Cada país sobresale por algo.Todo el mundo sabe que los suizos son expertos relojeros, que los brasileños forman a los mejores futbolistas, que los escoceses elaboran excelentes whiskys. Así que ya va siendo hora de que, de una vez por todas, se sepa que Colombia no es una simple republiqueta de narcotraficantes. Porque resulta que, créase o no, esos antiguos carteles de la droga fueron arrollados y opacados por una verdadera explosión de otros tipos de carteles, que fueron surgiendo por todas partes del escenario nacional y en los campos más disímiles. Somos, pues, algo más: somos los chachos de los carteles.


Faltando 'datos de otros municipios', que ahora no recuerdo, o que simplemente no han salido todavía a la luz pública, aquí hemos tenido carteles del azúcar, del cemento, del papel higiénico, de los pañales, de los testigos, de los medicamentos, de los transportadores, de la salud, de la hemofilia… Y ahora acabamos de desembocar en un -a primera vista escandaloso- cartel de la toga.
Pero viéndolo bien, ¿de qué nos escandalizamos, si el actual esquema de la justicia colombiana está diseñado para favorecer a ese tipo de organizaciones delictivas? Veamos: si un miembro de la banda respectiva es descubierto con las manos en la masa, sabe que todo será cuestión de delatar a otros integrantes, para así recibir sustanciales beneficios y rebajas de penas. Los cuales integrantes, a su vez, deberán hacer lo propio: encochinar a varios más, quienes también tendrán igual posibilidad de escapar a una larga condena delatando a otros. Funciona como un esquema Ponzi. Como una pirámide de la corrupción.
Por sólo mencionar el último caso: lo ocurrido con el senador Bernardo 'Ñoño' Elías, capturado recientemente por acusaciones de corrupción, y de quien El Espectador anuncia que acaba de prender un ventilador que atraparía bajo su órbita, además de a algunos funcionarios de la Presidencia de la República -quienes, según él, participaron directamente para acelerar contratos de Odebrecht-, a Éder Ferracutti, presidente del consorcio Ruta del Sol 2, al actual viceministro de Asuntos Agropecuarios y Desarrollo Rural, Luis Miguel Pico Pastrana, a la exministra de Transporte Cecilia Álvarez Correa, al abogado Javier Alberto Hernández López, hijo del excontralor Antonio Hernández Gamarra, y al empresario Roberto Prieto.Todos los cuales, a su vez, cuando ya no quede escapatoria, tendrían que buscar -cada uno de ellos- a otros tres o cuatro secuaces a quienes echar al agua.
Pero como en toda pirámide, y pese a que cualquiera diría que en Colombia los corruptos parecieran salir de un barril sin fondo, a los últimos, a los que se van acercando a la base, les queda cada vez más difícil conseguir a quien delatar. Y es ahí cuando la justicia colombiana entra a operar de verdad. Pero no para condenar a nadie, por supuesto, sino para poner en movimiento a su propio cartel, a través de extorsiones dirigidas a esos que tuvieron la mala suerte de no ser atrapados de primeros. A esos que quedaron relegados a la parte baja de la pirámide. A los 'tumbados'.
Y como los robos cometidos por los implicados suelen ser multimillonarios, sus recursos alcanzan fácilmente para pagar los cuantiosos sobornos que sean del caso. De ese modo, por ejemplo, y de acuerdo a la confesión del exfiscal Anticorrupción Luis Gustavo Moreno (que a su vez había sido entregado por el exgobernador de Córdoba, Alejandro Lyons), el senador Musa Besaile habría frenado su proceso por ‘parapolítica’: pagando, a través de Moreno, los 550 millones de pesos que exigía Francisco Ricaurte, quien para entonces era nadie menos el presidente de la Corte Suprema de Justicia.
¡El presidente de la Corte Suprema de Justicia! ¡El Fiscal Anticorrupción! Se dicen rápido esas dos cosas, pero hay que ver lo que eso significa; hay que ver lo que eso revela acerca del estado de corrupción sin precedentes en el que ha caído la justicia colombiana. Lo que ya es mucho decir, por cierto.
Ante todo lo cual surgen un par de preguntas inevitables: ¿era ante la supuesta majestad de la justicia que impartía esta institución, que encontró su summum en el cartel de la toga, que Uribe exigía que se sometieran los guerrilleros de las FARC -y no ante un tribunal avalado por la comunidad internacional- para así evitar que los delitos cometidos por estos últimos terminaran en la impunidad? ¿De eso fue que convenció a todo su rebaño para que votará No en el plebiscito de hace un año?
Caramba, esto de reirse con los labios partidos por el frío que está haciendo estos días sí que es doloroso.

(Imagen tomada de http://nationwideradiojm.com/)