos.

Se suponía que estas nuevas formas de comunicarnos y de informarnos nos traerían luz, claridad. Que tener acceso a tanta información proveniente de expertos de cada rincón de La Tierra y en sus idiomas de origen, sería un regalo. Maná caído del cielo. Desde la comodidad de nuestros sillones y escritorios, le dijimos adiós a las bibliotecas llenas de libros empolvados, y, de paso, a la ignorancia. Todo se simplificó con un clic. Ahí, al alcance de nuestra mano, el mundo. Esa era la idea. Pero como el tigre no es como lo pintan, en vez de volvernos más sabios y prudentes, nos convertimos, de la noche a la mañana, sin previo aviso, en consumidores y proveedores de basura mediática, en unos insoportables criticones dueños de la verdad revelada por el mismísimo Espíritu Santo. El blablablá nos viralizó, se apoderó de nuestras vidas y de nuestros dedos. Estamos infectados de opinadera crónica.

Presenciamos, sentados en primera fila, la proliferación inusitada de sabiondos, una especie de ‘expertos en todo’ que surgieron por generación espontánea, es decir, de la nada. Como decía mi abuelita, sin saber leer ni escribir, dictan cátedra. Sabelotodos virtuales que a la hora de la verdad saben de todo un poco y de nada mucho. Y entonces predican, aseveran, concluyen, vaticinan, baten cultura, sentencian, pontifican, y lo hacen con tanta seguridad, que un montón de enteleridos terminan por creerles. Así se retroalimenta el círculo vicioso de la desinformación, una bola de nieve que no para de crecer gracias a la compartidera de noticias y datos incompletos o totalmente errados. Eso de ir a las fuentes y verificar hechos y antecedentes y cotejar ambos lados de la moneda y analizar todas las versiones con la mayor imparcialidad posible, ¿en dónde quedó? No lo sabemos. La inmediatez de este nuevo mundo implacable nos sumergió en el mar sin fondo de la premura robándonos las pausas, ese tiempo necesario para inhalar y exhalar con calma, para empaparnos de conocimientos y organizar las ideas antes de vomitarlas.

Explotan bombas y con ellas vuelan por los aires barbudos que las llevaban puestas como una prenda de vestir más. Muere, de paso, a punta de metralla y ondas explosivas, gente inocente. Mujeres, hombres, niños. Aquí y allá. Bombardean los de siempre a los de siempre. Se recrudece la guerra en el mundo mientras en Colombia se teme que gane el NO en el plebiscito y el país, tan preocupado por lo que sucede en Europa y en los países árabes, decida, paradójicamente, continuar con la guerra más antigua del planeta, la que sostenemos hace más de cincuenta años con las Farc. La cuna de la libertad y de los derechos del hombre se sacude salpicada de sangre. Los habitantes de Siria, un país otrora próspero y pujante, del otro lado del Atlántico, tratan de resistir, como pueden, como animales salvajes en medio de las ruinas, los misiles que caen sobre sus cabezas, sobre sus casas, sobre su impotencia. Y quienes quedan en pie, de un lado y del otro, entierran a sus muertos. Mientras tanto, los espectadores detrás de la pantalla, los que estamos lejos y no tenemos ni idea qué es lo que pasa ni por esos lares lejanos ni en nuestros propios montes y pueblos, nos agarramos de las greñas por la bandera más adecuada y digna para el perfil de Facebook. ¿A ti cuáles muertos te duelen más?, preguntan unos. Si los de Colombia nos importaran tanto como los de Francia, habría paz, dicen otros. Y así. bulla, bulla, bulla. Estupidez multiplicada al mil por ciento. Alharaca que nada aporta, sólo señala, juzga.

¿Por qué será tan difícil entender que las procesiones más concurridas, y por supuesto, las más sentidas, son las que van por dentro en total silencio?

Twitter: @NanyPardo, @OpinaElDiablo Facebook: María Antonia Pardo

imagen tomada de Andalucía es Digital