Hay un señor con una encrucijada en el alma. Su corazón y su mollera suelen batirse a duelo cada mañana, a las ocho, mientras él paladea a sorbos lentos su tinto sin azúcar en la misma mesa que suele ocupar en desde que murió su esposa, hace 17 años. Lo sé porque algunos sábados hemos sido vecinos de mesa y, entre preguntas del crucigrama que ambos tenemos por costumbre resolver, nos hemos concedido algunos minutos de conversación.


Alcides nació en Montería hace 79 años, pero pasó casi toda su vida en Cartagena antes de instalarse de manera definitiva, ya en la madurez, en Bogotá, donde continúa promoviendo con suerte variada a artistas plásticos invisibles. Él mismo se define como un crucigramista consagrado, un uribista convencido y un católico practicante.
Cuando le comenté que me habían invitado a la ceremonia de bienvenida al papa Francisco, en el Aeropuerto Militar de Catam, Alcides ensayó una sonrisa cómplice que interpreté como un contenido gesto de envidia. Aquel sábado estuvo callado y pensativo, y se levantó pronto sin terminarse el café. Al despedirnos le prometí que le contaría los detalles del evento y que tal vez podría compartirle alguna foto afortunada del pontífice. Mi amigo ocasional balbuceó una respuesta cortés y se marchó no sin antes indicarme con el dedo la palabra que me faltaba para terminar el crucigrama.
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Antes de la una ya estaba haciendo la fila para acomodarme en la tribuna que se nos había asignado a quienes teníamos el círculo azul en nuestra tarjeta de invitación. El papa llegaría pasadas las cuatro, así que tuve tiempo de intercambiar algunas palabras con mis compañeros de espera, los cuales eran, en su mayoría, dirigentes gremiales, periodistas y funcionarios públicos de rango medio. Ocupábamos un lugar privilegiado a la derecha de los obispos y justo detrás de las sillas especiales destinadas a algunos miembros del alto gobierno, senadores, gobernadores, alcaldes, embajadores y uno que otro lagarto con suerte, de quienes estábamos separados por una baranda casi imperceptible. Pero esta segregación protocolaria fue solo una cuestión de espacio: todos y todas estaban muy elegantes, y en el ambiente flotaba una extraña combinación de perfumes que indicaba el cuidado con el que los invitados habían abordado sus tareas de acicalamiento, como si esperasen que Francisco, ante la imposibilidad de saludar a cada uno con una bendición personal, los identificara a la distancia por el olor.
A las cuatro, la voz en los parlantes anunció que el avión de Alitalia en donde venía la comitiva vaticana se aproximaba a la pista. Hubo un aplauso espontáneo mientras las pantallas gigantes mostraban la imagen de la aeronave que se acercaba. Cuando el presidente Santos caminó de la mano de su esposa hacia un costado de la pista, todos supimos que la espera estaba por terminar, que pronto veríamos al sucesor de Pedro bajar las escalinatas del avión, y que seriamos los primeros en recibir su bendición. Vagamente pensé en lo conmovido que estaría Alcides en mi lugar, pudiendo ver a unos pocos metros al líder espiritual de su iglesia.
El avión aterrizó y luego carreteó lentamente hasta detenerse frente a mi tribuna privilegiada. Eternos nos parecieron los pocos minutos que nos separaban de ver al hombre sobre cuyos hombros recae la enorme responsabilidad de mantener viva la fe de 1.285 millones de personas, mientras se esfuerza por recuperar su confianza en una iglesia debilitada por los caprichos, banalidades y transgresiones de muchos de sus líderes.
La puerta se abrió ante la algarabía de la pequeña multitud perfumada, y por ella vimos la figura de Francisco, ya con la sonrisa puesta y la mano en alto, saludándonos como ha saludado a millones de personas desde que dejó de llamarse Jorge Bergoglio y decidió renunciar a los mocasines rojos y el crucifijo de oro de los pontífices para usar prendas y lucir símbolos más austeros.
A partir de ese momento todo sucedió con inusitada rapidez. El papa bajó la escalera, saludó al presidente y a su esposa, aspiró el aroma de sus perfumes y no pudo percibir el que emanaba de las graderías, recibió regalos de los niños que lo aguardaban a un costado de la alfombra roja, abrazó y bendijo a una decena de víctimas de la guerra, soportó una corta presentación de baile típico al son de un arreglo especial interpretado por Orquesta Sinfónica de Colombia, abordó el extraño vehículo dispuesto para su paseo triunfal por las calles de Bogotá, y luego se fue sin decirnos una palabra, dejándonos a todos con la sensación de que lo hubiésemos visto mejor y más de cerca por televisión.
