Con motivo de la visita del papa Francisco reina el desconcierto entre las toldas de la ultraderecha colombiana. No es para menos: el papa es, en el papel, la máxima autoridad de una institución que a lo largo de casi toda la historia republicana del país ha sido cómplice y soporte de esa misma derecha que hoy se revela caricaturescamemte contradictoria ante el arribo de Francisco. La razón principal de la confusión es el apoyo del actual papa al proceso de paz del gobierno del presidente Santos, el Judas Iscariote por excelencia para la caverna nacional.


Este papa, en todo caso, es un personaje singular. Lleva a cuestas una leyenda negra según la cual, cuando apenas era Jorge Bergoglio pero ya regentaba el cargo de superior de la congregación jesuita en Argentina, se hizo el loco frente al secuestro por parte del régimen de Videla de dos sacerdotes que pertenecían a su orden y hacían servicios sociales en barrios marginales de Buenos Aires. Hay quienes, incluso, han llegado a tildarlo de colaboracionista de las dictaduras militares. Otros lo vinculan a Perón y a alguna de sus esposas, aportando el corpus delicti de una fotografía que al final resultó ser falsa.
Nada de eso aparenta ser cierto. El papa Francisco tampoco parece ser aquel monstruo perseguidor de homosexuales que pintaron recién fue elegido. Su posición al respecto es relativamente progresista, al igual que la tocante a los no creyentes: "Es mejor ser ateo que un mal cristiano", ha dicho. Con lo cual echa una buena palada de tierra a los últimos recuerdos de la Santa Inquisición. En realidad lo único que me despierta suspicacias acerca de su persona es el hecho de haber sido elegido papa: me cuesta trabajo creer que alguien pueda desempeñar ese cargo sin ser, de alguna manera, un criminal.
Pero, especulaciones y propaganda negra aparte, Francisco es un tipo que está haciendo lo que se supone que debe hacer de acuerdo con su dignidad: predicar la tolerancia, la reconciliación, el perdón, el amor al prójimo. Predicando todas esas cosas, sí, pero yendo también más allá: actuando para que efectivamente esas cosas se den en el mundo. De ahí su apoyo a un proceso de paz que, contra toda oposición, puso fin a los horrores de una guerra de más de medio siglo. Y de ahí -también- el problema: una cosa es predicar todas esas ideas bonitas y otra muy distinta es actuar en consecuencia.
Hasta antes de él a los católicos colombianos de derecha (vaya pleonasmo) les bastaba con coincidir nominalmente con la letra muerta que predicaba el 'santo padre' de turno en sus encíclicas y en sus mensajes de Navidad. Ya no: ahora sus mentes vacilantes se debaten entre enviar cadenas de Whatsapp en las que, a través de mensajes papales se promueve el perdón, y apoyar a los líderes políticos que a pesar de autodenominarse como representantes de la doctrina cristiana desautorizan a este papa en cada declaración que dan.
Y lo desautorizan pese a que una de las estrategias de manipulación que han utilizado para nutrir su supersticioso electorado ha consistido precisamente en recordar de alguna forma que el papa no puede ser desautorizado, porque según la teología católica lo que él diga es ex-cátedra y no puede ser cuestionado ni discutido por nadie. El papa es infalible, se supone, y sus decisiones son dogmas. Pero -repito- ahora lo dasautorizan, porque inesperadamente las acciones de ellos dejaron de coincidir con las de él.
Por eso el catedrático, político conservador y ferviente católico José Galat salió a decir que este es un papa ilegítimo, que es un farsante. Por eso el exprocurador y fanático religiososo Alejandro Ordónez sugirió, a su turno, que Francisco es poco menos que un tonto de capirote que fue engañado por Satanás Santos para que viniera a avalar de manera forzada los acuerdos con las FARC. Más papistas que el papa ellos dos, por lo visto.
Y también por eso el senador Uribe le envió una carta explicativa al sujeto que fue elegido en un cónclave conformado por más de un centenar de doctores de la Iglesia, a cuyo erudito conocimiento habría que adicionarse la inspiración que -en teoría- recibieron del mismísimo Espíritu Santo para no equivocarse en la escogencia del representante de Dios en la tierra.
¿Qué pensarán, entonces, los desconcertados seguidores de estos líderes políticos que desfachatadamente desconocen la autoridad y el buen juicio del guía de la institución en la que -ellos mismos aseguran- se inspiran muchas de sus políticas, llegando uno de ellos hasta a indicarle por escrito al papa cómo es que tiene que pensar y actuar?
A estas contradicciones internas, que los expertos llaman 'disonancias cognitivas', el ser humano siempre les encuentra una solución. A menudo la más cómoda. No sería extraño que, en este caso, quienes nos ocupan resolvieran apegarse a la homilía de Pentecostés de 2014, en la que Francisco recordó a su feligresía que "…el Espíritu Santo es el Maestro interior. Nos guía por el justo camino a través de las situaciones de la vida. Él nos enseña el camino, el sendero.".
Se trataría, pues, de una simple confusión de identidades: después de todo Uribe no sería el Mesías, como ellos creían. Sería nada menos que el Espíritu Santo, a quien Francisco deberá escuchar y obedecer.
Y asunto arreglado.

(Imagen tomada de eltiempo.com)