Alguien está contemplando hoy el mundo por última vez
con la misma inocencia de la primera.

(Dennis ODriscoll)

Mi padre murió el 24 de febrero de 2.017, viernes víspera del Carnaval de Barranquilla. No estaba con él, estaba en la oficina, a eso de las 10, mi madre me llamó y de manera escueta me dijo: “vente que a tu papá le dio algo”. Salí de allí a toda prisa, pero aunque quise llegar rápido, no me fue posible. Estaban puestos los palcos del desfile de la Batalla de Flores en la Vía 40 y por mucho que intentara, el taxi no podía aligerar la marcha. Recuerdo el sonido y la sensación de carnaval en el aire, y la tranquilidad que comencé a sentir. Quizás sabía el desenlace, y creo que entendí que lo inevitable había ocurrido. Una llamada de mi esposa entró, y solo atiné a pensar: “Ya lo voy a saber”. Contesté, y mi esposa me preguntó por dónde andaba.


-Voy en la Vía 40, pero el tráfico no deja avanzar rápido. ¿Qué le pasó a mi papá?
-Ay mi amor, lamento decirte que tu papá falleció.
Eso fue todo. Solo atiné a decir: “Bueno, ya voy en camino”. “Se acabó esta historia”, pensé.
Llegué al apartamento y era un hervidero de vecinos, parientes y primos que me abrazaban, y creo que me consolaban. Él estaba en el cuarto. Tenía los ojos cerrados y una expresión de haberse quedado dormido. Lo vi, y no pude dejar de pensar: “Ahora yo estoy a cargo, buen viaje”.
No recuerdo quién llegó ni quién me dio el pésame, hoy en mi mente aún es vívida la tranquilidad que tenía ese día. Me comuniqué con algunos amigos, les informé y comencé las vueltas del funeral. Me preguntaron qué hacer y fui tajante: no habría velación, solo debían entregarnos las cenizas y organizar una una misa. Le dije a mi hermana no era necesario que viniera. Mi madre, para mi sorpresa, estuvo de acuerdo. Solo estuvimos en discrepancia sobre cuándo celebrar la misa, si cuando vinieran unos parientes de Medellín, o unos días después. Al final se hizo siete días después.
En perspectiva, una de las cosas que más me atemorizaba del proceso era el hecho de verlo enfermar y morir de manera dolorosa, como le sucedió a mi suegro. Fue tan horrible su caso, que me prometí no oponerme a una eventual eutanasia de alguien cercano. Pero mi padre fue, pese a todo, afortunado. El 6 de febrero sufrió una caída, se rompió la cadera, lo operaron, mi hermana vino, lo vio, se fue; pese a la mala fama de las EPS, fue bien atendido y cuidado. Pero toda cirugía tiene su riesgo y lo que se temía ocurrió. Mi padre murió como vivió, tranquilo. Y nosotros fuimos afortunados.
Si algo recuerdo de mi padre es su tranquilidad y sus silencios; parecía ser impermeable a los hechos, y recuerdo en pocas ocasiones haberle visto alterado, o que me hubiera regañado. Vivió, como yo, entre mujeres, y creo que era un feminista por comodidad; siempre pensé que había un acuerdo en casa: papá daba el dinero y las mujeres disponían de él; dejaba que ellas decidieran todo e hicieran lo que les viniera en gana. “El propio proveedor”, me decía mi madre hace poco.
Era un hombre silencioso, de pocas palabras. No me parecía particularmente inteligente, o si lo era, no lo demostró. No recuerdo que nos hubiéramos sentado los dos a hablar de algo, de fútbol, literatura, cine, o política, de cualquier cosa, ni logro recordar que se entusiasmara con algo. Pero no era frío o distante, sus amigos lo recordaban con cariño, mis primas hablaban con amor de él, y hasta su familia política lo respetaba. Era crédulo, tenía una increíble capacidad para confiar en la bondad innata de la gente, y en lo que le decían. Y eso, en esta sociedad, es un defecto terrible. Resultado de ello: no hizo capital, ni le dejó plata a sus hijos o viuda. Más de una vez lo tumbaron, se quedó sin trabajo, y pese a ello, no se quejó, ni habló mal de nadie. Bien o mal, hizo lo que creyó que tenía que hacer y enfrentó cada situación. Solo una vez lo vi llorar: cuando le robaron algunas cosas del negocio que tenía, llamó a un amigo y le expresó su frustración llorando. Pero dos minutos después estaba tranquilo. Tenía esa capacidad de no sentir rencor por nada, capacidad que he querido aprenderle, pero que, aunque me esfuerzo y procuro seguir su ejemplo, no he podido imitar; el único rencor que conservo es contra dos personas que se aprovecharon de él. Lo demás, incluso lo que me han hecho y dolido, lo puedo soportar. En eso, no estoy a su altura.
Era inexpresivo, y más de una vez nos preguntamos si estaba molesto o feliz. No lo revelaba: había sido educado como un hombre poco dado a efusiones sentimentales y se le notaba. Eso de conectarse con su lado femenino, permitirse ser frágil, no iba con él. Era el guardián temporal de una herencia de valores, y no la soltó sino cuando murió. Se la dejó a su hijo mayor y, en menor grado, a su hija. En una época sus silencios me dolieron, pero hoy los recuerdo con cariño. Eran una mezcla de prudencia, “esa que hace verdaderos sabios”, y una creencia en la natural bondad de los seres humanos. “Si no sabes, no juzgues, no hables”, parecía decir.
Nunca me impuso nada, respetó mis decisiones, y le debo a él mi afición por la lectura. Estudié lo que quise, y por él mi familia toleró mis devaneos. Hoy sé que me apoyó en todo, y a mi hermana igual, y nos dejó ser. Me casé, tuve una hija, y supongo que él disfrutó de sus nietos, aunque nunca jugó con ellos. Nunca me señaló el camino, pero ayudó a despejar el que elegí. Hoy, que ya no está, recuerdo que nunca me expresó si estaba orgulloso de mí. Sin embargo, una vez en medio de un almuerzo dijo de manera repentina: “Cómo me gustaría ver una valla de construcción que dijera: Ingeniero responsable, Samuel Whelpley“. Fue la única vez que le oí decir que esperaba ver algo de mí. Se murió y no tuvo ese gusto.
Mi trabajo siempre ha sido en el sector privado, y nunca había tenido necesidad de hacer un trámite de ese tipo ante el Estado. Sin embargo, debido a algunos asuntos, hace dos meses salió una licencia donde se señala que yo soy el ingeniero responsable del diseño. Finalmente fue colocada en la calle una valla con mi nombre. Espero que donde esté la vea, y se dé cuenta que, pese a todo, hizo un buen trabajo. Hoy hubiera cumplido 87 años.

(Imagen tomada de https://barranquilla.eregulations.org)