Hay un cierto tipo de personas que se creen con el monopolio moral de la humanidad, y por eso siempre están enfrentando a algo o a alguien; a todo lo que no vaya con sus ideas. Enfrentando, sí, o -los más cínicos- promoviendo dichos enfrentamientos. O -la mayoría- siguiendo a quienes los promueven. Eso ha ocurrido siempre, y en la religión se encuentran los ejemplos más notorios: desde las formidables empresas bélicas de las Cruzadas, pasando por la persecución de ratas a la que la Iglesia Católica sometió a quienes consideraba herejes, y desembocando en la actual yihad, esa facción del Islam que, al compás de las bombas y los tiros, proclama que 'Alá es el único Dios'.


En Colombia, que hemos vivido en guerra a lo largo de casi toda nuestra historia como nación independiente, esa clase de personas abundan. Por eso no es raro que después de que con mucho esfuerzo logramos ponerle fin a más de medio siglo de estúpida guerra civil no sólo hay quienes añoran o exigen su regreso, sino que para tratar de conseguirlo se apoyan en la supuesta disminución en la intensidad de otra guerra igual de estúpida: la guerra contra las drogas.
Guerra esta última que constituye una metáfora para Estados Unidos, el país que la declaró, pero que para Colombia es y ha sido siempre una sangrienta realidad en la que hemos visto el sacrificio humano de lo peor y lo mejor que hemos parido: desde Pablo Escobar hasta Luis Carlos Galán. Con todo, por donde uno meta el ojo y los oídos, oye a políticos y lee a columnistas que ponen el grito en el cielo porque las hectáreas sembradas de coca han aumentado el 20% o el 40% o el 60% (a propósito; ¿cómo saben esos datos tan precisos?) con respecto al año pasado, como si alguna vez la situación inversa -una merma- se hubiese traducido en un menor consumo de las drogas que se fabrican a partir de esas plantaciones.
Ya ese curso de la guerra contra alguna sustancia se había hecho, y parecía prueba superada: cuando el Congreso de Estados Unidos promulgó la ley Volstead, que desató una feroz y nada metafórica guerra contra la producción y comercio de alcohol que, cientos de muertos más adelante y ni un solo borracho menos, terminó en la única salida sensata: la abrogación de la ley de marras. El mundo pareció resignarse entonces a padecer los problemas asociados al consumo excesivo de bebidas alcohólicas. 
Sin embargo, como más vale usar el cerebro en asuntos diferentes al de levantar a plomo a todo aquel que piense diferente, hay quienes han decido abordar esa clase de problemas de forma creativa e inteligente. El verdadero primer mundo. Es el caso de Islandia, país en el que hace menos de 20 años sus jóvenes ocupaban el primer puesto en consumo de alcohol de toda Europa, y que hoy, gracias a un nuevo modelo elaborado para enfrentar el problema, ostentan el último.
Dice El País de España sobre Islandia que: "El porcentaje de chicos de entre 15 y 16 años que habían cogido una borrachera el mes anterior se desplomó del 42% en 1998 al 5% en 2016." Y lo mismo ocurrió con otras sustancias: "El porcentaje de los que habían consumido cannbis alguna vez ha pasado del 17 al 7%, y el de fumadores diarios de cigarrillos ha caído del 23% a tan solo el 3%.".
¿Cómo lo hicieron? Apelando al menos común de los sentidos: el sentido común. Hartos de atacar infructuosamente la oferta resolvieron concentrarse en la demanda, en quitarle la verdadera materia prima a los narcotraficantes, que no es la droga, ni las plantas a partir de las cuales ésta se produce, sino que son los consumidores. A fuerza de ofrecerles a los jóvenes islandeses otras alternativas, en la forma -por ejemplo- de actividades extracurriculares, han logrado desplazar la atención que esos adolescentes le prodigaban a ese tipo de sustancias hacia otros campos, como el deporte. (Hay quienes, de hecho, atribuyen a este fenómeno los sorprendentes resultados del equipo nacional de fútbol de ese país, que en la pasada Eurocopa derrotó nada menos que a Inglaterra, uno de los grandes, y que acaba de clasificarse a un mundial por primera vez en su historia).
Incluso no hacer nada parece arrojar mejores resultados que la insensata guerra contra las drogas: en otros países también se ha detectado un bajón espontáneo en el consumo de las nuevas generaciones -si bien no tan notorio como el de Islandia-, aparentemente provocado por la prevalencia de relaciones sociales virtuales entre la juventud actual, en detrimento de las reales, que son caldo de cultivo para el inicio del consumo.
Así que insistir en una guerra comprobadamente inútil es estúpido. Y renegar de la consecución de la paz con las FARC debido a una hipotética merma en esa guerra inútil es, además de criminal, más estúpido todavía. Si lo que se quiere es amortiguar los altos costos que el consumo de drogas genera al sistema de salud (porque en lo tocante al aspecto moral nadie tendría por qué arrogarse la función de árbitro: cada quien debería poder hacer de su capa un sayo), más nos valdría intentar fórmulas como la empleada por Islandia, y olvidarnos de tanta guerra estúpida.
Al fin y al cabo la única guerra tolerable debería ser la que de ese modo libraríamos contra la estupidez.

(Imagen tomada de https://dutchreview.com)