Proponen las Farc en La Habana que se reduzca el Ejército y la Policía. Pero además piden de ñapa que se desmilitaricen los llamados "territorios de paz". Ante esto contesta el gobierno de inmediato, a través del plenipotenciario general Mora, que absolutamemte no, que "no vamos a entregar el país a las Farc". Así funciona esto. De eso se trata una negociación: hay cosas que se aceptan y otras que no.

Si, por ejemplo, alguien saca a la venta un carro usado, se expone a que un posible comprador le ofrezca un precio mucho más bajo del que ha establecido como el mínimo por el cual lo negociaría. El vendedor, sin embargo, no está obligado a aceptarlo. Sí ese mínimo es, por decir algo, 20 millones, y el negocio se está haciendo en Colombia, tierra del regateo, es natural que el vendedor pida inicialmente -digamos- 22 millones. Tal vez el potencial comprador le ofrezca 18 millones, y gracias a esa práctica conocida como "partir diferencias" finalmente se llegue a los 20 millones iniciales. Pero el comprador bien podría ofrecerle al vendedor 10 millones, o el vendedor pedirle 40 millones al comprador. Allá el idiota que acepte un precio tan desfasado, por arriba o por debajo. Esto anterior lo sabe cualquiera que haya comprado unas gafas de sol en sanandresito. O una botella de whisky en un supermercado: "En Carulla está muy cara", se dirá el potencial comprador mientras sale a ver cuánto cuesta en la Olímpica.

Y como suponemos que esa dinámica la domina cualquier colombiano mayor de 7 años, no quedaría demasiado complejo hacer una abstracción de ésta y trasladarla a la Mesa de Negociaciones de la Habana. Allí, como lo intuiría hasta un chimpancé aventajado, se espera que haya propuestas absurdas o inaceptables de parte y parte (es lo que llaman el "turqueo científico"), que a la larga no son más que cañazos o "varillazos" que buscan mejorar la propia posición.

Por ejemplo: las Farc solicitan no pagar por sus crímenes las penas que les corresponderían de acuerdo al Código Penal Colombiano. El gobierno concede tal petición, pero no accede, como pretenden las Farc, a que quienes han cometido delitos de lesa humanidad resulten impunes. Se llega entonces a un término medio: el acuerdo de la Justicia Transicional, lo cual está dentro del presupuesto, pues sin ello sería imposible negociar, como bien se sabe que ocurre en cualquier proceso de esta naturaleza. Y tal como -en ese orden de ideas- Uribe acordó la ley de Justicia y Paz con los paramilitares. Ahora bien, si las Farc solicitan que les desocupen medio país, pues sencillamente el gobierno no acepta tal petición. No está dentro de lo presupuestado. Es inaceptable. Fácil, ¿no?

No. Por increíble que parezca, el expresidente Uribe se las ha arreglado para convencer a una cantidad inverosímil de colombianos de que una propuesta o una petición de las Farc equivale a una aceptación por parte del gobierno. Ni siquiera tiene que esforzarse para lograrlo: le basta, en su frenesí diario de trinos, con afirmar lo primero que se le ocurra: 《Me lo dijo alguien (sic) "en La Habana se negocia una legalidad sustituta para complacer al terrorismo"》. ¿Me lo dijo alguien? ¿Quién? ¿Su lustrabotas? ¿Un oficinista? ¿Uno de sus guardaespaldas? No importa, ninguno de sus seguidores se interesa por eso. (De hecho puede trinar -como en efecto también lo hizo- que 《Santos da señales de que desechará a Maduro cuando no lo necesite más para el negocio con Farc (sic)》, y ninguno de sus seguidores se pregunta dónde quedó aquello del complot castrochavista. Los trata como a unos tontos. Y ellos se lo agradecen)

Pero no sólo ninguno de sus seguidores cuestiona nada, sino que con base en esas afirmaciones gaseosas y esas especulaciones etéreas dan por hecho que el gobierno ha aceptado todas las peticiones de las Farc. Pese a que en realidad ha sucedido exactamente lo opuesto: el gobierno no aceptó la constituyente que demandaba el grupo guerrillero, ni su solicitud de impunidad total, ni la reducción del Ejército, ni de la Policía, ni la desmilitarización de los terrenos de paz. Es de suponer, sí, que el gobierno ha aceptado, por ejemplo, las propuestas que han hecho las Farc acerca de una mejor distribución de la riqueza, pues esa es una de las materias primas de la guerra: sería estúpido negociar asuntos superfluos y no resolver el corazón del asunto, caso en cual todo el proceso se reduciría a una vana y estéril firma en un papel.

Con todo, ¿quién convence a los uribistas de que Uribe desvaría? Nadie. Ni un lustrabotas, ni un guardaespaldas, ni un sabio. No los convence ni el papa, por más que los hechos les quemen los ojos de tanto verlos. No se dan cuenta de que a las Farc les niegan una y otra vez sus peticiones inadmisibles. No lo ven. No son capaces de verlo. O no quieren verlo. Porque el uribismo parece ser un asunto de fe, no de argumentos.

Muy similar al fascismo italiano, en el que, al grito de “¡Du-ce , Du-ce!” ("¡U-ri-be, U-ri-be!) en las plazas púbicas, se exaltaba a Mussolini como un ser superior (aquí lo dicen de Uribe, desde Jose Obdulio hacia abajo); las mismas plazas empapeladas de carteles que proclamaban: “Mussolini ha sempre ragione" (Mussolini siempre tiene razón). Igual que aquí con Uribe. Y también aquí -como en la Italia de la preguerra- el uribismo más que un movimiento político se asemeja una secta. No quieren ver la verdad sus seguidores, repito. Y este artículo tampoco será el que los va a convencer de que Uribe dice cualquier disparate sólo para favorecerse.

Tal vez si yo en vez de letras hubiese usado un poco de plastilina. Quizás al menos así les hubiera despertado algunas dudas teológicas a los uribistas.

Twitter: @samrosacruz, @OpinaElDiablo Facebook: Pame Rosales

imagen tomada de www.elpais.com.co