Antes de los veinte años creía que lo había leído todo. Por esos días mi cuarto de hombre nuevo era un reguero de libros y colillas, un paraíso para alguien que tenía la patológica necesidad de entenderlo todo y que había encontrado en la literatura la mejor manera de lograrlo. Esta combinación entre soberbia e inocencia terminó de golpe cuando llegó a mis manos un pequeño libro de relatos cortos de Jorge Luis Borges. Las tres primeras páginas de ese libro fueron definitivas; me hicieron olvidar de inmediato el memorable párrafo de Proust mirando el tiempo en una taza de té, la magia de Sancho Panza convenciéndose de la cordura de Alonso Quijano, el gesto atroz de Raskolnicov en el espejo, la ambición y la culpa de Macbeth, la belleza sentada en las rodillas de Rimbaud, las calles de Paris en los pies de Horacio Oliveira e, incluso, la saga de Macondo, la más entrañable e íntima de mis lecturas. A partir de ese instante fueron años de solo Borges, el anciano, el rebelde de traje, el ciego, el argentino, el anarquista, el vanidoso humilde, el maestro.

Sé que esta obsesión juvenil fue compartida con muchos lectores de mi generación, hipnotizados por esa manera de decir que parece imposible, tan perfecta aún después de repasar una y otra vez cada línea con el único propósito de encontrar alguna grieta, alguna traición, algún decaimiento que justifique siquiera una pizca de desdén o de odio. Quienes le quisimos perdimos mucho tiempo tratando de matarlo para poder seguir leyendo a los demás y, en los casos más tristes, para quitarnos el miedo de ensayar alguna combinación digna de palabras en un papel en blanco. Fue inútil.

Leerlo ha sido una fortuna enorme y un lastre y un lento viaje hacia la parálisis creativa. Lo he amado tanto que ya no quiero sorprenderme con los demás, no quiero que otro se merezca su sitio, me dan celos que se elogien otras voces, me da rabia ver a quienes que se ganan el Nobel cada año y se llevan el diploma para sus casas como si no pasara nada, así, en la más flagrante de las impunidades. En eso me han convertido sus palabras, en un castrado, en un obseso, en un intolerante.

Vuelvo a él cuando quiero reafirmar mis convicciones más profundas, cuando necesito deshacerme de mis frivolidades, cuando es preciso recordar que soy un hombre, que puedo conmoverme y que aún soy capaz de leer en voz alta un par de versos y terminar, agotado y feliz, al borde de las lágrimas.

A causa de Borges y de su genio me he convertido en un lector mediocre y en un escritor acomplejado, pero esta noche no hubiera sido tan entrañable sin sus palabras convertidas en la banda sonora de una conversación a solas con la mujer que amo. Eso basta para perdonarlo por todo el mal que me ha hecho.

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imagen tomada de Agora abierta - La Mula