Por un lado dos terremotos en México -separados entre sí por un breve lapso- dejan miles de muertos, decenas de miles de heridos y a la friolera de 31.000 de personas sin vivienda. Por otro lado remolinos de vientos embravecidos se ensañan contra Estados Unidos, matan a 88 personas y borran del mapa a pueblos enteros. ¿Se acerca el fin del mundo? ¿Estropeamos definitivamente a un planeta que ahora nos pasa factura? ¿Alguien allá arriba se enfureció por causa de nuestro comportamiento?


Lo más probable es que la respuesta a esa tres preguntas sea 'no' porque, para empezar, ni siquiera estoy hablando de los lamentables sucesos acaecidos durante estas últimas semanas, sino de otros ocurridos en 1985, cuando el científico Isaac Asimov planteó esos mismos interrogantes basado en "dos terremotos gemelos (que) pasaron con gran estruendo a través de la Ciudad de México" el 19 y 20 de septiembre de 1985, y en docenas de tornados que devastaron el nordeste de Estados Unidos en mayo de ese mismo año.
Pero también los planteó con base en la catástrofe de Armero, tan familiar para nosotros los colombianos, la que sumada a otros terremotos importantes -ocurridos en Chile, en la Unión Soviética y en China- hacen que este supuesto año apocalíptico de 2017 parezca una piñata de niños en comparación con aquel ya lejano 1985 (muchos de los que leen esto ni siquiera habían nacido entonces).
'No' fue la respuesta implícita a aquellas preguntas que lanzó Asimov, en efecto, porque, aparte de que él brindó una explicación racional de lo que pasaba, el año 1986 llegó y el mundo siguió girando, impasible. No se acabó, como temieron algunos al ver tantas tragedias juntas. Además, en adelante nuestro comportamiento no mostró cambios significativos en ningún orden, así que tampoco cabría imaginar que a uno de esos dioses cascarrabias -que a la gente le encanta creer que existen- se le hubiese pasado solito el mal genio durante 32 años y ahora, de nuevo, estuviésemos siendo víctimas de otra de sus inexplicables pataletas.
Pero, de hecho, el mismo año de 1985 se queda pálido frente a lo que pasó en un solo día de la era preindustrial, el 23 de enero de 1556, cuando, como también ilustró Asimov, un feroz terremoto "derrumbó acantilados en el norte de China, y la tierra —al hundirse— enterró a 830.000 personas en cinco minutos.". Así que tampoco podemos echarles la culpa de esos eventos a los supuestos estragos ocasionados por el hombre, pues en ese momento no le habíamos hecho ni cosquillas a la atmósfera. Y menos a los bosques o a los océanos.
Aclaro que no soy negacionista del cambio climático, pero tampoco me dejo llevar tan fácilmente por ese tipo de sesgos casuales. Y por si faltaran pruebas para apoyar lo que digo, ahí está lo ocurrido el 27 de agosto de 1883, cuando la isla volcánica de Krakatoa "estalló y provocó una tsunami que ahogó a 36,000 personas en las costas cercanas"; o el 7 de febrero de 1812, cuando se dio "el terremoto más espantoso que alguna vez golpeara a Estados Unidos", el cual cambió el curso del Río Mississippi en varios lugares y destruyó 150.000 acres de bosques.
No estamos asistiendo en estos últimos días, por lo tanto, a ninguna señal del final de los tiempos. No hay ninguna deidad encolerizada con nosotros porque ahora en algunos países los gais puedan casarse libremente (como seguramente ya hay más de un vividor pregonándolo por ahí, y todavía más tontos tragándose el cuento). Y aún no parece que hayamos arruinado irreversiblemente el equilibrio del clima planetario.
Terremotos, huracanes y todo eso, que en el colmo del antropocentrismo llamamos 'catástrofes', no son otra cosa que fenómenos naturales que han ocurrido desde que el mundo es mundo, y casi siempre con mayor intensidad que ahora, cuando el clima mundial es tan estable y hospitalario para nosotros.
Cuando un asteroide gigante golpeó tan fuerte la Tierra y se levantó una nube de polvo que acabó con el 75% de la vida del planeta no sólo faltaban 65 millones de años para que se viesen gais besándose y sacándose selfis a bordo de un yate en el Mediterráneo, sino que a duras penas existían pequeños mamíferos, algunos de los cuales, gracias a ese suceso, a la larga dieron origen al hombre. La mayor actividad volcánica que se conozca se produjo cuando ni siquiera había vida en el planeta. Por el contrario: todo indica que las primeras formas de vida hicieron su aparición debido -precisamente- a los cambios que esas erupciones, acompañadas de violentas tempestades, trajeron al caldo primario.
Una pasadita por Júpiter, en la que pudiéramos apreciar la Gran Mancha Roja -el ciclón de vientos de 380 kilómetros por hora que arrasa a ese planeta desde hace 300 años-, nos demostraría que no se requiere la comisión de pecados capitales para que ese tipo de fenómenos se desaten. Tampoco hay necesidad de recurrir a inverosímiles teorías conspirativas, como que el gobierno de Estados Unidos está utilizando un 'arma de geo-ingeniería' (¿?) para diezmar la población de México con un terremoto -o de Cuba con un huracán-. De ser así, ¿por qué las usaría contra países inofensivos para ellos y no contra Corea del Norte, ese sí un supuesto peligro potencial?
Ahora que toco este tema, y que recuerdo las infantiles amenazas que viven haciéndose mutuamente Trump y Kim Jong-un, se me ocurre una pregunta: ¿no sería más inteligente para la preservación del género humano que en vez de creer que estamos a merced de unos dioses caprichosos e inmaduros tuviéramos más cuidado de no elegir a personas caprichosas e inmaduras para desempeñar el cargo más poderoso del planeta?
Se las dejo ahí.

(Imagen tomada de http://orig00.deviantart.net/)