Voy a insistir sobre el mismo tema de la semana pasada, porque sigue candente. Y es que desde entonces no han hecho sino aumentar las lecciones que pretenden dejar en las redes sociales los enemigos del proceso de paz en Colombia, basadas en los sucesos de París y sus posteriores repercusiones. Después de que hace diez días Hollande se llevó los aplausos por anunciar nuevos bombardeos sobre Siria, esta semana un par de bravuconadas de Putín desecadenaron una verdadera salva de ovaciones y elogios: "Así se habla", "Necesitatamos un Putín en Colombia", "Ese sí 'los tiene bien puestos'".

Pese a que ya debería estar acostumbrado a oír y leer raciocinios así de frágiles, no deja de asombrarme que los detractores de "la paz de Santos" reclamen a un Putín como gobernante de Colombia. Que una gente que le teme como al Diablo al inminente triunfo de un complot castrochavista -que traería el autoritarismo y la censura al país- de repente tenga como faro político al actual hombre fuerte de Rusia, es un verdadero disparate: Maduro es, en esas lides, un principiante al lado de Putín. Pero además esa es la misma gente que desconoce cualquier avance social en Cuba (educación, salud) con el argumento de que en la isla no hay libertad ni propiedad privada. Debe ser que a esa gente nadie le ha contado que el sueño dorado de Putín es restablecer la autoridad de hierro que caracterizaba al régimen soviético de su infancia.

Todo eso sigue asombrándome, como digo, pero no debería. Porque a estas alturas ya no tendría que caer de nuevo en la trampa de creer que a esa gente a la que me refiero arriba la mueve -como lo proclama a voz en cuello- la defensa de la democracia o el sentido de la justicia. No, a esa gente la mueve un más sencillo y primitivo instinto, el de la violencia. Quiere sangre. Esas incongruencias en sus discursos y esas incoherencias en sus convicciones no son otra cosa que la evidencia de un talante violento y profundamente arraigado en la cultura colombiana, el cual encontró su máximo refinamiento en la avasalladora y omnipresente cultura del narcotráfico.

Sí, no es a Putín a quien reclama esa gente: es a Pablo Escobar a quien añora. Al hombre de carne y hueso que arrodilló a sangre y fuego a todo un país. Al personaje de la serie de televisión que sentenciaba a muerte a toda la familia de quien osara meterse en su camino ("Le mato a su esposa, a sus hijos, a su tía, a su abuelita…"). El mismo que reaparece en los memes de las redes sociales con cada acontecimiento en el que pudo haber sido mancillado el honor de Colombia ("Venga, que no es pa' eso"). Es a ese matón maquiavélico, cruel y sanguinario a quien añora y reclama esa gente cuando celebra los puñetazos en la mesa del nefasto Putín.

Y es esa gente que añora a Escobar la que ha sido sistemáticamente reclutada por el Centro Democrático. Gente que ha puesto el grito en el cielo ahora que el presidente Santos anunció que liberará -por razones humanitarias- a 42 guerrilleros enfermos, pero que no dijo ni mu cuando Álvaro Uribe exarceló unilateralmente 358 de ellos (¡358!) a cambio de la liberación de un grupo de secuestrados en poder de las FARC. Ni tampoco dijo esta boca es mía cuando Uribe dejó salir al criminal de lesa humanidad de Rodrigo Granda (quien, dicho sea de paso, lo engañó y volvió al monte), con el fin de -supuestamente- lograr la liberación de Ingrid Betancourt: "Supuse que Sarkozy tenía algún convenio con las Farc y por eso accedí”, se excusó después.

No, en esos casos poco le importó a la gente de marras que se haya negociado con los terroristas de las FARC (el peor sacrilegio concebible en la religión uribista). Ni le importó que hayan, por cierto, engañado una vez más a su infalible presidente, como apenas se puede especular que le ocurrirá a Santos. Más aún: tampoco le importó a esa gente si Uribe intentó quedarse indefinidamente en el poder, o si durante su gobierno él mismo diseñó una red de delatores escolares que no se le ocurrió a Fidel Castro.

Y nada de eso le importó a esa gente porque, como queda demostrado, lo que le importa no es la defensa de la democracia, ni las garantías de las libertades civiles, ni los principios éticos y morales que impedirían negociar con terroristas. Lo que le importa y siempre le ha importado a toda esa gente es que se masacre al contradictor del status quo, que se elimine a quien piense diferente a como se ha pensado en Colombia los últimos doscientos años, que se destruya físicamente a quien disienta, a quien cuestione.

Por eso el presidente Santos es el traidor por antonomasia, porque por culpa de sus métodos (supongo) afeminados, el recio carácter nacional se ha desprestigiado ante los ojos del mundo. "Qué vergüenza: nos estamos civilizando", se dirá toda esa gente, la una a la otra, mientras acude cada domingo -sin falta- a recibir simbólicamente el cuerpo del hombre que hace dos mil años quiso derogar la ley mosaica del "Ojo por ojo, diente por diente" y a cambio establecer la del "Amaos los unos a los otros". En eso tampoco es coherente esa gente, pues eso tampoco le importa.

Porque, por lo visto, a esa gente sólo le importa que haya sangre. Mucha sangre.

Twitter: @samrosacruz, @OpinaElDiablo Facebook: Pame Rosales

imagen tomada de AS Colombia