Antes de morir, el líder espiritual de una secta religiosa prohibió a sus fieles hacer proselitismo, además les ordenó evitar la violencia y cumplir la ley en el país donde vivieren. Les prohibió también convertirse a otra religión y forzar conversiones. Señaló que el mejor ejemplo para lograr que la gente entendiera el mensaje de su profeta -que era de paz y amor- consistía en servir al prójimo. Aseguró que así llegaría el mensaje a los no creyentes.

Durante el genocidio de Ruanda, las familias de una confesión religiosa específica protegieron a los grupos tutsis de las matanzas de los hutus. Como resultado de lo anterior, muchos de los protegidos se convirtieron a esa fe religiosa. Religiones como estas, para nuestra civilización occidental -que se basa en un trípode apoyado sobre sobre la religión judeo-cristiana, el Derecho Romano y la Common Law anglosajona, y la cultura griega-, serían sin duda muy populares, y de seguro ganarían muchísimos fieles con su mensaje de bondad y amor.

Entonces, lector, si usted está interesado en convertirse a algúna fe religiosa, le sugiero que se convierta al Islam más ortodoxo: el líder espiritual al que me refiero es el Aga Khan III, abuelo y antecesor del actual Aga Khan, quien residenciado en Europa estableció esas normas para sus seguidores, los ismaelitas naziries, una de las ramas del Islam Suni. Está documentado que en Ruanda familias hutus musulmanas protegieron a los tutsis de las matanzas de los hutus cristianos.

Los sucesos de los últimos días en París han mostrado tal vez la peor imagen del Islam: a nuestros ojos occidentales son una religión de bárbaros con mentalidad del siglo XIII, en la cual las mujeres son esclavizadas y abundan unos fanáticos suicidas que creen que muriendo en nombre de Alá, asesinando infieles, alcanzarán el paraíso. Talibanes, mullas, ayatollahs, Al Qaeda, ISIS, Siria, son nombres que asociamos con las costumbres más extremas del Islam. Si bien hay algo de verdad en ello, no dejar de ser en esencia una profunda caricatura de esta religión. Es como si para concebir el Cristianismo sólo recordáramos la quema de herejes o el Tribunal del Santo Oficio. Todo es relativo, porque como le oí decir a una analista de CNN en televisión (judío iraní, por cierto) “si tu eres violento, tu religión será violenta, si eres pacifico, tu religión será pacífica”. Cada quien practica su fe, según su saber.

A los musulmanes, sus seguidores, nominales o no, le debemos el álgebra, la poesía de Omar Khayam, Nazim Hikmet o la obra de Orhan Pamuk. También las Mil y una noches, los trabajos filosóficos de Averroes, Avempace o Abentofail, quienes fueron en una época guardianes de la mejor filosofía griega. Les debemos también la idea del cero en las matemáticas, grandes avances en astronomía y por ende un gran desarrollo de la geografía: fueron viajeros árabes quienes circunnavegaron África, y un geógrafo árabe fue de los primeros en señalar que la Tierra era redonda. Cosas hechas, por orden de alguien, para la “mayor gloria del Profeta”. Podría seguir: La palabra "algoritmo", tan usada en sistemas, deriva del matemático persa Al Juarismi, un verdadero hombre del renacimiento, seis siglos antes de éste. Al Andalus (La España bajo el dominio de los califas) es considerado un ejemplo pacifico de convivencia entre tres civilizaciones. Se admira la arquitectura del Taj Mahal, pero se olvida que su construcción fue un homenaje del emperador mongol musulmán Shah Jahan a su esposa fallecida (una dinastía no exactamente Mongol: eran Uzbekos que decían descender de Tamerlán).

Estos ejemplos traídos al azar también tiene su parte negativa: por ejemplo, el conquistador de Alejandría, el general Amr Ibn al-As, ordenó quemar la famosa biblioteca, cumpliendo una orden del califa Omar. El episodio es relatado en detalle por un autor sirio cristiano del siglo XIII, Bar-Hebraeus (seis siglos después), quien se refiere incluso a una gestión desesperada para salvar los libros por parte del teólogo Juan Filópono. Según esta fuente, el general árabe Amr ibn al-As era una persona sensible y cultivada, y tras escuchar las alegaciones de Filópono dirigió al califa Omar una carta en la que le pedía instrucciones sobre lo que había que hacer con los libros de la biblioteca. Omar, yerno del Profeta, converso y estricto en sus creencias, repuso: «Si esos libros están de acuerdo con el Corán, no tenemos necesidad de ellos, y si éstos se oponen al Corán, deben ser destruidos». La orden era clara, y fue ejecutada sin contemplaciones. También versiones árabes, aunque muy posteriores a los hechos, reconocieron la destrucción; una de ellas dice incluso que los libros se usaron como combustible en los baños de la ciudad, y que se necesitaron seis meses para quemarlos todos. La pérdida de esa fuente de saber es motivo de dolor y vergüenza para muchos, incluidos seguidores de Alá.

