Hace unos años leí por ahí que en una ocasión coincidieron en una fiesta, celebrada en el famoso Chasen's, cerca a Beverly Hills, el escritor Mario Puzo, autor de ese novelón que es El padrino, y Frank Sinatra. Como se sabe, en la novela de Puzo se insinúa que el personaje del cantante Johnny Fontane -uno de los ahijados de don Vito Corleone, el protagonista- tuvo como fuente de inspiración a Sinatra. Durante la fiesta de marras, un mutuo y millonario amigo quiso presentarlos, para lo cual le sugirió a Puzo que lo acompañara hasta donde estaba el cantante. Puzo aceptó de mala gana, pero una vez hubieron llegado frente a Sinatra éste le dijo de frente al millonario que no tenía la menor intención de conocer al novelista. "Sabía que esto no era una buena idea", le recriminó Puzo a su amigo, mientras se retiraban.

El disgusto de Sinatra con Puzo fue atribuido a que después de El padrino todo el mundo podía relacionarlo con el hampa, tal como sucede en la novela con su alter ego Fontane. De hecho, en la película -que es de los excepcionales casos en los que una película supera al libro- Al Martino, el actor que hace el papel de Fontane, interpreta una versión casi idéntica de una canción que Sinatra hizo famosa en los años cuarenta: I have but one heart. Era notorio que Coppola, el director, quería que el público estuviera seguro de que ese artista de la película, que cantaba en la boda de la hija de un mafioso, representaba a Sinatra.

Quienes han visto o leído El padrino saben muy bien que Fontane (es decir Sinatra) es un cantante mediocre y pusilánime que, para triunfar, depende de los oscuros métodos y las conexiones en el bajo mundo de su hampesco padrino. Es, de hecho, un niñito llorón y apocado que se deja zarandear por su conquista de turno. Algunos dirán que esto último equivale en la vida real al mal rato que Ava Gardner, -"el animal más hermoso del mundo"- le hizo pasar a Sinatra durante el corto tiempo en que estuvieron juntos (tan mal rato que se dice que Sinatra estuvo a punto de suicidarse más de una vez por esa causa). Y, sí, tal vez en esto último puedan equipararse realidad y ficción. Sin embargo, temo que es en lo único. Para empezar, difícilmente Sinatra necesitaría de alguien para que su enorme talento fuese reconocido en todo el globo terráqueo, como de hecho lo fue.

En efecto, para cuando estaban en furor las bandas mafiosas con las cuales se le relaciona, ya Sinatra había cosechado por su propia cuenta cualquier cantidad de éxitos discográficos y cinematográficos. Tuvo un bache, sí, pero dudo que necesitara de las amenazas a, digamos, un poderoso productor, para conseguir el papel del soldado Maggio, que le significó un Óscar; o sus subsiguientes éxitos con la disquera Capitol.

Y definitivamente Sinatra tampoco correspondía con ese niñito idiota y asustadizo que muestran en El padrino, llamado Johnny Fontane. No, no puede serlo alguien que cuando le preguntaron en 1966 que si quería enviarle una nota de agradecimiento al productor de la CBS (canal de TV por el que Sinatra se sentía traicionado) respondió que si no se podía mandar un puño por correo. O alguien que cuando -después de confesar que se tomaba una botella de Jack Daniels diaria- su médico le preguntó que cómo se sentía por la mañana después de tanto beber, ripostó con un: "No lo sé, nunca me despierto por la mañana, y creo que usted no será más mi médico". O alguien que cuando unos paparazzi le ofrecieron 16 mil dólares por dejarse fotografiar con Ava Gardner les hizo una contraoferta de 32.000 dólares para que le permitieran romperle las piernas a alguno de ellos. Y mucho menos alguien que compró el casino en el que, por ser negro, no dejaban cantar a su amigo Sammy Davis Jr., sólo para que éste pudiera hacerlo cuando le apeteciera.

Ese era el verdadero temperamento de Sinatra. Y temo que así quisiéramos, en el fondo, ser todos; quisiéramos hacer lo que él hacía (quizás por eso nos gusta tanto): desafiar con ferocidad a quien nos fastidia, satisfacer sin mesura nuestros vicios y apetitos, garantizar el bienestar de nuestros allegados débiles o segregados, relacionarnos con quien nos venga en gana. Es como si en Sinatra viéramos el triunfo de ese simio primitivo que nos habita, pero que, paradójicamente, se da en un ambiente de espléndido glamour.

Creo que el hecho de que -como creen algunos- después de El padrino asociaran a Sinatra con la mafia no fue la razón de sus diferencias con Puzo: al fin y al cabo, para entonces eran de público conocimiento, tanto la visita que había hecho Sinatra al capo di tutti capi, Lucky Luciano, en La Habana, como su cercana amistad con Sam Giancana, a quien conoció en el hotel Fointainebleau, de Miami, y de quien se decía que había ordenado la friolera de 600 asesinatos.

Yo más bien creo que el motivo de la rabia de Sinatra con Puzo fue que este último lo representó en la novela como a un cantantucho estúpido, inepto y timorato: Johnny Fontane, un tipo que se parece a Sinatra lo mismo que un tractor a una botella de vino.

No me cabe duda de que fue por eso.

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