Sin duda es signo de la edad tomar una siesta. Bueno, la realidad es que lo he hecho siempre, pero ahora se alargan más. Si antes eran de 15 minutos, ahora son de 30. Dicen que una siesta de 15 minutos al mediodía aumenta la productividad en gran medida, pero lo dudo porque me siento bien durante la siguiente hora después de despertar, pero después de eso el camino es cuesta abajo.


Sin embargo, cada vez que emerjo de la fase onírico entre el sueño y la plena conciencia, ahora dos veces al día, me abruma un sentimiento de profundo pesar. Me encanta ese estado en el que, medio dormido, medio despierto, se sueña y se sabe que se está soñando. Me he entrenado para prolongarlo lo más posible, por ejemplo al negarme a abrir los ojos. Mis sueños en este estado no son necesariamente agradables, pero tampoco son pesadillas. Tienen una cualidad más importante, la de ser interesantes, al menos para mí, y apenas recuerdo alguno de ellos una vez que estoy completamente despierto.
Pero ¿por qué debo sentir tanto arrepentimiento cuando dejo mi estado onírico y me sumerjo una vez más en lo que yo, siendo hijo de una época diferente, todavía pienso en el mundo real? Mi vida es relativamente buena: no me falta nada, tengo mucho por qué interesarme -a veces demasiado, hasta el punto de que me abruman tantas cosas-.
Resultado de esos intereses es mi tendencia a navegar por internet, como un buscador hambriento de tesoros informativos. Uno de mis últimos descubrimientos fue un señor que se llamó Logan Pearsall Smith. Conocido en el mundo de habla inglesa, admirado por Virginia Woolf, Smith sostenía que el sexo y la religión eran placeres absurdos pero deliciosos. Nunca tuvo un alto valor de si mismo ni de su obra, y se consideraba un escritor aficionado, tanto que llegó a titular su obra Trivialidades, en la que recoge sus aforismos, historias y prosas poéticas.
Una de sus Trivialidades era la historia de un hombre que estaba tan consternado ante la perspectiva de tener que ponerse los zapatos y atar sus cordones todos los días durante los siguientes cincuenta años que se suicidó. Suena trivial esto, como una razón para no querer vivir, pero es entendible.
Supongamos que lleva un minuto ponerse los zapatos y atarse los cordones (se es más rápido en la juventud y más lento a medida que uno envejece, así que vamos a la media). Eso equivale a seis horas al año gastadas en esta tarea sin historia; trescientas horas en cincuenta años. Trescientas horas son doce y medio días, casi dos semanas, o, si se incluye el tiempo necesario para dormir, tres semanas.  Esto es espantoso: ¡imaginar tres semanas dedicadas a nada más que ponerse los zapatos y atarse los cordones!  Me volvería loco, y ni siquiera he incluido el tiempo necesario para desatar los cordones y quitarme los zapatos. Supongamos que esto toma la mitad de tiempo: Ahora estamos cerca de cinco semanas, más de un mes en cualquier momento, durante el cual no se hace otra cosa que ponerse y quitarse los zapatos. Además de eso, hay que pulirlos, limpiarlos, así que dedicamos más de dos meses de nuestra vida, nada más que a ponernos los zapatos y amarrarnos los cordones. Eso sin pensar que no se tiene la colección de zapatos de Imelda Marcos, lo cual haría la tarea menos aburrida, aunque quizá más larga.
Pero, podríamos decir que esto es sólo una parte muy pequeña de la vida, y así es. Desafortunadamente, la vida está compuesta de partes muy pequeñas. Piense en todas las otras cosas que tiene que hacer, no más interesantes que ponerse los zapatos y atar los cordones. Tengo que afeitarme todos los días, por ejemplo, ahí se va otro mes o dos. Y cepillarme los dientes, tres veces al día, seguramente ese es otro mes al menos de la existencia terrenal gastado en una rutina desinteresada. Buscar o preparar comida, aunque puede terminar en placer, es otra tarea más. En poco tiempo, me doy cuenta de que uno pasa gran parte de su vida, probablemente la mayor parte, en cosas no más interesantes que ponerse los zapatos
Así que puedo ver las razones del personaje de la historia de Logan Pearsall Smith. Tan pronto como me despierto completamente de mi estado onírico, pienso en todas las responsabilidades (aparte de ducharse y vestirse) que me esperan: prepararme el desayuno, lavar los platos, vaciar la papelera, poner la ropa en el canasto. Todos los días lo mismo.  Esto es más que suficiente para acabar la voluntad de cualquiera para querer seguir viviendo.
Mi amor por la siesta, entonces, es realmente sólo un mecanismo de evasión; si no estuviera soñando, estaría amarrando los cordones de los zapatos, o algo así. Prefiero soñar, aunque sea completamente inútil hacerlo y no me traiga ninguna ventaja, excepto el alivio temporal de la banalidad de lo que va a seguir.