Se han invocado razones geopolíticas para explicar el odio de algunos musulmanes hacia occidente. Sin embargo estas fricciones existen desde hace mucho tiempo: buena parte de la historia y mitología de Europa se ha desarrollado como contención contra el avance de los musulmanes hacia Occidente. Basta mencionar las Cruzadas, la reconquista española -que fue una lucha contra el Islam-, los Reyes Católicos -que ganaron ese nombre por ordenar la expulsión de judíos y musulmanes de la España conquistada en 1492-. También episodios como la caída de Constantinopla, la batalla de Lepanto o el sitio de Viena en 1683 fueron claves en la historia de Europa, y ayudaron a moldear su espíritu. En el campo económico, la imposibilidad de Europa para comerciar con los árabes y tener un camino hacia la India y China fue una de las razones de la aventura Colombina y la circunnavegación Portuguesa de África.

Ahora bien, el origen de la actual situación está en los hechos posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, después de la cual potencias occidentales permitieron la independencia de las naciones árabes, pero estableciendo monarquías, porque esas potencias coloniales consideraban que conceptos como secularismo, democracia y libertad no se encontraban suficientemente arraigados, y entendían que en esas culturas los lazos de sangre eran un elemento fundamental de cohesión social. Dicho en términos simples, para los europeos eran tribus cuyos lazos sanguíneos se asociaban al Estado, y la monarquía era, por lo tanto, una buena forma de gobierno.

La aparición de un nuevo actor, el comunismo, y el creciente surgimiento de una clase media educada en Europa, junto con la aparición del Panarabismo socialista (creación esta de un cristiano sirio-libanes, Michel Aflak), llevó a la desaparición de las diferentes monarquías: así a Egipto en 1952 siguieron Túnez, Libia, Yemen, Afganistán, Irak, y finalmente Irán, en 1979. En esa época se dio también la aplicación de una serie de ideas socialistas en la zona, patrocinadas por la URSS, que buscaron transformar la economía de los países, mas no sus estructuras sociales, con no muy buenos resultados.

De otro lado, hubo un gran desinterés por parte de Estados Unidos en esos años, y la Unión Soviética parecía un tiburón creando una gran red de países amigos. En la caída del régimen afgano de 1979, y la posterior invasión soviética, junto con el interés de Estados Unidos en abrir un nuevo frente contra el comunismo, se pueden encontrar las raíces de los grupos terroristas actuales: una mezcla de panarabismo, anarquismo, tribalismo y religión: un coctel explosivo que cada tanto explota, como hace poco días en París.

Afirmar entonces que estamos enfrentando dos visiones del mundo, y que a una concepción de una sociedad secular, democrática y respetuosa de los derechos humanos se contrapone una visión teocrática, dictatorial y jerárquica, es en esencia un error: una cosa son los terroristas del ejército Islámico, quienes incluso han asesinado a los de su misma fe, y que deben ser castigados y perseguidos por todos aquellos que nos llamamos civilizados, y otra cosa es el Islam. El Islam es mucho más que eso: si bien existen sociedades musulmanas atrasadas, así también hay países de mayoría musulmana que son sociedades democráticas, respetuosas de los derechos humanos, donde los ciudadanos son iguales ante la ley. El Islam es mucho más que un grupo de fanáticos que matan en nombre de su Dios y creen que así alcanzan el paraíso.

En el año 2010, Bollywood hizo una película titulada Khan es mi nombre. El protagonista es un musulmán residente en Estados Unidos que sufre del síndrome de Asperger. En ella se narran las vivencias y complejidades de éste en la sociedad americana, su vida después de los atentados del 11 de Septiembre y la Islamofobia que invade el país. Khan es musulmán, pero para la sociedad americana también es Indio, y se enamora de una mujer india no musulmana con la que se casa, pese a la oposición de su hermano. Cuenta, sin embargo, con el apoyo de su cuñada, musulmana nacida en los Estados Unidos pero que incluso usa hijab. Al final, desesperado, decide recorrer el país para decirle al presidente de los Estados Unidos: “Sr Presidente, mi nombre es Khan, y no soy terrorista.”

Un excelente retrato de la vida, complejidades y contradicciones de los musulmanes en Occidente

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imagen tomada de El círculo vicioso de Jackeltuerto