La semana pasada escribí aquí mismo un artículo más bien favorable sobre lo que vino a hacer el papa a Colombia. No obstante, el domingo por la noche, saturado como estaba de la locura papal que se tomó a este país tan proclive a llevar todo a extremos de caricatura y hastío (el papa con carriel, el papa con sombrero vueltiao, el papa comiendo yuca frita), escribí un post en mi cuenta de Facebook expresando que no era para tanto, que pese a la importancia de que el papa hubiese manifestado lo que manifestó su mensaje era más bien obvio, nada revolucionario.


Después de todo el papa no estaba describiendo la Teoría de la Relatividad por primera vez, ni había encontrado la cura contra el cáncer: simplemente repetía ideales universales, promovidos por múltiples religiones. Entre ellas la suya, la cual empezó con eso hace dos mil años y lo sigue haciendo domingo a domingo, en las miles y miles de misas a las que asisten millones y millones de colombianos todos los domingos de todas las semanas de todos los años: el perdón, la reconciliación, el amor, la inclusión… Importante, sí, por el aura de autoridad que rodeaba a quien lo decía, pero no novedoso ni genial.
Ese post que escribí, sin embargo, y pese a que en ningún momento mostré desacuerdos con el mensaje del papa -todo lo contrario- ni lo ofendí a él de manera alguna, desató una furiosa y masiva reacción en cadena de muchos de mis contactos de Facebook, algunos de los cuales sólo un poco antes de la visita lo acusaban de ingenuo, o de castrochavista. De nada sirvió un segundo y hasta un tercer post aclaratorio: los comentarios indignados seguían apareciendo: yo era, en el mejor de los casos, un pobre provocador que quería llamar la atención. Y de ahí para abajo: un irrespetuoso, un ignorante, un idiota, un bobo hijueputa...
Lo más curioso del asunto es que al final los más sensatos de entre esas personas concluían exactamente lo mismo que yo: que el papa era un ser humano común y corriente, y que había dicho obviedades. ¿Por qué se enfurecían entonces? Quizás porque me negué a participar de esa "embriaguez colectiva" , como calificó mi amigo Felipe Priast el final de la visita papal; porque me salí un milímetro de esa línea recta perfecta por donde deben transitar las opiniones acerca de algunos personajes de la vida nacional o internacional que de un momento a otro se convierten, por unanimidad, en vacas sagradas. Era como si me dijeran: " El papa es común y corriente, sí, dijo obviedades, también es cierto, pero tú no puedes escribir eso así de alegremente".
Y supongo que no lo puedo escribir porque hacerlo es, de alguna manera -y como lo anotaba Milan Kundera en La insoportable levedad del ser-, desconocer el acuerdo categórico de que la mierda debe ser negada, de que todos debemos comportarnos como si ésta no existiese. Es no plegarse al ideal estético conocido como 'kitsch', a través del cual se "elimina el punto de vista de todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.". 
En este caso se trata del kitsch católico, por medio del cual los pertenecientes a esa religión pretenden apropiarse de esos ideales universales, pero de dientes para afuera, como veremos. En la superficie están todas esas manifestaciones multitudinarias, alrededor del "viva el amor y del "viva el perdón" y del "viva la inclusión", pero en el fondo no es más que el sometimiento a la figura de autoridad, a ese Gran Inquisidor del que habla Dostoievski en Los hermanos Karamasov. En lo profundo todo eso se convierte en un "viva el papa", que es quien materializa esos ideales: abrazando niños enfermos e ingresando a viviendas paupérrimas. O declamando frases bonitas y vacías que se quedarán en eso: en frases bonitas y vacías. En lo conmovedor. En lo kitsch.
Ese kitsch católico que no admite disidencias mentales: "o estás con nosotros o estás en nuestra contra". Ese mismo al que no le basta ni siquiera el acuerdo con lo que diga el papa, sino que exige la exaltación de su persona a deidad, su canonización en vida. Sin importar que una vez terminada la visita el papa termine convertido de nuevo en un mueble viejo, y que nada de lo que vino a predicar se practique.
Miremos una pequeñísima muestra de las palabras que pronunció el papa en el parque Simón Bolívar. Habló de reconciliación: "La violencia que segó tantas vidas inocentes tiene su origen en el corazón de los hombres. Por esto un corazón que reza de verdad el Padre nuestro y que se convierte a Dios, rechazando el pecado, no es capaz de sembrar la muerte entre los hermanos." Exhortó al perdón: "¿Quién puede negarse a perdonar cuando sabe que él mismo ha sido ya perdonado repetidas veces por la misericordia de Dios?". Recordó el compromiso con la paz: "En este sentido no puedo menos de alentaros, a todos los colombianos sin excepción, a proseguir sin descanso por derroteros de paz".
Todas esas cosas bonitas las dijo el papa en el parque Simón Bolívar, sí, pero no este papa Francisco, sino uno de sus antecesores, Juan Pablo II, que vino a Colombia en 1986, cuando este era un país todavía más católico, y cuya visita provocó una histeria colectiva aún más delirante,  más fervorosa y más multitudinaria que la que vimos la semana pasada.
Y ya todos sabemos lo que pasó aquí en Colombia en los treinta años que siguieron.

(Imagen tomada de http://media.istockphoto.com/)