La sospecha es un eficaz mecanismo de defensa. Cuando confiamos ciegamente -en todo y en todos- corremos el riesgo de sucumbir, en la más impune de las inocencias, ante la traición revelada de quienes quisieron hacernos trampa, así el engaño haya sido urdido para librarnos del terrible influjo de la verdad. Desconfiamos para sobrevivir, para defender nuestro derecho a saberlo todo y para salvaguardar de este mundo, atiborrado de relatividades, lo que nos pueda quedar de dignidad.

Miramos a los ojos de quienes nos cuentan sus historias, tratando de encontrar algún resabio en su gesto que nos indique el dato omitido, la máscara, la morbosa sustancia de lo oculto. Nos enfrentamos a los anuncios de la prensa, convencidos de que no nos están diciendo todo, de que las fuerzas ocultas del poder manipulan las informaciones para que creamos que pasa lo que dicen que pasa, insultando nuestra inteligencia y empujándonos a ser cómplices de la barbarie. Revisamos los números de las facturas que debemos pagar, con la esperanza de encontrar el error que justifique nuestros escrúpulos y la idea probada de que nos quieren robar. Negociamos con la pistola cargada bajo la mesa porque no creemos posible que nadie en este mundo, sobretodo quienes se han equivocado, tengan un atisbo de arrepentimiento y de buenas intenciones. No creemos en las redenciones ni en las buenas voluntades; la fe es una quimera perdida en medio de letras antiguas.

Tenemos razón cuando sospechamos, cuando ejercemos el necesario papel de desenmascaradores de gazapos; no están las cosas como para sumergirse en perfecciones, en cuentos de hadas en los cuales todo es transparente y honesto. Pertenecemos a una raza dañada y frágil y rapaz, a una especie que juega con fuego cada vez que intenta conciliar su necesidad de vivir en sociedad con los insondables asuntos de lo propio, de lo mío, de lo que nadie puede arrebatarme. Los más aptos siempre han sido los que engañan, pero también los que son capaces de descubrir que los están timando. Es un juego perverso, sin vencedores reales, ya que la superioridad ética de los traicionados se cae a pedazos, en virtud de los trucos a los que deben acudir para encontrar a los culpables y para ponerlos en evidencia y para no perdonarlos jamás y para ejercer las mil maneras de la venganza.

Perdemos la vida entera transitando laberintos para descubrir certezas extraviadas, y en el camino olvidamos que el mayor laberinto de todos es el alma de nuestros semejantes, que al final no basta con entender los hechos, con cotejar las pruebas, con subordinar la intuición al simple juicio de las circunstancias; olvidamos que somos la creación de dioses imperfectos y que resulta iluso e inútil fungir como criaturas incorruptas que le apuestan a la vida en blanco y negro.

Es claro que la felicidad no proviene del candor ni de la inmolación moral, que es preciso dejar a los románticos perdidos -esos extravagantes seres que son capaces de morir contemplando el ocaso- la indefensión, la credulidad, la confianza, la fe.

Pero a veces, solo a veces, es sano obedecer al instinto, quitarnos de encima nuestros trajes de Sherlock, de Aristóteles y de Santo Tomás (el de los dedos en la herida), quemar en la hoguera de la esperanza los expedientes de la razón y darle crédito a quien, temblando la voz, nos dice que nos ama. Al fin y al cabo somos nosotros los que inventamos la duda, esa amarga muralla tras la cual sostenemos nuestras diarias pesquisas, convirtiendo en posibles las más probadas mentiras y en quimeras, las verdades más incontrovertibles.

Nosotros, los que sospechamos para sobrevivir, sabemos que no todo es lo que parece.

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imagen tomada de http://gloriadelaedadmedia.blogspot.com.co