Perder es ganar un poco. Eso lo sabemos los colombianos desde hace rato, desde que Francisco Maturana -uno de nuestros filósofos de cabecera, junto a Diomedes Díaz- justificó así, soltando esa frase, alguna de las cientos de derrotas sufridas por la Selección Colombia de fútbol. Por fin alguien se salió del libreto acostumbrado ("El árbitro nos perjudicó", "No se dieron las cosas", "El terreno no nos ayudó"), sin embargo, en lugar de detenernos a reflexionar en lo que dijo el pensador chocoano, le caímos encima con todo. Y ahí me incluyo.


Qué injustos fuimos. Alguien dirá que para cambiar ese libreto mediocre y exasperante no había necesidad de recurrir a un sospechoso oxímoron, sino simplemente reconocer públicamente la superioridad del adversario. Y es probable que así sea, pero insisto: la máxima de Maturana encierra una gran verdad. Tanto que su versión en negativo, 'ganar es perder un poco', también es aplicable a la realidad del fútbol colombiano. Demostraré aquí ambas.
El camino fácil sería poner el ejemplo de la propia Selección Colombia, aquella dirigida por el mismísimo Maturana y que en septirmbre de 1993 le propinó la goleada de su vida a Argentina en su propio patio. Sí, aquel 5-0 famoso que marcó el comienzo de la desgracia en la que caería después, durante el mundial de Estados Unidos, el considerado mejor equipo colombiano de todos los tiempos. Golazos de Rincón, de Asprilla, del 'Tren' Valencia, 5-0, el 'Pibe' Valderrama como un director de orquesta magistral, la prensa nacional e internacional endiosándolos a todos… Y poco después, debido a los humos por las nubes de todo el equipo, Colombia es eliminada antes de jugar el último partido de la primera fase del mundial. Ganar es perder un poco.
Pero -repito- agarrarnos de ahí sería quedarnos en lo obvio, en lo escandalosamente notorio. Hay ejemplos más sutiles, como lo que le ocurrió a Barranquilla, por cuyo puerto entró el fútbol a Colombia; la ciudad en la que se jugó el primer partido oficial de la historia nacional, la que parió a Roberto Meléndez, y en la que jugó nadie menos que el gran 'Garrincha', que en su ocaso fue a parar al Junior. Esa misma ciudad, sí, pero también a la que la desidia y el desgreño administrativo fueron dejando con un estadio vetusto y anacrónico que no estaba a la altura de sus pergaminos futbolísticos.
Hablo, por supuesto, de esa colcha de retazos conocida como 'Romelio Martínez', que resultaba tan inferior a los flamantes estadios de las otras tres grandes ciudades: el 'Campín', el 'Atanasio Girardot' y el 'Pascual Guerrero'. Sin embargo, la inexplicable designación de Colombia como país organizador del mundial de 1986 -que finalmente se perdió, evitando así un ridículo planetario (perder es ganar un poco)-, prendió las alarmas: mientras Bogotá, Medellín y Cali gozaban de unos estadios aceptables para tamaño certamen, Barranquilla -una de las subsedes obligadas- tenía al 'Romelio'. "Hay que hacer algo", dijeron. Y se hizo. Fue cuando Barranquilla, gracias a décadas de corrupción, y sin saber leer ni escribir, pasó de padecer aquel lamentable coliseo a punto de derrumbarse a vanagloriarse de tener el más moderno y más grande y más bonito estadio del país. Perder es ganar un poco.
Y entonces, casi enseguida, vino otro golpe de suerte para Barranquilla. Francisco Maturana (otra vez él), quien también fungía por aquella época como DT de la Selección, decidió que en ese estadio, y no en otro, debía disputar Colombia las eliminatorias, a ver si por fin, después de 28 años, volvía a una Copa del Mundo. Maturana le cerró la boca a los pocos que chistaron, y clasificó a su equipo al mundial de Italia 90.
Ganó así la Selección Colombia. Pero ganó también Barranquilla, porque en adelante allí se disputaron y se ganaron la mayoría de eliminatorias que siguieron (o se continuaron las que se iban embolatando, cuando cometían el error de devolver la sede a Bogotá), y sé de muy buena fuente que ese hecho, -por la pantalla que le daba, por la muchedumbre de visitantes que recibía- le significó un gran impulso a la ciudad, que se sumó al que le dieron los nuevos tiempos de apertura económica y una seguidilla de buenos gobiernos.
Pero ahora -se habían demorado- unas cuantas sabandijas envidiosas, avarientas y oportunistas le quieren quitar ese beneficio a Barranquilla, con la excusa estúpida de que el calor afecta más a los jugadores colombianos que a los adversarios. Como si unos y otros -todos- no jugaran en Europa, en los mismos equipos, y fajándose en los mismos climas cambiantes de allá. Y como si la ventaja de la localía en Barranquilla la diera el calor, y no el tamaño de la cancha del Metropolitano, que es la más grande de Colombia, y que fue escogida originalmente por Maturana justamente por esa característica, para que el equipo visitante no pudiera venir a enconcharse en su propio campo.
No, no es que haga calor. No es que de verdad crean que es más fácil ganarle hoy a Paraguay a las 6:30 de la tarde. Es que están poniendo las primeras piedras para llevarse a alguna de sus ciudades lo que ha obtenido la ganadora sede de Barranquilla en franca lid a lo largo de casi 30 años. Y van a hacer hasta lo imposible para lograrlo.
Ya lo ves, Barranquilla: ganar es perder un poco.

(imagen tomada de http://www.zonacero.com/)