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Luego de nuestro corto encuentro con el papa, la organización nos invitó a pasar a uno de los hangares del aeropuerto para seguir en pantallas gigantes su recorrido por la Avenida El Dorado, la cual estaba bloqueada hasta tanto la caravana de Francisco no arribase a la Nunciatura Apostólica. Así que la invitación a departir, entre empanadas y deditos rellenos de queso, era más una cortesía obligatoria, una forma de hacer agradable este pequeño secuestro debido que Bogotá no cuenta sino con una sola vía de ingreso y de salida, hacia y desde sus aeropuertos más importantes. Supe de inmediato que, mientras esperaban el desbloqueo de la avenida, los viajeros que permanecían atorados en el aeropuerto internacional El Dorado, ubicado muy cerca, debían estar en ese mismo momento comprando con su dinero sus propias empanadas.
Lo que son las cosas del destino: en ese hangar en el que se proyectaban las imágenes del papamóvil abriéndose paso entre la muchedumbre, estaban reunidos prácticamente todas las personas que manejan este país. Ministros, parlamentarios, empresarios, directores de medios, líderes de opinión, degustaban con fruición las empanaditas con ají, y saludaban cordialmente a los advenedizos desconocidos dejando ver su talante más relajado.
De no ser por esa extraña coincidencia, quizás me hubiera tomado meses conseguir una declaración privada del vicepresidente Naranjo, quien me dijo, con esa voz dulce que parece impropia de un policía, que el papa viene a Colombia a “invitarnos a dar el primer paso, a invitarnos a que los colombianos nos reconciliemos, a que su mensaje sea trascendente, en función de reparar a las víctimas de un dolor inmenso después de 53 años de conflicto armado”.
En el mismo sentido, el candidato a la presidencia Humberto de la Calle me expresó que “siempre ha sido un tradición del papa Francisco propender por la paz, por la igualdad, por la no discriminación, y el eslabón final de todo esto es la reconciliación que él encarna; me parece que el resultado de la visita ojalá contribuya también a apaciguar los ánimos y que superemos esta etapa de polarización tan aguda”.
Estas opiniones, y otras más que obtuve con mis inesperados contertulios, confirman que entre la dirigencia colombiana existe la confianza de que el mensaje pastoral del papa contenga un significado político que contribuya de algún modo a consolidar la paz en la cual muchos de ellos trabajaron durante años, jugándose en ello buena parte de su prestigio.
En el momento en que la pantalla gigante mostraba al papa arribando a su destino, distinguí a lo lejos a Javier Darío Restrepo, un periodista que siempre había querido conocer, que conversaba animadamente con el jefe del equipo negociador con el ELN, Juan Camilo Restrepo. Quise acercarme a saludarlo para expresarle mi admiración. Caminé hacia él, esquivando a la canciller Holguín, al procurador Maya, al expresidente Samper comiendo empanadas, al ministro Villegas, a la campeona olímpica Mariana Pajón, y a dos o tres desconocidos que se tomaban selfies con unos y otros.
Pero antes de llegar al grupo de los dos Restrepo pude ver entre la multitud, impecable y recto, solo con un vaso de café en la mano, a Alcides, mi colega crucigramista. La sorpresa me obligó a cambiar de dirección, y mientras me aproximaba hacia él pensé que este anciano silencioso y solitario, era el único uribista que habían invitado.
Lo saludé con un apretón de manos y le pregunté por qué no me había dicho que él también estaba invitado. –Son vainas del pudor. –dijo entre dientes–. Le pregunté en broma si no se sentía muy solo en medio de tanto adversario de Uribe. ­­­–Mira, hace tiempo que vivo en una encrucijada –afirmó con la voz más firme–. Yo he sido uribista de pura cepa, pero antes que uribista soy un católico convencido. Así que tuve que decidir. Un hombre viejo se debe a sus convicciones más viejas. Y aquí me ves con el dilema resuelto: el papa le gana a Uribe. Tendré que pensar ahora por quién carajo voy a votar el otro año.
Escuchando a Alcides, pensaba que los efectos políticos derivados de la visita de Francisco a Colombia no son un invento oportunista de los gobernantes de turno, ni de sus contradictores en la oposición, ni de los comentaristas que se esfuerzan por interpretar cada una de las frases del pontífice. A lo mejor, es posible que la visita de este papa pueda servir a quienes profesan la fe católica, con todo y sus vacíos y contradicciones, para algo más que escuchar discursos, asistir a misas multitudinarias y comer empanadas en el hangar de un aeropuerto militar, con los más poderosos de Colombia.
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Sábado otra vez. Salgo hacia la cafetería con el periódico debajo del brazo. Cruzo la puerta y veo al señor en su mesa de siempre. Nada parece haber cambiado, a pesar de que cambiaron muchas cosas.  Alcides me saluda levantando la mano y me invita a sentarme a su lado. Sé que por cuenta de la visita del papa, por primera vez vamos a tener una conversación de verdad.

(Imagen tomada de www.elheraldo.com)