La privación parece ser la moneda con la que compramos el tiempo.

Para pagar las cuentas, hipotecamos nuestra libertad, nuestra tranquilidad, y con frecuencia, nuestros principios, encerrándonos por años en oficinas y bodegas, en consultorios y despachos, en locales y cubículos, mirando el reloj mientras corremos para no llegar tarde en la mañana, soportando el aliento rancio del jefe que vocifera exigiendo resultados, rumiando nuestra soledad en el trancón interminable de las cinco, que es una metáfora de la vida que se empeña en transcurrir a los trancazos.

Para no enfermar, renunciamos a comer carne, a beber licor, a fumar lo que sea, a mojarnos en la lluvia, a tener sexo con quien se nos venga en gana; el placer pasa por el filtro de la contención y del miedo; el riesgo es una tendencia pretensiosa e inútil que los civilizados hemos logrado sustituir por la quietud y la prosopopeya. Más nos vale acostarnos temprano, comer matas y usar tapabocas cuando estamos resfriados; más nos vale, no vaya a ser que pillemos un virus que termine de una buena vez con nuestras vidas de mierda.

Para no sucumbir ante el desamor, nos deshacemos de las fotografías de quien nos ha abandonado; renunciamos a pasar por los lugares en los que nos enamoramos, tocando por segundos la felicidad; apagamos la radio con tal de no escuchar las músicas que nos anuncian lo largo que es el olvido; nos confinamos en el cuarto, como avestruces paralizados por el horror de la incertidumbre, y nos convencemos de que es mejor el odio, esa manera tan eficaz de la venganza.

Para no pecar, entregamos a Dios nuestro destino, obedecemos los designios grabados en palabras arduas e inexpugnables, acusamos y proscribimos y asesinamos a los infieles, a los indignos, a los que se empeñan en contaminar el paraíso que nos fue dado; si es preciso mentir para defender el mandamiento de no mentir, mentimos; si es necesario matar para proteger el mandamiento de no matar, matamos; si nos vemos obligados a robar para salvaguardar el mandamiento de no robar, robamos; y fornicamos a escondidas, entre susurros, para que el Señor no se de cuenta de que lo hemos traicionado; ejercemos con férrea disciplina nuestro santo papel de censores, de jueces, de preceptores y, con la seriedad de quienes cumplen una misión incontrovertible, encendemos el fuego de las piras.

Para honrar nuestra responsabilidad de ciudadanos, votamos, nos ponemos de acuerdo para elegir a los encantadores de serpientes que terminarán robándose nuestro dinero y nuestros sueños; aprendemos a callar para no despertar sospechas, para seguir camuflados en la masa de demócratas que han renunciado a sus lealtades; nos sometemos a las sospechosas verdades de las mayorías, reprimiendo nuestras ganas de subvertir, de desobedecer, de mandar al carajo las prudencias y las correcciones.

Somos un manojo de gente nerviosa que de algún modo se las ha arreglado para comprar un poco más de tiempo, para retrasar el enfrentamiento con la furia implacable de la muerte. Y para lograrlo, renunciamos, hipotecamos, reprimimos, callamos. Es enorme el precio, es injusto e infructuoso. Para vivir, morimos.

Twitter: @desdeelfrio, @OpinaElDiablo Facebook: Jorge Muñoz Cepeda

(Imagen tomada de http://img.desmotivaciones.es/)