La foto de presidentes de la XVIII cumbre Iberoamericana de El Salvador en el 2.009, fue muy indicativa del giro a la izquierda del continente: sonrientes posaban Michelle Bachelet, Rafael Correa, Evo Morales, Fernando Lugo, Cristina Fernandez, Rodríguez Zapatero, Daniel Ortega, Manuel Zelaya, Martín Torrijos. Un entusiasmado Lula tomaba el brazo de Uribe Vélez, quien no parecía compartir el entusiasmo de la foto, un tanto incómodo por estar en lo que parecía ser un club de populistas de izquierda. El gran ausente fue el presidente Hugo Chávez, quien detestaba al presidente salvadoreño Elías Saca, el anfitrión, y uno de los tres proclamados presidentes de derecha presente en la reunión (el otro que faltó fue el mexicano Felipe Calderón). Ocho años después las cosas han cambiado, y el club que decíamos de izquierda ha mutado rumbo, por lo menos, al centro. El populismo, entendido como socialismo del siglo XXI, parecería haber muerto.


En días pasados la revista Semana publicó un artículo donde analizaba la realidad del temor del pueblo colombiano por la eventual llegada del castrochavismo y la posibilidad de que Colombia sea la nueva Venezuela. El articulo concluye que el temor es en esencia irracional, y que un eventual gobierno de izquierda podría llegar a mediano plazo y tendría características diferentes al venezolano. Considero correcto el análisis, pero creo que subestima una de las causas de la crisis de Venezuela, que es la tentación populista, y más aún en un periodo de estancamiento económico, corrupción y polarización política.
Es difícil no concluir que los días de gloria de lo que se conoció como el “Socialismo del siglo XXI” han desaparecido. El experimento populista quedó sepultado entre las ruinas de la economía venezolana, la caída del precio del petróleo y el modelo autoritario estatal y mono productor. Muerto el principal patrocinador, comenzaron a desaparecer los llamados gobiernos socialistas, por muy variadas razones: irresponsabilidad, autoritarismo, venalidad, dando paso a opciones centristas y conservadoras, bien mediante elecciones, juicios e incluso, por desgracia, a las malas: ocurrió en Honduras, Paraguay, Brasil, Argentina. Algunos gobiernos que fueron metidos en la bolsa del Socialismo del siglo XXI eran opciones más dialogantes y socialdemócratas: Chile, Uruguay, Perú en su momento, que han pervivido de manera más satisfactoria. Sobrevive Evo Morales en Bolivia y la revolución ciudadana de Correa, que ha mutado con su sucesor Lenin Moreno a pálidas sombras de lo que fueron. Caso aparte es Nicaragua, donde la dinastía Ortega es una vuelta a la experiencia cleptócrata de la familia Somoza.
Esto no implica la desaparición del populismo en América Latina. El populismo dejó huellas no todas negativas: puso en primer lugar del discurso político las fracturas sociales existentes, en particular la desigualdad y la pobreza. Es innegable que el énfasis puesto por Hugo Chávez para combatir estas fracturas fue copiado por varios países latinoamericanos que desarrollaron políticas sociales vigorosas, sin importar el signo político. De allí que las mejoras en los indicadores de pobreza y desigualdad en la región se mantengan pese al estancamiento económico.
El populismo es un estilo político que no está ligado a la ideología, sino en aspectos emocionales. Pervive en las ideas de la desigualdad y la insatisfacción con las instituciones, y vuelve cada tanto, apelando al resentimiento y el descontento contra una élite que se asume como la responsable de situaciones de injusticia, Así, según las cifras del Barómetro de las Américas de 2.015, casi tres cuartas partes de la población latinoamericana estimaba que la distribución de la riqueza era injusta en sus países, en tanto que más de dos tercios manifestaban estar convencidos de que el gobierno toma sus decisiones para favorecer a los poderosos. Un magro 38% estaba satisfecho con la democracia. Esas son las sociedades que deben resistir los cantos de sirena de los redentores populistas.”
Es difícil no pensar que Colombia, más que una eventual llegada del castrochavismo, enfrenta una situación de tentación populista. Los escándalos recientes de corrupción en el sector público y la justicia, la pérdida de confianza en las instituciones y el Estado, la permanente polarización política del país, son un caldo de cultivo para oportunistas honrados (o no tanto) azuzando el resentimiento, prometiendo cambiar lo existente. El discurso en si no es malo; el inconveniente es que los votantes entregan al populista una visión correcta del país que solo pertenece a él (por ejemplo, “el que diga Uribe”), el caudillo u hombre fuerte, y este se considerara con derecho a hacer lo que estime conveniente, despreciando el consenso y el diálogo tan necesarios en la política. Ocurrió así en Venezuela, ocurrió así en Ecuador, sucede aun en Bolivia y Nicaragua. Las apuestas son muy arriesgadas. Por desgracia, en Colombia la crisis de los partidos y el deseo de los candidatos de ir por firmas, son puertas de entrada al populismo. Decir quiénes en la larga lista de candidatos son populistas, es arriesgado. Hay auténticos demagogos de honradas razones convencidos de que su visión es la correcta y la de los demás equivocada, y también políticos con tentaciones autoritarias muy dados al paternalismo; los hay también de discursos gaseosos, en una especie de Ni-ni que no convence; no faltan tampoco los políticos serios que proponen cosas sensatas. Todos ellos, al no pasar por el filtro de los partidos mediante elecciones internas, son políticos con tendencias populistas que cada tanto hacen llamados con planteamientos emocionales por encima de los racionales. Más que una ideología, el populismo es una tentación. En mucho, un salto al vacío.
Mientras no se fortalezcan las instituciones y los partidos políticos continuaremos viendo la aparición de “salvadores” de la patria. Los Chávez, los Fujimori, los Uribe, Los Getulio o Perón de turno. Muchos países no los resistirán en el futuro como no los resistieron en el pasado. La política debe ser un asunto racional, y no de emociones. Al final se necesitan instituciones y partidos fuertes, más que líderes providenciales. Colombia es hoy un lugar para tentaciones populistas exitosas. La resistencia de los partidos a modernizarse, la crisis de confianza en las instituciones, los permanentes llamados emocionales señalando supuestas crisis, son señales de ello. De allí la necesidad de que los votantes elijan en el 2.018, más allá de la emoción, opciones honestas y sinceras por encima de cantos de sirenas que prometen refundar el país.

(Imagen tomada: http://www.enlacemexico.info)