Desde que se anunció la visita del Papa Francisco a Colombia, algunas voces se alzaron criticándola. Señalaron la pederastia de la iglesia y el silencio jesuítico del pontífice, la falta de definición en temas álgidos como el divorcio de parejas, los derechos de la comunidad LGBTI, y hasta el derroche económico.


Sin duda las críticas contra la visita del papa se originan desde muchos lados, pero creo que olvidan la realidad: el papa es a la vez un jefe de estado y un líder religioso, y se le criticará por alguno de sus dos roles. Sobre todo por lo de líder religioso. Pero en últimas, el realmente interesado es el gobierno colombiano: busca el apoyo de la cabeza de la comunidad católica al proceso de paz, frente a quienes se dicen católicos y se oponen a él. Con todo y el creciente secularismo de la sociedad, su voz todavía es muy escuchada. De ahí el interés del gobierno en dotar de solemnidad e importancia la visita, y la operación de marketing que se ha desarrollado a su alrededor.
Untuoso, vago en sus declaraciones, por momentos sibilino, pero honesto, desde que llegó a la silla de San Pedro Jorge Mario Bergoglio ha buscado mostrarse como una persona cercana a la gente, preocupada por sus problemas. Y lo ha logrado. Las listas que describen a los líderes influyentes lo muestran siempre como uno de los más populares del mundo. Sin embargo, sus críticos han señalado su poca acción frente a los escándalos y asuntos pendientes de la iglesia, como la pederastia, la postura frente a los homosexuales o los escándalos económicos de la Banca Vaticana. Además, Francisco ha resultado lo suficientemente hábil como para mostrarse conciliador y, por así decirlo, colocarse del lado políticamente correcto de las cosas, lo cual le ha generado el aplauso de la multitud. A eso debe sumársele que Francisco no es un teólogo de distinción, y en sus discursos escasean las citas doctrinales, si los comparamos con las de Juan Pablo II o Benedicto XVI, teólogos mucho más preparados, pero sobre todo, dispuestos a decir su verdad, por dolorosa e impopular que resultara. De ahí que su disurso parezca en ocasiones un manual de autoayuda de un gurú occidental, o una novela de Paulo Coelho, tan de moda por estos días
Pero más allá de quién es Francisco, de cómo actúa, o de su visita, que considero importante (al final, por muy mediocre que sea el presidente de los Estados Unidos, es el presidente de los Estados Unidos) la noticia que me llenó de estupor fue que la despedida del papa en Cartagena sería un evento organizado por la Fundación Carnaval de Barranquilla, entidad que está preparando un espectáculo que muestre la que se considera la fiesta más importante de Colombia. Se nos dijo que será una muestra folclórica de 14 minutos encabezada por la actual reina del Carnaval, quien es famosa por sus dotes de bailarina. Habrá que ver, pero creo que, si es una muestra del Carnaval está, por así decirlo, fuera de lugar.
Para ser francos, una presentación que involucre una fiesta que en sus orígenes era una subversión a los dictados de la Iglesia me parece, más que ofensivo, un acto carente de la solemnidad que se esperaría en la despedida de un líder religioso. Alguna vez en Barranquilla, un funcionario con mucha imaginación e iniciativa decidió que en la iluminación navideña se mezclaran símbolos religiosos de la Natividad con símbolos del Carnaval. Así, al lado de una representación del nacimiento del Señor, se colocó una imagen de una máscara de marimonda. un Torito al lado de la Virgen y el niño. La protesta de la sociedad ante lo que se llamó el Navimomo fue general. La crítica era que no debía mezclarse una fiesta de origen religioso con una profana. Al final la idea se dejó así, pero al año siguiente se volvió a la iluminación tradicional, hasta que se eliminó, por las conocidas dificultades de Electricaribe.
Cuando el premio nobel de literatura Derek Walcott estuvo en Barranquilla, al ser preguntado por los carnavales y las ciudades, soltó esta demoledora verdad: “Una cultura fundada en la alegría solo puede ser superficial”. Nadie dijo nada, quizá porque lo dijo en inglés y el público no captó la traducción. Aquella lapidaria frase era una respuesta a alguna obvia presentación o muestra del Carnaval organizada por los anfitriones. El Carnaval nunca ha sido la mejor presentación de la cultura de Barranquilla, y por extensión del país. Carece, pese a sus esfuerzos, de profundidad. Razón tiene un amigo escritor cuando señala que para una obra maestra debe haber violencia, una copula frustrada, un amor prohibido, en suma, una historia triste. De historias felices solo salen obras como Mary Poppins o La Novicia rebelde.
Pero bueno, quizá esta sea una adecuada despedida al Papa Francisco, al que encuentro superficial; estoy seguro de que, si lo declaran Rey Momo honorario del Carnaval de Barranquilla, aceptaría encantado. Así que no me extrañaría que el Papa termine aplaudiendo y bailando feliz al son de gaitas y tambores; la banalidad, en el discurso y los gestos, es el signo de los tiempos.
 
(Imagen tomada de http://www.lanacion.com.ar)